15 de septiembre 2008 - 00:00

Seúl multifacética: ricos, cartoneros y puritanismo

Seúl - ¿Cartoneros en el Primer Mundo? Sí, incluso aquí, en Oriente, en una sociedad como la coreana, opulenta y pujante y que se precia de cuidar a sus mayores (los más implicados en el fenómeno) desde la estructura familiar, incluso con independencia de la cobertura que pueda brindarles el Estado. Aunque no se trata de un hecho omnipresente en Corea del Sur, sí es bastante visible y llama la atención de los habitantes locales su extensión en los últimos años, secuela, seguramente, de las dos crisis financieras internacionales que han golpeado al país de modo sucesivo: la de 1997 y la actual, cuyos fondos aún nadie se anima a definir.

En el actual contexto de crisis, comprar una vivienda en la carísima Seúl es una quimera para la mayoría, y alquilar es la opción obligada, aunque el sistema que se aplica localmente, y que no tiene paralelo en ninguna parte del mundo, no hace las cosas más fáciles.

Aquí no se paga un alquiler mensual por una vivienda. Rige en cambio el «jeonse», un esquema tradicional por el que el inquilino le abona de una sola vez al dueño un depósito elevado (cerca de 25% del valor de mercado de la vivienda en un contrato a dos años). El propietario extrae los intereses de ese depósito bancario durante el lapso que dura el contrato y debe restituir el capital una vez que el mismo expira. La rueda, luego, vuelve a girar.

Si en algo las crisis económicas no han alterado a la sociedad coreana es en el hecho de que las drogas y el delito siguen siendo prácticamente invisibles. Algo positivo, aunque tenga también un costado de excesivo puritanismo: las parejas caminan tomadas de la mano, pero un beso en público es impensable. El concubinato es una herejía, incluso para los más jóvenes. Y declararse homosexual para alguien famoso equivaldría a la muerte social.

  • Tendencia

  • Los carteles de publicidad muestran más modelos occidentales que locales, y no son pocas las mujeres que (todo un pecado) se operan los ojos para deshacerse de sus rasgos orientales. No se ve en las propagandas ni un centímetro de piel ni poses sugerentes. Tampoco en TV. Una versión local del baile del caño sería toda una innovación que haría aquí de Marcelo Tinelli el hombre más rico del mundo... o un candidato de hierro a la deportación.

    Sin embargo, también hay espacio para la sensualidad, aunque ésta adopte características más discretas. Todas las sociedades presumen de tener las mujeres más lindas del mundo y la coreana no es la excepción. Sin ahondar en un tema que puede enojar a nuestras damas (a las que, para bien o para mal, hemos convencido precisamente de eso), las coreanas son realmente bonitas, un regalo para la vista de sibaritas como este enviado, capaces de ranquear tan alto la delicadeza como la voluptuosidad.

    La ciudad es limpia y ordenada, pero no tanto como otras de Oriente. Algunos automovilistas son capaces de cruzar un semáforo en rojo (algo imperdonable en Japón, por ejemplo), invaden las sendas peatonales y hablan por teléfono mientras manejan.

    Para tener 10 millones de habitantes, Seúl es bastante silenciosa, pero, otra vez, no tanto como Tokio. Las bocinas de los autos raramente suenan y éstos son invariablemente grises, negros o blancos. A la luz verde, que es tan verde como en todos lados, la llaman «azul», acaso para jugar con la intriga de los extranjeros.

    La comparación con Japón es permanente. Es que, aunque llegan muchos turistas de ese origen que son bien tratados, aún duele el saldo de la ocupación de 1919 hasta 1945, durante la que corrió mucha sangre, se abolió la lengua local en las escuelas y se envió al ejército japonés como esclavas sexuales a millares de mujeres.

    La discriminación es un rasgo tan universal como la prohibición del incesto, y los coreanos no son inmunes a ese mal. ¿Pero a quién se habría de discriminar en una sociedad absolutamente homegénea desde lo étnico y lo lingüístico? Quedan pocas opciones, y los coreanos hijos de emigrantes que retornan son un blanco potable. «Los coreanoargentinos parecen totalmente coreanos por su aspecto, pero, si uno los mira bien, por su modo de comportarse y su mentalidad, son en realidad argentinos», le dijo un diplomático a este enviado. ¿Eso será bueno o malo? Mejor no seguir preguntando...

    El idioma es inasible, y para quien quiera aprenderlo se sumará una dificultad extra. El grado de confianza con el interlocutor, o el respeto que se le deba a éste por cuestiones de jerarquías, hace que haya muy diferentes expresiones para decir exactamente lo mismo. Son tantos estos registros de lenguaje que, exagerando algo, puede decirse que aprender coreano implica adquirir varios idiomas a la vez.

    Nunca dicen que no, aunque ésa sea la repuesta implícita a una propuesta. La humildad es una buena receta para entablar, poco a poco, una relación de mayor confianza. Apurarlos en un negocio equivale a espantarlos para siempre.

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