23 de julio 2002 - 00:00

También con Lorca se puede innovar

También con Lorca se puede innovar
Un clásico siempre tiene algo para decir -en eso todo el mundo está de acuerdo-, pero las discrepancias surgen cuando quien la interpreta, desde una mirada crítica y actualizada, se atreve a correrse de los cánones establecidos para su representación. Si además la experimentación se realiza en un espacio investido del prestigio de la sala Martín Coronado del Teatro San Martín (algo así como el equivalente al Colón, en teatro de prosa) el efecto resulta aun mayor.

Esto es lo que sucede con esta polémica y lúcida versión de «La casa de Bernarda Alba» que dio a conocer Vivi Tellas en una agitada noche de estreno, donde las risas (provocadas por el humor negro de algunos pasajes) eran acalladas con chistidos por otro sector del público, no muy conforme con la novedad.

La directora amplió el foco de la obra y, sin desdibujar a las tres figuras claves de este drama (Bernarda, la criada Poncia y Adela) se ocupó de analizar las bases de este inquietante universo femenino, pleno de sensualidad y de sentimientos intrincados, pero sin descuidar la proyección social e inclusive política que anida en el drama.

Bernarda
, la orgullosa viuda que pretende mantener a sus hijas alejadas de los peligros y las vulgaridades del mundo, ya no es la tirana feroz de otras épocas ni sus hijas esa masa sufriente y casi anónima que padecía su designios. Ahora cada hija tiene un perfil propio y las relaciones entre ellas tienen la carga de rivalidad, amorodio y ambigüedad sexual que requiere la situación. Cuando no hay justicia ni libertad, las víctimas tienden a devorarse entre ellas.

En la puesta de Vivi Tellas entró el caos, la violencia y el sexo. Nada que no estuviera ya en el texto, pero su notable redistribución de papeles puso más en evidencia el tema de la represión y sus terribles implicaciones. Bernarda obliga a sus hijas a seguir normas absurdas y fuera de época pero son las únicas que conoce, y a ellas se aferra con uñas y dientes, temerosa en realidad de todo aquello que implique cambio, incluyendo la vida misma. En lugar de registrar las necesidades y carencias de sus hijas decide aumentar el control, las amenazas y la vigilancia sobre ellas.

La puesta describe el pavoroso desarrollo de este conflicto con cierto aire de distanciamiento, pero anticipa la tragedia final mediante diversos estallidos de histeria, locura y desesperación que figuran entre los mejores momentos de la obra.

Como bien sugiere Vivi Tellas, Bernarda es una «necia» y su desempeño como autoridad es de una ineptitud e ignorancia escalofriantes. Elena Tasisto no desentona con este perfil pero no se compromete con el personaje, su labor resulta algo mecánica y la escasa convicción con que expresa su furia amenaza con estropear el gran final de la obra. Tampoco convence la Adela de Mariana Anghileri, una actriz con encanto pero algo inmadura para un papel de alta exigencia dramática. Pese estas objeciones, todo el elenco despliega un excelente manejo tanto de la violencia física como del cinismo, la ironía y el humor negro.

Hay varias actuaciones dignas de destacarse. En primer lugar la de
Lucrecia Capello. Deslumbrante en su papel de abuela loca, la actriz se roba la escena con cada aparición y hasta se atreve con un desnudo integral que le da nueva vida a este personaje fantasmal por tradición. Carolina Fal compone a una mujer-niña envilecida por el opresivo clima de la casa. Su actuación es magnífica al punto de transformar a Martirio en uno de los puntales de la obra. Además, su personaje es el que mejor sintetiza el ideario de esta puesta. Mirta Busnelli maneja a su Poncia con la gracia y desenvoltura de siempre, mientras que María Onetto se mete en la piel de Angustias con una convicción demoledora. Hasta cuando camina se le nota el orgullo de ser la única hija con dote y por lo tanto con pretendiente.

La escenografía de
Guillermo Kuitca, con colchones en las paredes y camas por todos partes, le dio otra vuelta de tuerca al encierro que propone la obra. Al igual que los personajes de «La ciénaga» (el film de Lucrecia Martel), las hijas de Bernarda languidecen en sus camas en medio del sopor de la siesta.

Sólo que aquí se trata de un patético harén, sin hombre y sin sexo, siempre a punto de estallar.

«La casa de Bernarda Alba» de F. García Lorca. Dir.: V. Telas. Int.: E. Tasisto, M. Busnelli, C. Fal, L. Capello y otros. Mús.: D. Vainer. Esc.: G. Kuitca. Vest.: O. Puppo. Ilum.: J. Pastorino. (Sala Martín Coronado - Teatro San Martín.)

Dejá tu comentario

Te puede interesar