30 de enero 2004 - 00:00

Un drama familiar que sigue vigente

Un drama familiar que sigue vigente
«Panorama desde el puente» de Arthur Miller. Dir.: L. Suardi. Int.: A. Puig, E. Tasisto, C. Fal, A. Braga, C. Quinteros y elenco. Mús.: O. Trastoy. Ilum.: G. Córdova. Vest.: J. Suárez. Esc.: O. Puppo. (Sala Martín Coronado - Teatro San Martín).

S i hay algo que todavía sorprende en esta pieza de 1955 es la maestría con que Arthur Miller logró que un sencillo y honesto trabajador portuario, inmerso en una vida gris y rutinaria, adquiera la estatura de un héroe trágico.

Eddie Carbone (Arturo Puig), habitante de un modesto barrio de inmigrantes italianos, vive con su esposa Beatrice (Elena Tasisto) y una sobrina huérfana (Carolina Fal) a la que ambos criaron como a una hija. Casi de inmediato, se advierte que la relación de Eddie con su sobrina está marcada por la posesividad y los celos. Por si fuera poco, la bella y seductora Cathy no se conduce precisamente como una adulta (aunque ya tiene edad para hacerlo), sino como una nena mimosa y desinhibida a la que no le preocupa seguir paseándose en bombacha delante de su tío.

Algo molesta por este estado de cosas y más irritada aun por la falta de apetito sexual de su marido, Bea intenta ponerle algún límite a la situación, aconsejando a Cathy que se independice de ellos. Y así están las cosas cuando dos primos de Bea, recién llegados de Sicilia en forma ilegal, son recibidos en la casa por unos pocos meses.

El más joven de ellos, Rodolpho, inicia una relación amorosa con Cathy, que hace que Eddie explote de la peor manera, denunciando a los parientes de su mujer a migraciones. Su gesto tiene mucho de crimen pasional, pero lo que le interesa a Miller es develar el conflicto existente entre las necesidades del individuo y las rígidas imposiciones del orden social.

•Etica

En la obra, las falencias del sistema judicial norteamericano hacen que la ley oficial entre en conflicto con los valores éticos de esta sufrida comunidad siciliana que se maneja con rígidos esquemas de honor y fidelidad. Eddie siente que no hay ley que lo ampare cuando sospecha que Rodolpho se casa con Cathy para obtener la nacionalidad norteamericana. Y lo mismo siente Marco (el hermano de Rodolpho) cuando decide matar a Eddie por haberlos denunciado. Como tantos héroes griegos, Eddie actúa enceguecido por la pasión. Al igual que en «Antígona», aquí tambiénhay una ley ancestral que se opone inexorablemente a la ley del Estado.

La puesta de
Luciano Suardi reactualizó la vigencia de esta obra con un ajustado manejo de la intriga y un buen equilibrio entre las escenas fuertemente dramáticas y otras que gozan de una alegre vitalidad. El único punto flojo, en el que todavía se advierten serias fallas de dramaturgia, tiene que ver con las apariciones del abogado Alfieri (al que Aldo Braga le otorga un simpático cinismo).

El personaje interactúa con Eddie en un par de ocasiones pero, durante el resto de la obra, funciona como un simple narrador a público, lo que sólo contribuye a paralizar la acción. Es evidente que el director marcó muy de cerca a su elenco. Esto se ve reflejado en la pasión y energía con que
Arturo Puig defiende su papel (muy bien acompañado por Elena Tasisto) y en la sutil metamorfosis que van sufriendo todos sus protagonistas, sobre todo la pareja joven, que madura y se fortalece ante la descontrolada actitud de Eddie.

Resulta muy impactante la colorida escenografía de
Oria Puppo, con su ligero toque de abstracción, si bien los constantes cambios de posición de sus dispositivos tienden a trabar el movimiento de los actores, que quedan como a la espera de las subidas y bajadas de la escenografía. También ocupa un lugar protagónico la iluminación de Gonzalo Córdova con su amplia gama de climas y resoluciones plásticas.

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