«El padre» de A. Strindberg. Dir.: P. Ruiz. Int.: C. Borchardt, A. Flores, R. Paula, A. Agustoni, S. Ballvé y J. Acuña. Esc. y Vest.: M. Banach. Ilum.: L. Rodríguez. (Sportivo Teatral).
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E l infierno conyugal es apenas una de las facetas que eligió Strindberg para expresar su convicción, afianzada en sus últimos años, de que el mundo es, en realidad, una prisión construida por un ser superior con el único fin de que nos torturemos unos a otros.
En «El padre» (1887), al igual que en muchas de sus obras, se libra una despiadada lucha de poder en el seno de una pareja. Aquí se trata de un hombre abocado a sus estudios científicos (el Capitán) y de su intrigante esposa Laura, tan poco afecta a las rutinas hogareñas como al supuesto liderazgo de su marido, de quien depende económicamente. En realidad, es ella quien domina el territorio familiar haciendo valer su condición de madre como un rasgo de superioridad biológica.
Laura se ocupa de defender la supervivencia de la especie, pero desde un punto de vista muy discutible. Entre otras cosas, boicotea los pedidos de libros de su marido por considerarlos un gasto inútil que los llevará a la ruina. El conflicto estalla cuando el capitán decide que Berta, la hija de ambos, vaya a estudiar a la ciudad, lejos de la influencia materna. Es entonces cuando Laura pone en marcha un plan de refinada crueldad y empieza por hacerle creer al capitán que Berta no es su hija.
El director Pablo Ruiz ha tranformado esta obra en una delicada pieza de cámara, carente de estallidos emocionales y depurada de las ambivalencias y sinuosidades del original. Su puesta se reduce a un duelo de voluntades, pero está muy bien asentada en los silencios provocadores, mordaces, que subrayan cada diálogo.
El espectáculo cuenta con un atractivo soporte visual (es un acierto la puerta acristalada que divide este hogar burgués en dos mundos opuestos) pero también es evidente que la puesta está profundamente ligada al espacio escénico en el que se desarrolla, sin escenario y con el público ubicado a la vera de los actores. Esto permite que buena parte del drama se juegue en los rostros de sus protagonistas, cuyos rasgos nórdicos recuerdan a los actores de Ingmar Bergman, otro gran heredero de Strindberg.
La puesta de Pablo Ruiz comparte esa atmósfera gélida y de tortuosa intimidad que envuelve a los personajes del gran director sueco. Solo que aquí, las diversas trampas y obstáculos que se prodigan marido y mujer, han sido matizadas con un humor sutil y algo equívoco, producto del cambio de costumbres que nos distancia de esta obra. «El padre» cuenta con un eficaz elenco y dos convincentes protagonistas: Carlos Borchardt (de extraordinario parecido físico con el autor sueco) y Alejandra Flores, en el papel de la dominante Laura.
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