30 de enero 2004 - 00:00
Un drama familiar que sigue vigente
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En la obra, las falencias del sistema judicial norteamericano hacen que la ley oficial entre en conflicto con los valores éticos de esta sufrida comunidad siciliana que se maneja con rígidos esquemas de honor y fidelidad. Eddie siente que no hay ley que lo ampare cuando sospecha que Rodolpho se casa con Cathy para obtener la nacionalidad norteamericana. Y lo mismo siente Marco (el hermano de Rodolpho) cuando decide matar a Eddie por haberlos denunciado. Como tantos héroes griegos, Eddie actúa enceguecido por la pasión. Al igual que en «Antígona», aquí tambiénhay una ley ancestral que se opone inexorablemente a la ley del Estado.
La puesta de Luciano Suardi reactualizó la vigencia de esta obra con un ajustado manejo de la intriga y un buen equilibrio entre las escenas fuertemente dramáticas y otras que gozan de una alegre vitalidad. El único punto flojo, en el que todavía se advierten serias fallas de dramaturgia, tiene que ver con las apariciones del abogado Alfieri (al que Aldo Braga le otorga un simpático cinismo).
El personaje interactúa con Eddie en un par de ocasiones pero, durante el resto de la obra, funciona como un simple narrador a público, lo que sólo contribuye a paralizar la acción. Es evidente que el director marcó muy de cerca a su elenco. Esto se ve reflejado en la pasión y energía con que Arturo Puig defiende su papel (muy bien acompañado por Elena Tasisto) y en la sutil metamorfosis que van sufriendo todos sus protagonistas, sobre todo la pareja joven, que madura y se fortalece ante la descontrolada actitud de Eddie.
Resulta muy impactante la colorida escenografía de Oria Puppo, con su ligero toque de abstracción, si bien los constantes cambios de posición de sus dispositivos tienden a trabar el movimiento de los actores, que quedan como a la espera de las subidas y bajadas de la escenografía. También ocupa un lugar protagónico la iluminación de Gonzalo Córdova con su amplia gama de climas y resoluciones plásticas.



