10 de octubre 2002 - 00:00

"Scooby-Doo" no es lo mejor para chicos

Scooby-Doo
"Scooby-Doo"
«Scooby-Doo» (Idem, EE.UU., 2002, doblada al español). Dir.: R. Gosnell. Guión: J. Gunn. Int.: F. Prinze jr., S.M. Guellar, M. Lillard, L. Cardellini, R. Atkinson, I. Fisher.

E sta versión en vivo y digitalizada del conocido dibujo infantil termina con un despliegue de acción y efectos especiales. Pero hasta llegar a esa parte, hay que superar un rutinario comienzo que alguien habrá imaginado como de acción trepidante, aceptar luego demasiadas explicaciones verbales, y conformarse con unos monstruos flacos, un negro caribeño mal doblado, la habitual cara de asco de la chica caza vampiros, y, como mayor motivo de gracia, un torneo de eructos y flatulencias, a cargo de los principales héroes de la historia, es decir, el perro y su tonto pero buen amigo Shaggy, un personaje que, dicho sea de paso, debía ser más alto, tener un doblaje menos irritante, y mejor cartel para su intérprete ( Matthew Lillard) que aparece tercero, cuando a todas luces, es el principal protagonista humano. Queda por discernir, claro, si los adolescentes aquí representados todavía pertenecen a la especie humana.

El grueso de esta historia transcurre en un parque temático de diversiones terroríficas exclusivo para ellos, algo así como la isla de los niños perdidos de Pinocho, que terminaban convertidos en borricos. En este caso, alguien les quita el protoplasma o algo parecido (por ahí quedan las cabecitas llorosas, boyando como espíritus en una fuente), y los deja convertidos en zombis bien educados. ¿Quién, y con que fines benéficos lo hace? ¿O la finalidad del oculto manipulador es, como siempre en estos casos, tratar de conquistar el mundo? Tal es el misterio que deben desentrañar nuestros héroes. En fin.

Agradable, la suma de trucos, caracterizaciones, y pollitas californianas, puro muslo y pechuga y cabeza chiquita, que adornan la pantalla. Y destacable, el trabajo de ambientación colorida diseñada por Bill Boes, que de director artístico de dos obras crepusculares de Tim Burton («El extraño mundo de Jack», y «La leyenda de Sleepy Hollow»), ahora pasó a hacer todo un mundillo pop, de fiestas, barbacoas, plantas artificiales, ropas coloridas, criaturas bien comidas, música y sustos de kermesse, es decir, un entusiasta saludo a la distracción pop de los '60 en que nació el original Scooby.
Pero en cambio la historia es tan solo una zoncera que desaprovecha sus propias posibilidades, tanto de humor inocente como de entrelíneas sarcásticas, anula toda posibilidad de lucimiento al actor invitado
Rowan Atkinson, supuestamente el malo de la película, y deja demasiadas cosas colgadas con alfileres. Tampoco la dirección supera lo discreto. Se pasa el rato, y antes de salir de la sala ya se está olvidando.

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