2 de mayo 2002 - 00:00
Soriano es el alma de un gran clásico del musical
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Escena de "El violinista en el tejado"
Tevye, el protagonista, dialoga constantemente con Dios a veces regateando con él y muchas otras lamentándose de su suerte de pobre lechero, que debe cargar además con cinco hijas casaderas, que son el origen de sus preocupaciones, pero a las que ama tanto como a su mujer, a la que ama de modo especial.
Es un verdadero lujo que una obra entrañable como este clásico del musical pueda apreciarse en nuestro país (más aún en medio de la crisis que vivimos), servida generosamente por un elenco parejo, con cantantes y bailarines que vuelven a poner de relieve la capacidad y el rigor que han alcanzado en nuestro medio los que cultivan el género. Merced al esfuerzo tesonero de Alejandro Romay, que, contra viento y marea, insiste en apostar por el país desde su lugar de empresario.
Sin ahorrar recursos, la puesta de «El violinista...» brinda a los castigados habitantes de nuestro país un panorama que rechaza augurios ominosos y nos coloca nuevamente en el plano de la dignidad. Es un mérito grande. Y un modo de incitar a no bajar los brazos.
Todos los rubros técnicos, desde la puesta de Claudio Hochman hasta la dirección musical de Gerardo Gardelín, y desde la escenografía de Valeria Ambroso hasta el vestuario de Fabián Luca, pasando por el vestuario de Elizabeth de Chapeaurouge y la excelente iluminación de Ariel del Mastro, han sido cuidados al extremo.
•Elenco
Un elenco impecable constituye otro de los méritos: Rita Cortese, Estella Molly, Juan Manuel Tenuta, Juan Gil Navarro, Romina Groppo, Diego Jaraz,Andrea Mango, Marisol Otero y Marcelo Trepat se destacan del resto por el peso de sus personajes.
Pero es Pepe Soriano el que domina la escena con su interpretación del inefable lechero, capaz de asimilar los cambios y enfrentar las desdichas y alegrías que le manda Dios, con docilidad y filosofía.
Su vigor, convicción y sinceridad, más el dominio total de su oficio, lo transforman en protagonista absoluto. Es una delicia escuchar los parlamentos en los que demuestra su calidad actoral. Y un prodigio su modo de entonar las bellas canciones y bailar con una energía que no va en zaga de los más jóvenes. Se nota el placer que le produce su trabajo y ese placer se contagia al público.
Tal vez se pueda objetar cierta ingenuidad, para los oscuros tiempos que corren, pero justamente por eso es tan agradable de ver y el espectador sale del teatro algo más aliviado.




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