La muestra
de Jesús
Rafael Soto
(arriba en su
estudio de
París en
1999). reúne
veintisiete
obras de un
artista que se
consagró a la
investigación
del
movimiento y
la luz como
modo de
romper con
reglas
establecidas.
El Museo Tamayo de Arte Contemporáneo de México y la Fundación Proa de Buenos Aires (Av. Pedro de Mendoza 1929) presentan la muestra «Jesús Rafael Soto. Visión en Movimiento» cuya curaduría estuvo a cargo de las historiadoras mexicanas Tatiana Cuevas y Paola Santoscoy con la coordinación de la argentina Cecilia Rabossi. Son veintisiete obras que evitan toda cronología de un precursor del arte cinético (Venezuela, 1923-París, 2005), expresión artística trascendente del siglo XX y cuyo protagonista principal es el movimiento, real o virtual, producido a partir de efectos ópticos, del movimiento del espectador o del movimiento real de la obra.
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Hacia 1940, el mundo del arte en Venezuela parecía dividido entre aquellos que estaban por la creación de una iconografía nacional y algunos jóvenes que defendían la teoría de la universalidad del arte. Entre estos últimos, Cruz-Diez y Jesús Rafael Soto, estaban preocupados tratando de comprender el Cubismo así como las complicaciones que surgían de la cuarta dimensión.
Soto comenzó a investigar el movimiento hacia los '50 cuando le fue otorgada una beca para estudiar en París y se unió a Los Disidentes, un grupo de venezolanos allí instalados. En un viaje a Holanda conoció a Piet Mondrian y este encuentro fue el punto de partida para sus primeras obras abstractas. Intentó dinamizar su bidimensionalidad a través de diagonales y líneas curvas, siempre sobre el plano, convirtiendo la obra, como lo señalara, en «más dibujística». Más adelante entró en el mundo de Lazlo Molí-Nagy que había escrito un importante libro sobre el movimiento. Así nacieron las repeticiones que provocaban un estado de vibración.
Eso sumado al estudio de la luz en Velásquez y en los Impresionistas, el deseo de romper con las reglas establecidas, el haber descubierto que en los paisajes, Cézanne comenzaba a la izquierda del cuadro con gran densidad, la que llegando hacia la derecha, parecía licuarse, fueron hechos que quedaron en su memoria. Las experiencias seriales nacieron de sus contactos con las revolucionarias ideas musicales de Pierre Boulez así como las de René Leibowitz, autor de un libro sobre Schöenberg, Berg y Webern, acerca del sistema de doce tonos que lo indujo a transferirlo a las artes visuales.
Soto desarrolló más adelante un complejo sistema de superposición de módulos, una necesidad de introducir el espacio real, la influencia ejercida por el pensamiento de Malevich, el uso del plexiglás en su «Desplazamiento del Cuadrado Transparente» realizado entre 1953-54 hasta su «Cajita de Villanueva (1955), en la que aparte de la vibración apareció una ambigüedad óptica: planos transparentes que pueden ser observados de ambos lados y repetirse indefinidamente.
Durante dos años trabajará con el tema del cuadrado como algo inmaterial, de allí el uso del blanco, la repetición de pequeños cuadraditos o tramas de puntos. Es por eso que para Soto, «el origen de la obra de arte tiene lugar en el pensamiento, el rigor, la lógica de la investigación artística».
Cuando comienza a trabajar con varillas metálicas sobre un fondo tramado, Soto desea penetrar dentro de la vibración. Así, hacia 1968, nacieron los célebres «Penetrables», en los que el espectador participa activamente. Viene al caso recordar que durante la exposición «Abstracción geométrica latinoamericana en la Colección Cisneros» expuesta en el MALBA en 2003, un «Penetrable» fue instalado en el acceso al Museo. La gente jugaba, se movía y ése era el propósito del artista: «el hombre juega con el mundo que lo rodea», una comunión «hombre-obra de arte (...) más que una obra es una idea del espacio», además de otra característica: puede ser construido en cualquier lado, puede tener diferentes dimensiones para ser integrado en espacios arquitectónicos y urbanos.
Así sucede ahora con «Penetrable Azul», hilos de nylon y aluminio, ubicado en la vereda de Proa. Entre las obras «Sphere Concorde», hilos de nylon y madera (1996), «Escritura blanca N° 3», pintura y metal sobre madera (1976), «Vibración», pintura y metal sobre madera,(1960) «Cuadrados verdes y negros», pintura y metal sobre madera (1974), «Sotomagie», un conjunto de serigrafías representativas de sus investigaciones de los '50, tramas geométricas que se activan con el movimiento del espectador, en suma, un conjunto revelador de la esencia de su trabajo, la búsqueda constante de nuevas propuestas. Hasta el 3 de septiembre.
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