"Ser coreógrafo es casi ser cineasta"

Espectáculos

La temporada del Teatro Colón continuará mañana con el espectáculo líricocoreográfico «Les Noces» («Las bodas»), un ballet cantado de 1923; «Le Rossignol» («El ruiseñor»), cuento lírico en tres actos de 1914, y «Petrushka», ballet en cuatro escenas para orquesta (versión 1947). Las tres obras son de Igor Stravinsky (1882-1971) y ocuparán a un amplio elenco de cantantes solistas, bailarines, al Coro Estable (con dirección de Salvatore Caputo), la Orquesta Estable (con la guía de Francisco Rettig) y al Ballet Estable con la dirección de Oscar Araiz. El programa se ofrecerá desde mañana, en función de Gran Abono, hasta el domingo 30, para la función de Abono Vespertino de ballet. «En total serán siete representaciones con dos elencos de artistas nacionales», dice Araiz, coreógrafo y régisseur. «Un espectáculo que es un homenaje al compositor ruso y al mismo tiempo a Diaghilev, cuya visión materializó un sueño hasta entonces no formulado: la unión de las artes del espectáculo. Son las artes del espacio, vestuario y escenografía, con las del tiempo, música y coreografía».

Araiz, que fue discípulo de Dore Hoyer, Renate Schottelius y Tamara Grigorieva, entre otros de gran fama internacional, fue el creador del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, dirigió el Ballet del Grand Theatre de Genéve, y actualmente es el director artístico del Ballet Estable del Teatro Colón. Con él dialogamos.

Periodista: ¿Hay una conexión entre estas tres obras tan distantes en el tiempo y en el estilo?

Oscar Araiz. Yo diría que hay tres bloques. La unidad está dada por la música de Stravinsky. El probó en cada una de estas obras una fórmula diferente. Una es sinfónica, otra canto danzado, y la tercera una ópera. Mi aporte en esta última, «El ruiseñor», es que traté de transformarla en una ópera-ballet. La cargué de danza. Este proyecto es un viejo sueño que tenía desde que era estudiante.

P.: ¿Se podría trazar un paraleloen la actualidad con ese furor que provocaban «Les Ballets Russes» en los espectadores de su época?

O.A.: Hay un intento de retornar a aquel efecto con las artes multimedia de nuestro tiempo. Un intento de unión de las artes. A mí personalmente, hasta hoy, no me han deslumbrado con nada en especial. Encuentro medios pero no encuentro fines. Son como algunas tendencias de técnicas de la danza en boga, que para mí son medios pero no fines en sí mismos.

P.: ¿Cuál es uno de sus mayores placeres en una puesta nueva?

O.A.: Poner luces. El coreógrafo, desde mi óptica, tiene mucho que ver con el director de cine, de alguna manera. Es una cámara, es un objetivo, va editando, va modificando el ángulo de enfoque, se acerca o se aleja, manipula la mirada, pone foco en un ángulo o en otro, abre el campo o no... Un poco ese procedimiento lo pude poner en práctica en «Boquitas Pintadas», La técnica del video está insinuada en esa puesta. Esa idea reaparece ahora porque yo nunca pude filmar y es algo que todavía no logré desarrollar. Pero que no descarto como posibilidad.

P.: Es decir que el cine es una deuda pendiente para usted...

O.A.: Tengo un proyecto que nació como un guión cinematográfico sobre «La Casa», de Manuel Mujica Lainez. Con el tiempo se fue transformando en una puesta teatral, más tarde fue pensada como una ópera, también cambió a una suerte de instalación y todavía hoy no sé a ciencia cierta que formato va a adquirir.

P.: ¿Qué lenguaje une a las tres obras del programa Stravinsky? Empecemos por «Las bodas».

O.A.: Me dejo llevar por mis necesidades, lo que la música o el tema me piden. En consecuencia el lenguaje es muy libre. En «Las Bodas» empecé por tratar de utilizar un lenguaje más bien primitivo, en este caso fui fiel a la versión original, ya que la obra es como un ritual folklórico ruso, rústico, con sonidos primitivos, y ese ritual, más que una fiesta de bodas, es un sacrificio de dos personas que apenas se conocen y tienen enormes dudas. Está todo como enmascarado de fiesta, pero es un sacrificio tribal en última instancia.Empecé con un estilo coreográfico muy libre y primitivo, en el sentido de la vieja danza moderna y luego apareció una línea más naturalista.

P.: «El ruiseñor».

O.A.: Es un cuento muy puro y tiene algo de « musichall». Traté de evitar el cliché y hay algo de puntas, de lenguaje académico y también una perfecta fusión entre el accionar de los bailarines y de los cantantes.

P.: ¿Y «Petrushka»?

O.A.: Ya la había hecho en Ginebra y formaba un espectáculo sobre Misia Sert. Hago una relectura del ballet original e inclusive utilizo citas de la coreografía de Fokin, pero el triángulo principal es Nijinsky-Rómola-Diaghilev, interpretando a Petrushka, a la bailarina y el mago. Trato de mostrar cómo es la compañía de los Ballets Russes desde atrás. Hay también cientos de situaciones del repertorio. Aparecen Isadora, Karsavina, Pavlova, León Baskt, entre otros personajes paradigmáticos de la época que deambulaban por los escenarios, hoy totalmente legendarios.

Entrevista de Eduardo Giorello

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