31 de mayo 2006 - 00:00

"Sigo a Vargas Llosa en ser un aguafiestas"

SantiagoRoncaglioloescribe sunuevo librodiariamente enel blogwww.elboomeran.com,donde dapantallazos delos países querecorre en sugira por elgalardónliterario querecibió.
Santiago Roncagliolo escribe su nuevo libro diariamente en el blog www.elboomeran. com, donde da pantallazos de los países que recorre en su gira por el galardón literario que recibió.
Cuando a Mario Vargas Llosa le preguntaron días atrás, cual era el mejor escritor peruano entre los nuevos, no dudó, al instante dijo: Santiago Roncagliolo. Roncagliolo, nacido en Lima en 1975, con su tercera novela, «Abril Rojo» -donde se cuenta de un fiscal que, a partir de la investigación de los crímenes de un asesino serial, se remonta a los enfrentamientos que vivió Perú en los años 90-, ganó los 175 mil dólares que le otorgó el Premio Alfaguara de Novela 2006. Dialogamos con él en su breve visita a Buenos Aires.

Periodista: ¿Cómo es su relación con Vargas Llosa?

Santiago Roncagliolo: Vargas Llosa es como el padre. Llevó 31 años tratando de no parecerme a mi padre y, cuando encuentro alguien que lo conoce, me escucha hablar, y me dice: Mira, eres como tu padre. Lo mismo me pasa con Vargas Llosa. Puedo tratar de huir de él, puedo tratar de no parecérmele, pero lo llevo incorporado. Está tan dentro que incluso al tratar de negarlo lo afirmo. Puso un listón muy alto, y no sólo literario, sino en lo político, en lo periodístico. Ha marcado el liberalismo que domina, en los últimos 15 años, el pensamiento político peruano. Yo discuto ideas de Mario Vargas Llosa pero, en realidad, estoy haciendo lo mismo que él hizo, cuando discutió la hegemonía marxista que había en su momento. Yo discuto las hegemonías intelectuales. Y eso es lo que él decía que debía hacer el escritor, tener la figura del aguafiestas. Con lo cual me he resignado: no voy a poder huir de él, haga lo que haga.

P.: Si bien se nota en su novelala influencia de Vargas Llosa, en el humor se acerca al de la novelas de Bryce Echenique.

S.R.: Bryce fue importante para mi en el humor como terapia contra el dolor, y Julio Ramón Ribeyro en la ternura del perdedor, pero Vargas Llosa es tan grande que eclipsa a lo que tiene cerca. En el siglo XX los dos países que hay en el Perú se dividieron literariamente en las narrativas de Vargas Llosa y José María Arguedas. El país es un constante encontronazo entre ambos. Si bien el protagonista de «Abril rojo» es el fiscal Félix Chacaltana Saldivar, el primer personaje que aparece en la novela es Justino Mayta Carazo, y su nombre funde el de dos personajes, uno de Arguedas y uno de Vargas Llosa.

P.: Un guiño para comenzar una historia que habla de lo que ocurrió en Perú en los 90. ¿Qué aprendió de Vargas Llosa?

S.R.: El siempre reivindicó la escritura como un oficio, como una cuestión de trabajo, que cada vez que se trabaja más, se trabaja mejor. Eso es muy importante; porque si todo depende del talento no hay nada que hacer. No esta en las manos de uno ser un genio. Pero si los logros dependen del trabajo, hay una posibilidad, porque siempre se puede trabajar más, y eso hace permite acercarse a los proyectos buscados.

P.: ¿Cómo surge su novela?

S.R.:Yo, que soy de la generación que estaba en primera fila cuando se cayó todo el sistema de ideas de la izquierda, trabajé unos años en Derechos Humanos en Perú y eso me hizo estar en constante relación con algo que no se hablaba. Sabíamos la barbarie que había montado Sendero Luminoso, pero no éramos conscientes de la que había montado el Estado para combatir a Sendero Luminoso. Toda esa experiencia, que me puso en contacto con la brutalidad, con la crueldad, con la corrupción, está transfigurada en la ficción de «Abril Rojo».

P.: Se relaciona «Abril Rojo» con «Soldados de Salamina», la novela que dió una versión distinta del Guerra Civil Española.

S.R.: En España, novelas como «Soldados de Salamina»o «Enterrar a los muertos» mostraron, 70 años después, lo obvio: que en ambos bandos había canallas y gente buena, que la crueldad no tiene bandera. Creo que esa visión más objetiva se debe a que éramos unos niños cuando ocurrieron los hechos, por lo tanto no tenemos arraigo en ninguno de los dos lados, no tenemos a nadie a quien defender. Y también se debe a que hay mayor madurez. En Perú se decía que los campesinos estaban «entre dos fuegos», y creo que una visión madura debe tener en cuenta eso. Cuando hay un conflicto tomamos partido y decidimos que somos los buenos. Entonces los crimenes que se comenten en nuestro nombre son gestas heroicas, de tipos entregados y valientes, y los de los otros, eso sí que son crímenes, esos sí que son sanguinarios y salvajes, y no se piensa que, del otro lado, están pensando lo mismo. Yo mostré la violencia en ambos lados.

P.: ¿Por eso construyó una novela sin buenos ni malos?

S.R.: Una novela de buenos y malos es una mala novela. Una novela ideologizada no puede ser una buena novela porque simplifica la realidad y, entre otras muchas cosas, descarta la ambigüedad de los seres humanos, segmenta la historia.

P.: ¿Por qué eligió la forma de thriller?

S.R.: Siempre me gustó el genero de suspenso, el tema del asesino serial, las historias de fantasmas. La decisión fue muy tosca: para hablar de una sociedad de asesinos en serie puse un asesino serial. Necesitaba contar todo el horror real, pero el horror es repugnante y puede echar al lector a la segunda página. Necesité un eje que diera sentido a toda la violencia. Un fiscal que investiga a un asesino en serie y que, aunque no lo desea, se va involucrando en hechos del pasado. Fue un proceso creativo interesante construir un thriller político.

P.: ¿Qué repercusiones tuvo en Perú su novela?

S.R.: Pensé que iba a haber escándalo, polémica, discusión, pero todo el mundo encantado,de un lado y del otro; es casi decepcionante (ríe). Los dos lados del conflicto agradecen de sentirse bien retratados, que sus personajes tengan dignidad, y que digan cosas que ellos dirían. El hecho de sentirse bien representados atenúa las críticas. Creo que también hay una cosa muy particular, Perú es un país que necesita ganadores, y si se gana algo afuera -en mi caso un premio literario internacional- la gente siente como si ellos lo hubieran ganado. La reacción ha sido de mucho cariño, aún de gente que no ha leído ni va a leer «Abril rojo».

Entrevista de Máximo Soto

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