6 de mayo 2002 - 00:00

Sorprendió bienal de Porto Alegre

RR como rio (ambiente), de Enrique Aguerre
"RR como rio (ambiente)", de Enrique Aguerre
Se termina de presentar en Porto Alegre el catálogo de la III Bienal del Mercosur, un libro de 300 páginas, con prólogos y excelentes reproducciones de obras de artistas. «Como una película de largometraje, las bienales agrupan un expresivo número de profesionales que ayudan a llevar a cabo guiones concebidos por la curaduría. Cada bienal es un acto continuo de acción y reflexión colectivas», señalan Fabio Magalhaes y Leonor Amarante, los excelentes curadores generales de esta Bienal, presidida por el famoso cardiólogo Ivo Nesralla, que será sucedido en el 2003 por el banquero Renato Malcon, también de Porto Alegre. El próximo curador general será Nelson Aguilar, un crítico de San Pablo que ha sido curador del operativo Brasil 500 Años, programado en Nueva York, el Centro Pompidou, la Bienal de Venecia y Buenos Aires, por el organizador fuera de serie Edemar Cid Ferreira (además, Presidente del Banco Santos) Coincidimos con ellos y por eso queremos destacar la presencia de los países participantes y la reflexión de los curadores de cada país en torno a uno de los ejes de esta tercera edición: la pintura y las poéticas pictóricas en la producción de cada región.

Pedro Querejazu
(de Bolivia), señala que, en la actualidad, es notable la supervivencia de la pintura respecto de otras manifestaciones artísticas más contemporáneas. «La pintura oscila desde la opción técnicamente más tradicional hasta el extremo opuesto; está representado por el accionar del grupo Mujeres creando, movimiento feminista que se manifiesta mediante eventos en espacios públicos, que son lo más significativo de su obra, además del texto escrito y los graffiti callejeros».

En Aguayo comestible, Eat Art project, 2001, -sin abandonar el aspecto «pictórico»- Angelika Heckl (1956), recuperó la tradición del textil como referente de identidad y apropiación de elementos locales. Realiza un mosaico efímero: una instalación-evento con caramelos populares bolivianos que es consumida por el público a medida que la artista la realiza. Configurando interrelaciones entre espacios reales y virtuales, Ligia D'Andrea (1948), sumerge al espectador en Espacio e interpretaciones, 2001, serie de obras en las que reflexiona sobre la percepción visual.

•"Retrato de pareja"

Las etapas de la instalación «Retrato de pareja», 2000, presentada por Erika Ewel (1970), se desarrollan en «La edad de la inocencia», «El viaje iniciático», «Trapos al sol», «Destellos de verdad» y «La mirada que no mira». En ellas despliega su visión crítica del mundo femenino y las relaciones entre ambos sexos.

Ramiro Garavito
(1956) trabaja con los colores de la bandera boliviana, como símbolos tradicionales: rojo (sangre de la lucha por la libertad), verde (riqueza vegetal), amarillo (riqueza mineral). En su instalación « Símbolos patrios», de 1999, ha introducido fotografías de «antihéroes» (héroes no oficiales) en botellas con líquido de color rojo. En otras con líquido amarillo, ha puesto transparencias de billetes bolivianos y dólares; y por último en las botellas con líquido verde, se ven bolsitas de «polvo blanco» (cocaína).

En cuanto a la participación de Chile, organizada por Justo Pastor Mellado, queremos destacar nuestras coincidencias en cuanto a la polémica específica de esta III Bienal del Mercosur, que gira en torno a «la recuperación del discurso y la práctica crítica de la pintura, después de décadas de reconocimiento objetual».

Mellado
señala que los pintores que convocó para su envío se formaron en las investigaciones que plantearon Eduardo Vilches, Eugenio Dittborn y Gonzalo Díaz, a partir de los años ochenta. Waldo Gómez (1961) y Rodrigo Vega (1956), se nutrieron del debate promovido por el objetualismo en el momento de su mayor expansión. No es exactamente el caso de Voluspa Jarpa (1971), cuyas transgresiones sólo fueron posibles en la década del noventa, cuando según él «ha asumido el sentido político de la parodia de las transmigraciones de la imagen». Una situación especial es la de Carlos Leppe (1952), que nunca dejó la pintura, aunque fue compañero de Dittborn y Díaz, participando del conceptualismo de los años ochenta (en esos años expuso en Buenos Aires en el CAYC).

Dos artistas de significativa trayectoria, presentan sus obras en «La ciudad de los contenedores» -singular sección de esta Bienal, inventada por Fabio de Magalhaes en un gran espacio abierto, frente al Río Guaíba-. Lotty Rosenfeld (1944), que fue miembro del Colectivo de Acciones de Arte, y junto a Leppe, son los referentes históricos más fuertes. Y Catalina Parra (1940) - además Agregada Cultural de su país en Buenos Aires -.

Los artistas del Paraguay, a cargo de Ticio Escobar, trabajaron sobre dos conceptos: el de espacio dislocado o tránsito demorado, para las instalaciones e intervenciones en la ciudad; y el concepto de resistencia, en el caso de la pintura. La pintura agresiva y fuerte de Carlos Colombino (1937), no sólo porque ha sido uno de los más claros artistas en su oposición a la dictadura de Stroessner, sino porque su trabajo es un permanente registro crítico de la situación del Paraguay.

Las imágenes de
Enrique Collar (1964) se refieren a temas de la cultura popular, masiva y suburbana en ese país. La pintura como resistencia también es evidente en las obras de un artista joven como Marcelo Medina (1978).

Escobar
ha querido resaltar el sentido de los contenedores -container de 20 pies, ubicados en tres niveles - y el espacio transitorio, con una confusa memoria local, y a través de diferentes tensiones en las figuras de viaje, exilio, encerramiento y censura. Vinculadas a la idea de viaje, los contenedores conectados con escales y ascensores, señalan una salida posible.

Bettina Brizuela
(1969) expone muebles apilados que deben ser «enyesados» para ser ubicados en el contenedor. Ella presenta también al viaje remitiéndolo al exilio y la deslocalización. Pedro Barrail (1964) reflexiona sobre el traslado, pero como una erradicación forzosa, que lo obliga a desprenderse de su espacio propio. Adriana González (1964) recupera imágenes de espacios agobiantes, relacionadas con el «Archivo del Terror», descubierto luego de la caída de la dictadura militar paraguaya, como memorias que no pueden ser archivadas.

Marité Zaldívar
(1955) trabaja el concepto de transacción encubierta, sugerida por los contenedores asociados al contrabando. La obra de Fredi Casco despliega el tema de los «simulacros masmediáticos que cruzan las fronteras sin necesidad de pasaportes ni trámites». El envío del Perú, organizado por Gustavo Buntinx, señala la recuperación crítica de la pintura, como hilo conductor.

Catálogos de arte aparecen sólo como pura presencia visual, en las pinturas de
Sandra Gamarra (1972): se trata de una «oleaginosa abstracción casi formalista». En «Visita guiada» reproduce irónicamente la cubierta y ciertas láminas interiores de libros de la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York. En un singular mix de pintura y fotografía, Miguel Aguirre (1973) presenta el transcurso del tiempo durante veintisiete años de rituales: bodas, nacimientos, bautismos, cumpleaños, en los que transformaciones, ausencias y nuevos rostros, aluden a las fronteras vitales de su familia.

La contaminación se manifiesta en el lenguaje artístico de
Mónica Gonzales Raaijen (1965) en el que confluyen la pintura con el collage, los bordados y la bijouterie barata. La pintura como un arte que vive es la propuesta de Angel Kalenberg, curador de Uruguay, ya que según él observa «la pintura ha vuelto a dar pruebas de vitalidad, sobreviviendo a muchos pronósticos agoreros».

El mundo del reconocido
Ignacio Iturria (1949) no se guía por las leyes físicas ni por los modos tradicionales de la representación pictórica. Todo en él procede de visualizaciones propias, que rechazan las formas académicas y manieristas de las apariencias establecidas, porque su meta es crear otras apariencias con formas propias. Iturria es un excelente exponente de la Cultura de lo Surreal, tan enraizada en América latina, y que aparece ya en los discursos y representaciones precolombinos. El tema de la violencia aludido en la instalación de Ana Salcovsky (1947) presenta medias reses vacunas, como íconos de cuerpos indefensos. La obra de Cecilia Mattos (1958) reúne un inventario de elementos que aluden a la sexualidad femenina y al cuerpo: vestidos de mujer y viejos objetos, como necessaires y misales. «Los espejos de los necessaires reflejan, permiten reconocerse como mujer, confirmar la identidad.

En los confesionarios intervenidos aparece la represión sexual y el deseo como pecaminoso», señala
Kalenberg. Alejandro Sequeira (1962) en «Coreografías» (2000) expone la soledad generacional, el papel de una escenografía con recuerdos de los objetos familiares para una anciana. Enrique Aguerre (1964) se ha filmado a sí mismo sumergiéndose en una bañera, y al hacerlo desde el techo, transmite una fuerte sensación de encierro.

También destacan, «Paisaje I», video sin guión ni historia de
Fernando Alvarez Cozzi (1953) y Carlos Pellegrino, (1944) y la video instalación de Martín Sastre (1976): «Masturbated Virgin». También uruguayo, interesó la obra de Marco Maggi (1957) que escribió acerca de los fundamentos de su obra: «La miopía es la mejor respuesta a la globalización. La tierra y todos sus habitantes pesan 5.972 trillones de toneladas. Un globo pesadísimo para enfrentar con la punta de un lápiz. Un mundo tan espectacular que multiplica la eficacia de los procesos homeopáticos y convierte a la delicadeza en material subversivo».

En síntesis, un excelente libro-catálogo, acerca de una muy buena bienal regional, en su tercer edición.

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