• «V Festival Internacional de Música de Buenos Aires»/«Ciclo Buenos Aires Jazz y Otras Músicas». Actuación de Dino Saluzzi (bandoneón) y Luis Salinas (guitarra). (Teatro Colón, 19 de agosto).
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Cada uno desde su historia, Dino Saluzzi y Luis Salinas han dado a la improvisación un lugar preponderante. Nacido en Salta y en el folklore, Saluzzi fue cambiando hacia el jazz hasta llegar a un lenguaje hermético que lo alejó de sus antiguos seguidores y le acercó otros nuevos. Salinas, autodidacta y guitarrista virtuoso, nació improvisador, repentista, como una suerte de «payador» instrumental. A partir de esa actitud, puede encarar del mismo modo un «standard» jazzero como una zamba, una chacarera o un tango. La mezcla de ambos músicos prometía mucho.
El bandoneonista ya había tocado en el Colón como solista de orquesta. Para Salinas era el debut absoluto. Pero para ambos era la primera oportunidad de mostrarse en plenitud, sin más artilugios ni aditamentos que un par de instrumentos muy nobles, con la amplificación mínima, sin percusión ni «colchones» armónicos. Además, se proponía un homenaje a Atahualpa Yupanqui.
Sin embargo, los músicos tenían (y hasta quedó en evidencia en algún momento del concierto) menos ganas de tocar juntos que el público de verlos en esa situación. Así, prácticamente sin referencias a Yupanqui en toda la noche -apenas un par de piezas del compositor «homenajeado», mezcladas con títulos de otros autores-, lo mejor estuvo en los momentos solistas, de uno y de otro, en los respectivos comienzos de las dos partes en que se dividió el recital.
Con «popurrís» de folklore, tango o jazz, Saluzzi tuvo momentos brillantes, de una gran sutileza tímbrica y armónica. Salinas no se quedó atrás y también ofreció varios «compilados» de clásicos del tango y del folklore y exhibió así su mejor vena. Cuando tocaron juntos, fue Saluzzi el que marcó los tiempos y dirigió la acción. El guitarrista aceptó humildemente el segundo plano, se adaptó a los mandatos musicales de su colega y hasta soportó un reto cuando en un momento quiso andar su propio camino: «escuchá», le dijo Saluzzi, y lo escucharon hasta la fila 15 de la platea. Evidentemente, no habían ensayado; al menos, el tiempo suficiente.
Se notó una improvisación que, en su riesgo, entregó buenos momentos pero también otros más intrascendentes. Y el público respondió con aplausos respetuosos. El entusiasmo llegó sólo en el final, cuando aparecieron zambas y chacareras tocadas más abiertamente, sin los cortes melódicos y rítmicos con los que juega Saluzzi permanentemente, con el bandoneón haciendo melodías y la guitarra acompañando con sus rasguidos. Pero lejos estuvo de ser una noche inolvidable; salvo para ellos, posiblemente.
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