23 de abril 2001 - 00:00
Trueba trajo la música a la muestra de cine
-
HBO Max estrenó la película peor puntuada de una saga que traumó a millones de espectadores
-
La intimidad como territorio de descubrimiento
Fernando Trueba.
F.T.: Mejor no contarlo, porque tendría que insultar a alguien. Además son cosas del pasado, culpa mía, porque soy muy blando. No me gusta trabajar con látigo, prefiero armonía, buen rollo.
P.: ¿Entonces, tampoco fue un crítico agresivo?
F.T.: A veces, exaltado, pero sólo de palabra. Mi vida era la filmoteca, ver cuatro películas por día era normal. Entonces, que me pagaran para hablar de cine me parecía fenomenal. Luego me hice director, pero no creo que eso signifique cambiar de trinchera, como dicen algunos, porque para mí todo forma parte de un mismo amor al cine. Además, mis primeras películas eran de una pobreza...
P.: ¿Y cómo se hizo productor?
F.T.: Por casualidad, pues no sabía ni lo que era un cheque. Mi debut, «Opera prima» («Prima, te quiero»), fue la película más pequeña y barata de la temporada, pero resultó un éxito de un año entero en cartel. Entonces, en mi ingenuidad -tenía 24 años-creí que los productores me llamarían. Después me dije «bueno, pensé que había industria en este país», y entendí que yo mismo debía procurar mi trabajo, y el de mis amigos. Pero nunca me consideré productor. Lo que hago es poner entusiasmo, apadrinar trabajos que me gusten.
La película
P.: Hablemos de «Calle 54».
F.T.: Yo digo que a comienzos de los '80 un amigo me regaló un disco que cambió mi vida. Me volví adicto al jazz latino. Tengo un programa radial, «Manteca», y edité un «Diccionario de jazz latino», el primero en el mundo, donde incluso aparecen quienes incursionaron lateralmente por él, como Astor Piazzola, Dizzie Gillespie, Charlie Parker, o Lee Konitz (su «Luiza» es de lo más lírico que se haya grabado a partir de Tom Jobim), etc. En ese jazz hay más variantes que en el otro, porque se abre a los ritmos de todo el planeta, y es un árbol que se ramifica sin fin.Y -debo aclararlo-no tiene nada que ver con las tonterías de la fusión. Por eso quería hacer una película sobre mis músicos preferidos, como Paquito D'Rivera, Gato Barbieri, Bebo y Chucho Valdés, Cachao, Puntilla Ríos, Michel Camilo, Eliane Elías, Tito Puente.
P.: ¿Cómo la hizo?
F.T.: Es una película bien sensual, nada didáctica, cine puro. Ese era el desafío. Y pasarlo como dioses. Los grabé con un equipo de 80 personas y seis cámaras Panavision. La música que hacen es tan intensa, que cuando acaba cada número se impone un respiro. Ahí aprovecho para insertar una breve instantánea de cada artista en su vida cotidiana, que grabé con un equipo mínimo de tres personas y una camarita. De esto último rodamos más de 50 horas, y ahora hicimos un montajillo de 58 minutos, como bonus del DVD que sale esta semana en España.
P.: ¿Y lo pasaron como dioses?
F.T.: Fue todo bonito. Y juntar a Bebo Valdés y Cachao, esos dos viejos como reyes, o el diálogo de dos pianos entre Bebo y Chucho, padre e hijo, que no se veían hacía cinco años, y ahora improvisaban a partir de Ernesto Lecuona (es la escena de amor de mi película), fue emocionante. Pero todos los días los técnicos terminaban tirando las cámaras y aplaudiendo a rabiar, incluso los yanquis. Ellos al principio habían dicho «¿qué clientes hay ahora?», «unos españoles y franceses», y seguían con su rock a gran volumen, música gringa, pero a mitad de rodaje ya se habían prendido, y preguntaban «¿quién viene hoy? ¿qué discos me recomienda del que vino ayer?». Es que nunca habían visto un desfile de musicazos como ésos. No son broma. Hablo de artistas nobles, que haciendo mierda tendrían más dinero. Yo estoy satisfecho. Quise transmitir el estado de ánimo que esa música me da (me hace soñar, me da energía), y pude lograrlo. Eso es bueno, porque pienso que lo más importante de una película es el estado de ánimo que deja.




Dejá tu comentario