29 de octubre 2004 - 00:00

The Doors revivió en Vélez el espíritu de su tiempo

The Doors, ante un público a veces descontrolado, ofreció el auténtico sonido de los músicos que cambiaron la historia del rock & roll.
The Doors, ante un público a veces descontrolado, ofreció el auténtico sonido de los músicos que cambiaron la historia del rock & roll.
The Doors of the 21st Century: Ray Manzarek (teclados, voz) Robby Krieger (guitarra, voz), Ian Astbury (voz), Ty Dennis ( bateria), Angelo Barbera (bajo) Estadio Velez.

The Doors comenzó su show de anteanoche en Vélez con «Roadhouse Blues», en medio del descontrol generalizado de los fans. Se supone que así eran las cosas alrededor de 1969, o al menos eso dice la leyenda. Y también se supone que esas cosas ya no ocurren, mucho menos en Buenos Aires en el siglo XXI, sin Jim Morrison, con dos Doors veteranos y un cantante inglés popular hace más de una década.

Sin embargo, «Roadhouse blues» sonó mientras una marea humana descendía de una de las populares para tomar por asalto las apacibles sillitas de la platea vip ubicada al frente del escenario. Desde lejos, semejante despliegue de extras lucía como la quintaesencia del espíritu de los Doors, y desde el punto de vista de los músicos el espectáculo debe haber lucido aun mejor.

Sin dejar de solidarizarse con aquellos vips que perdieron su ubicacion por culpa de una organización negligente (merecerían como indemnización, tal vez, un par de entradas para el inminente show de los Pet Shop Boys), no se puede negar que no cualquier concierto comienza con este tipo de efectos especiales espontáneos, lo que deja de ser una broma si se tiene en cuenta que el espectáculo siguió con un eclipse de luna que encantó a un viejo shaman semijubilado como el tecladista y fundador de la banda, Ray Manzarek, que exclamó «¡La luna!, ¡Miren la luna!».

El teclado de Manzarek y la guitarra de Krieger son un milagro en sí mismo: no intentan parecerse a los Doors ni quieren aggiornar su viejo sonido, ni hacen un homenaje, ni nada común y corriente. Ellos son dos Doors, tocan temas que ellos mismos compusieron para la banda, y suenan exactamente como ella, es decir, sin dejar de ser profesionales, nada les importa demasiado, introducen los solos que quieren, se enfrentan en fascinantes contrapuntos, convierten «Moonlight Drive» en un tango con dos bailarines, transforman todo en «Louie Louie», y luego se burlan de ellos mismos («canten «Light My Fire», es nuestro hit»), ironizan sobre Morrison y los '60 y sobreactúan a la hora de adular a su audiencia con guiños chauvinistas (algo en parte comprensible luego de la invasión bárbara inicial).

La sección rítmica es obviamente superior a la de los Doors clásicos (que no tenían bajo), e Ian Astbury es un cantante muy digno, por momentos realmente eficaz, a veces un actor haciendo un papel en un extraño musical, cuando el repertorio se atreve con temas que no debería cantar nadie excepto Morrison, como «Not To touch The Earth». Astbury no lo hizo mal con hits como «Touch Me», «People are Strange», «Soul Kitchen» o «Peace Frog», y lo hizo realmente bien con clásicos directos como «Love Me Two Times», «Break On Through» y «Wild Child».

«LA Woman»
y «Riders On The Storm», los dos grandes temas que los Doors nunca interpretaron en vivo, cobraron vida de manera impresionante al final de un show que ofreció el auténtico sonido de los músicos que cambiaron la historia del rock & roll.

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