Broadway y el West End ante una crisis terminal

Espectáculos

Lloyd Webber instó a una "solución propia y no seguir pidiendo más dinero al gobierno.

Nueva York - Una de las caricaturas más crueles publicadas por la prensa estadounidense desde el comienzo de la pandemia apareció ayer en el periódico The New Yorker. En ella se ve el famoso castillo Wonderland de Disney, que celebra con fuegos artificiales la reapertura de sus parques temáticos en Orlando, pero lo único que estalla en el aire en esos fuegos son las esferas con tentáculos del coronavirus. Esto es así porque la reapertura restringida de estos famosos centros de placer y esparcimiento, meta del turismo mundial, coincide con el mayor pico de casos en el estado de Florida.

En California, un rebrote menos intenso llevó al gobernador a ordenar el inmediato cierre de todas las cadenas de cine que tímidamente habían reabierto en los últimos días; así, muchos se preguntan si Disney, cuya filial en Hong Kong también debió ser nuevamente clausurada tras su reapertura, no se enfrentará en las próximas horas a tomar una misma decisión.

La publicación especializada en el espectáculo, “Variety”, también abrió su edición de ayer con un editorial que, si bien no cruel, es dramático en cuanto a las perspectivas de futuro que tiene el entretenimiento en vivo en el futuro. De acuerdo con esa mirada, a diferencia de otros rubros como el gastronómico, los negocios de venta al por menor, los deportes y aún la producción de películas, el espectáculo en vivo no sólo no tiene una fecha cierta en el horizonte para su regreso a la normalidad, sino que suerte dependerá exclusivamente de la aparición de una vacuna contra la peste del siglo XXI. Y, en las actuales circunstancias, la suerte de quienes se ganan la vida en las distintas disciplinas del show en vivo también chocan, a diferencia de otros países, contra la posibilidad de que el gobierno de Donald Trump tenga la voluntad para ayudar a una comunidad devastada: ni el propio mandatario parece un aficionado al teatro, y el Senado, que está controlado por republicanos, tampoco parece el lugar ideal para arrojar un salvavidas financiero al sector más izquierdista de las artes liberales en general, que en su mayor parte no han dejado de hostigar y burlarse de Trump desde su llegada a la Casa Blanca. Tampoco parece probable, agrega el articulista, que llegue ayuda local: “tanto el estado de Nueva York como la ciudad de Nueva York enfrentan déficits presupuestarios masivos provocados por el coronavirus”.

“Las posibilidades de que Broadway obtenga un rescate son escasas o nulas”, dijo Charlotte St. Martin, presidenta de la asociación nacional de comercio The Broadway League. Dadas esas sombrías perspectivas, en Broadway creen que su “única opción puede ser idear una forma de reabrir de manera segura, incluso si aún no hay una vacuna. Existen planes para evaluar a los actores y equipos antes de cada espectáculo, para implementar tickets sin contacto, para equipar los sistemas de calefacción y refrigeración con mejores filtros y para que los miembros de la orquesta toquen fuera del escenario, o a una distancia social entre ellos.

Los productores también discuten la posibilidad de montar más espectáculos para menos personas. Sin embargo, aun con esas medidas, los números no cierran: montar una obra cuesta aproximadamente u$s 300,000 por semana, y los musicales suelen costar el doble de esa cifra por semana, lo cual significa que obtener una ganancia, por mínima que sea, es imposible sin llenar las salas. Y a eso debe sumarse que los descuentos en las entradas serán imprescindibles para volver a atraer al público, siempre y cuando este se muestre dispuesto a ir sin miedo. “Económicamente, el distanciamiento social es imposible para justificar una inversión”, agregó St. Martin.

Broadway recaudó un récord de u$s1,8 mil millones en concepto de entradas durante 2019 y les dio trabajo a 97.000 personas. A medida que Broadway, que jamás estuvo cerrado tanto tiempo en la historia, se extiende hasta su quinto mes de clausura, el desempleo es total y nadie sabe hasta cuándo. “No sé cómo vamos a poder actuar a menos que se haga un progreso real en la forma de luchar contra esto”, dijo el director John Benjamin Hickey, que en marzo iba a poner en escena “Plaza suite” y no sólo no pudo hacerlo sino que se contagió el covid-19, del cual se repuso. “¿Qué significa eso?”, agregó. “Que tiene que haber una vacuna o las personas deben sentirse seguras al regresar a un espacio lleno de gente y sentarse codo a codo. El público no volverá al teatro si siente que se está jugando la vida”. La situación ha empujado a las miles de personas que empleaba Broadway para diseñar disfraces, vender entradas, coreografiar números de baile o realizar ocho espectáculos a la semana a buscar trabajo alternativo en un mercado laboral terrible.

En el Reino Unido, los teatros cerraron el 16 de marzo, dando un golpe paralizante a la industria, con varios teatros regionales que se declararon en bancarrota. Si bien técnicamente se permitió la reapertura de los cines el 4 de julio, aunque sin espectáculos en vivo, los requisitos de distancia social recientemente reducidos de un metro limitan a operar al 30% -40% de la capacidad. “Necesitamos distanciamiento social, necesitamos la confianza del público para volver, y necesitamos construir una audiencia de nuevo“, dijo a Variety Julian Bird, director ejecutivo de West End, la Sociedad de Teatro de Londres.

“Cosas como el turismo internacional son inexistentes en este momento. Hay una gran variedad de cosas que deben producirse antes de que un espectáculo importante pueda reabrir“. Según un informe reciente de la Federación de Industrias Creativas, se proyecta que el coronavirus le costará al sector del teatro inglés alrededor de u$s3,8 mil millones en ingresos, con hasta 70% de los empleos perdidos. La investigación realizada por UK Theatre y la Society of London Theatre, que actúa en nombre de 230 productores, propietarios y gerentes de teatros con sede en Londres, indica que alrededor de 70% de los teatros se quedará sin dinero para fines de 2020. Aunque el gobierno entregó un paquete de ayuda de u$s1.9 mil millones para las artes a principios de julio, el sector aún espera una señal clara sobre las fechas de reapertura. Incluso con más medidas de seguridad, los artistas están preocupados de que regresar al trabajo podría ser demasiado arriesgado. Los bastidores son estrechos. Los camarines suelen ser compartidos. Los disfraces deben ser ajustados, lo que requiere que los diseñadores estén cerca de las personas que visten. Dependiendo del espectáculo, los actores cantan, besan y pelean todas las noches, actividades que son difíciles de manejar a un metro de distancia. El célebre Andrew Lloyd Webber dio a conocer un ambicioso plan el mes pasado para reabrir uno de sus propios lugares, el London Palladium de 2.300 asientos, sin distancia social.

El compositor de “Cats” y “El fantasma de la ópera” ha instalado medidas de seguridad por valor de u$s300.000, incluidos sensores térmicos, manijas de puertas autolimpiantes y arcos cargados de desinfectante, que han sido modelados en una producción coreana de “El Fantasma...” que ha estado funcionando, en gran parte sin interrupciones, durante toda la pandemia.

“Tenemos que toma la iniciativa nosotros mismos, la gente de teatro”, dijo Lloyd Webber. “Somos nosotros los que tenemos que buscar la forma de reabrir el teatro en lugar de sentarnos a llorar y decir: ‘Oh Dios, ¿nos dará más dinero el gobierno? ¿Por qué no imprime más billetes para nosotros?”.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario