14 de febrero 2003 - 00:00

Tributo al Deira menos conocido

En la sala Pañol del Centro Cultural Borges se exhiben acrílicos sobre tela, carbonillas, aguafuertes y tintas sobre papel, en general poco conocidas, realizadas por Ernesto Deira (1928-1986) durante los años 1967/86. Deira integró -junto a Jorge De la Vega, fallecido en 1971, Luis F. Noé cuya obra pictórica aún da que hablar, y Rómulo Macció- el Grupo «La Nueva u Otra Figuración», nombre no adoptado por ellos. Noé siempre dice que debieron llamarse «Figuración Libre» y, al respecto, vale recordar una expresión de Deira: «Eran más los no que los sí, lo que nos unía». Entre otras cosas, los unía su posición contraria a la cultura mermelada o la pintura bombón y juntos arrasaron con todo lo convencional.

Hacia 1965 este grupo tomó rumbos distintos. Deira obtuvo la beca Fulbright y dictó clases como profesor invitado en el marco de lo que se llamó Cornell University Latin American Year a fin de explorar las características de la cultura latinoamericana contemporánea y compararla con las de América del Norte. Como lo señala Andrea Giunta en «Vanguardia, Internacionalismo y Política» (Paidós, 2001), libro clave que echa luz sobre la década del 60, esos años marcaron un punto culminante en la avanzada y en la buena recepción del arte latinoamericano en EE.UU..

Entre 1966 y 1976, además de exponer en Buenos Aires, Santiago de Chile, Caracas, Roma, Chartres (Francia), el artista gana el Premio Palanza 1967. Deira distorsionaba sus ambiguas figuras por medio de pinceladas de color que se descomponen y recomponen a través de una línea vertiginosa. La figura humana, tema recurrente y obsesivo en su pintura, era utilizada con total libertad, a veces aplanada por el color y encerrada por una línea demarcatoria. En esos encierros, muestra las entrañas sin concesiones, la mueca del dolor, la crueldad, lo ridículo del poder. A la altura del corazón, a veces lo dibuja nerviosamente, otras, escribe casi ininteligiblemente «tenía tanto para decir...». Los brazos y manos alargadas salen de una forma corpórea, una visión del hombre amordazado, una máscara de sí mismo, fantasmal, un diálogo con su espectro. La obra de Deira está íntimamente ligada a la turbulencia política en la que se desarrolló, también a un proceso en el que se incorporaban artistas jóvenes a exponer en galerías importantes, a una época de ruptura en el terreno artístico.

Había un deseo por convertir a Buenos Aires en un espejo de Nueva York, verdadero espacio de legitimación en los '60, así como una probable inserción en el circuito internacional. En la muestra se exhiben aguafuertes inspirados en «Pantaleón y las Visitadoras» realizadas en Madrid junto al Grupo Quince que editó la obra de Manolo Millares, Rafael Canogar, Lucio Muñoz y Antonio Saura. Vargas Llosa las titula «Las Aguafuertes Excesivas de Ernesto Deira», palabra inspirada en William Blake: «The road of excess leads to the palace of wisdom» («El camino del exceso lleva a la morada de la sabiduría»). De 1968 hay unos rollos que fueron expuestos en la Galería El Taller que significaron un novedoso aporte a la manera de concebir el dibujo. La muestra se extenderá hasta el 28 de febrero.

• Cecilia Vargas

También en el Centro Cultural Borges, Cecilia Vargas (1962) expone un conjunto de obras, la mayoría en resina poliéster coloreada, bajo el título «Entre la luna y el sol». En cierta forma, Vargas adhiere a «esa tierra de nadie», según definición de Rosalind Krauss, a la que volvemos asiduamente cuando se trata de «pensar» la escultura de las últimas décadas. En ciertas obras como «Caída» o «Capullo», resina poliéster y cerámica coloreadas, apela al modelado de la figura hu-mana, tradicional, ambas asexuadas, de carácter místico y que parecieran levitar. En otros casos, la figura, desmesurada, está vista desde el grotesco.

Entre dos conos invertidos en cerámica coloreada muy trabajada con grafismos, una figura, también grotesca, hace equilibrio intentando llegar a su destino.

El sol del título, solitario, aparece suspendido en un extremo de la sala.

En general, las obras emergen de bases no convencionales, algunas apoyadas sobre arena o de envolturas a la manera de mortajas que tienen la apariencia de tela plegada. Una mirada abarcativa nos revela que
Vargas trabaja en un campo sin fronteras acorde con la fragilidad y la precariedad de los tiempos actuales, lo que también se refleja en un verso «quiero dormir de esta humanidad sin rumbo». Cecilia Vargas escribe y en sus poemas que acompañan la muestra así como en los de León Felipe, atravesados de religiosidad y a quien la artista pare-ce admirar, quizás está la clave del mundo interior que la inspira. Hasta el 28 de febrero.

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