«Crimen en primer grado» (Dir.: C. Franklin. Guión:Y. Zeltser y C. Bicley, sobre novela de J. Finder. Int.: A. Judd, M. Freeman, J. Caviezel, A. Peet.
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Antes de debutar con el sólido policial negro de bajo presupuesto «Un paso en falso»,Carl Franklin se formó en la escuela Roger Corman. Ese antecedente sigue pesando en su cine para bien, aunque gradualmente el mismo se haya ido tornando más «industrial». Después vinieron la notable «El diablo vestido de azul» (al día de hoy, el mejor trabajo de Denzel Washington, dicho sea de paso) y «Las cosas que importan», con Meryl Streep y William Hurt, donde el director viró al género sentimental aceptablemente, pero dejando claro que su fuerte no pasa por ahí.
Con «Crimen en primer grado», Franklin vuelve al thriller, mejorando la adaptación de la novela en la que se basa («High Crimes» de Joseph Finder, un libro que evidentemente fue escrito antes del fatídico 11 de septiembre).
Todo empieza contrastando unas imágenes sangrientas en suelo sudamericano con la hiperluminosa escena de vida de un matrimonio estadounidense compuesto por una abogada exitosa (Ashley Judd) y un hombre de profesión imprecisa ( James Caviezel), en busca del primer hijo que complete la felicidad. Pero, la incursión nocturna de unos rateritos en la casa de la pareja lo pone todo de cabeza de la noche a la mañana.
Tras un espectacular procedimiento callejero del FBI, el hombre queda detenido y su esposa se encuentra con que no sólo se dirigen a él con otro nombre sino que como ex Marine (otro dato desconocido para ella), deberá comparecer ante una corte militar acusado de una masacre de civiles perpetrada en 1988 en El Salvador. El reconoce haber estado allí, pero jura que se trata de un complot del ejército para tapar la verdadera naturaleza de lo sucedido.
Reponiéndose demasiado rápido de la sorpresa, la mujer decide creerle y asumir su defensa, buscándose un partenaire acorde a las circunstancias, ya que ella desconoce la justicia militar, así como los particulares métodos de persuasión castrenses, que padecerá después. Cuando aparece Morgan Freeman como un viejo abogado ex alcohólico siempre a punto de recaer, pero experto en esas lides («La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música», afirma), comienza la verdadera película que atrapa hasta el final. Franklin disimula los baches y la escasa verosimilitud de varios pasajes del guión con un ritmo que no da respiro y un preciso diseño de los personajes (todos los actores lucen creíbles dentro de la lógica interna del film, salvo James Caviezel, a quien curiosamente se lo está viendo en prisión también en «Montecristo»). Además, sabe aprovechar viejas fórmulas del género, aportándoles un toque personal que no excluye la manipulación del espectador. Los diferentes puntos de vista del episodio salvadoreño mediante flashbacks a la «Rashomon» de Kurosawa ilustran bien al respecto. Su principal mérito, sin embargo, es haber combinado el entretenimiento liso y llano con una visión de las instituciones nada usual en el patriótico Hollywood actual.
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