7 de marzo 2001 - 00:00
"Toda utopía con receta de felicidad es errónea"
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C.M.: Lo del pensamiento es una idea de Adorno. Respecto al paisaje, éste se comprende mejor yendo del lado de Sancho y de su forma de madurez. Desde que mi padre me la dio a leer a los 14 años, siempre me gustó la «Vida de Don Quijote y Sancho», de Unamuno. Creo que comprende muy bien a don Quijote, pero no tanto a Sancho. Llega a sugerir que Don Quijote podría haber andado solo. Yo creo que no. Y eso que opino como Dostoievski, que decía que si la humanidad al final no pudiese enseñar a Dios más que a Don Quijote, diría: con él basta. En cualquier caso, el final de la novela pertenece completamente al escudero, que es en quien continúa la vida.
P.: Es la utopía corregida por el desencanto.
C.M.: El desencanto corrige, efectivamente, la utopía, templa su furia y refuerza su parte de esperanza porque la protege de sus aspectos más débiles e inocentes.
P.: ¿Después de la experiencia del siglo XX no da miedo el carácter colectivo y total de las utopías?
C.M.: Es cierto que cuando uno piensa en la suerte o en la felicidad piensa en sí mismo, pero la propia vida no es pensable como una hermosa flor en medio de un campo de desperdicios. La salvación, por usar un término religioso, es siempre individual, y tenemos derecho a ser egoístas, pero esa salvación es también, no colectiva, coral. Si se destruyera la ciudad en la que vivimos nos afectaría, indudablemente. Lo mismo pasa con el mundo, si bien la distancia nos vuelve indiferentes.
La utopía de la que hablo no es una utopía social colectiva como solución impuesta. Todas las utopías que pretenden tener la receta para la felicidad ajena son totalitarias e insensatas, erróneas. Es lo que sucedió a todas las ideologías que creyeron estar ya en la tierra prometida y haber llegado al paraíso. Por eso la utopía necesita del desencanto. Deberíamos actuar como Moisés, que sabe que nunca llegará a la tierra prometida pero que no renuncia a caminar hacia ella. La utopía nos recuerda que, aunque no haya recetas milagrosas, el mundo no sólo debe ser administrado, sino cambiado, y mejorado. Y esto no debería darnos miedo. De hecho, el final de las utopías globales totalitarias es una especie de liberación, precisamente porque cuando se sabe que no hay una solución definitiva se puede pensar libremente.
P.: Es optimista.
C.M.: Siempre me he sentido muy alejado de los que pretendieron que el mundo se arreglara de hoy para mañana, de una vez por todas, y que surgiera un nuevo hombre en el paraíso social, y que, como no fue así, se convirtieron en cínicos que escupen sobre cualquier modesto sueño de mejorar la situación. Son como niños que descubren que sus padres no son santos y los rechazan, cuando no debería ser más que una nueva razón para quererlos. Me siento lejos del cortocircuito entre la idolatría y el cinismo blasfemo. Trato de acercarme a las ideas sin adorarlas y sin demonizarlas. Creo que la relación entre utopía y desencanto puede ser una forma de madurez y de conciencia.
P.: ¿La literatura es tal vez el último espacio inocente?
C.M.: Cualquiera que haya leído a Kafka sabe cuánta culpa puede haber en la literatura. Kafka sabía perfectamente que la literatura le alejaba del territorio de la muerte y le permitía comprender la vida, pero dejándole fuera. Igual que le permitía comprender la grandeza del padre judío, modelo de hombre, pero no le permitía, precisamente, serlo. La literatura es una forma de la utopía porque es una elaboración de un mundo posible que, además, nos avisa de que la manera en la que existe ahora la realidad no tiene por qué ser la única posible. La literatura habla en condicional: «Si...» Habla no sólo de lo que puede ser sino de lo que pudo haber sido, de los momentos en los que pudimos cambiar el curso de nuestra vida y de aquellos en los que todo existe potencialmente, como en la vida de un niño. Lo que la vida y la Historia sofocan y olvidan lo recuerda a veces la literatura. Alguien ha dicho que a mí me gustan los «futuros abortados». En cierto modo es así, pero no porque me interesen las infinitas posibilidades abstractas de ser, sino porque me interesa lo que, concretamente, pudo haber sido si la Historia o la vida hubieran tomado otra dirección. Así surge mi primer relato, «Conjeturas sobre un sable», en el que la literatura enmienda a la Historia. Por eso le dije a Borges que escribiera algo sobre ello, y él me dijo que lo hiciera yo. Así es que se perdió una obra maestra y no sé muy bien lo que se ha ganado.
P.: ¿Sólo en la literatura tiene la vida sentido pleno?
C.M.: En la literatura habla una voz que nos dice que la vida no tiene sentido, pero en esa misma voz hay al menos un eco de ese sentido que se niega.
P.: Para introducir sus reflexiones sobre el futuro ha recurrido a una frase de un personaje de «Microcosmos»: ¿A quién representa usted?
C.M.: Para ese personaje es una forma irónica de decir «usted no sabe quién soy yo». Esa pregunta sólo tiene sentido si no hay respuesta. Por lo que tiene que ver con el sentido de la vida, sólo tiene valor en cuanto que búsqueda de ese sentido.
P.: ¿Usted representa a alguien?
C.M.: Uno apenas puede representar a los seres que le son imprescindibles, aquellos cuyos destinos se han cruzado con el nuestro y ya forman parte de él, aquellos ante los que se avergüenza cuando hace alguna estupidez: la persona que ama, los hijos, los amigos. A mí no se me pasa por la cabeza representar ninguna idea por pequeña que sea, ni política ni de ningún tipo. Además, uno vilmente querría no representar, sino ser siempre representado, porque así no arriesga nada. Por eso recuerdo como etapa de tranquilidad absoluta el servicio militar que hice ya viejo, a los 27 años: ya estaba casado, mi padre había muerto, mis hijos habían nacido. Entonces pensaba: «Me manda el coronel. Pierda o gane no puede sucederme nada».
P.: Como quien piensa en Dios...
C.M.: Es algo sobre lo que reflexionaron grandes escritores centroeuropeos, como Kafka o Walser, que sintieron de ese modo la inconsciente tranquilidad de servir y obedecer.



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