E n Baltimore acaba de explotar una bomba nuclear. Hay centenares de miles de muertos, y si bien no se describe mucho el holocausto atómico que acaba de tener lugar, queda claro que lo que resta de la ciudad es un caos de fuego, moribundos por todos lados, hospitales sin luz y sin teléfono, ambulancias y autobombas chocando entre sí.
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Sin embargo algunos de los personajes de «La suma de todos los miedos» no sólo pueden creer en la posibilidad de llamar a la policía y ser atendidos, sino que además consiguen que dos patrulleros arriben a una zona alejada en breves minutos.
En un film de James Bond o en una de Schwarzenegger, la detonación de un arma de destrucción masiva, en caso de llegar a ocurrir, suele ser tratada con más respeto y seriedad que la bomba nuclear que arrasa con Baltimore.
Hollywood alguna vez supo hacer obras maestras serias sobre el peligro de una guerra atómica como «Límite de seguridad» de Sidney Lumet, objeto de una excelente remake reciente de Steven Soderbergh. Inclusive cuando Stanley Kubrick se burló del asunto en «Dr. Insólito», lo hizo con un concepto claro.
En cambio esta película lo único que suma es una avalancha de arquetipos, los mezcla arbitrariamente durante una hora de metraje en donde casi no pasa nada -lo que en un film de suspenso es un problema grave-y luego hace que todo explote al mismo tiempo con la bomba ubicada en el garage del estadio deportivo en el que el presidente de los Estados Unidos está divirtiéndose a lo grande con un partido de futbol, y esto a pesar de que debería estar preocupado por la creciente tensión con Rusia, cuyo flamante presidente acaba de bombardear la capital chechena con armas químicas.
En los tiempos de Reagan, las andanzas anticomunistas de Clint Eastwood eran ciento por ciento coherentes. En cambio nuestros confusos tiempos lograron que el mismo mandatario ruso que se hace cargo del ataque a la población chechena aún sin haber dado la orden -»es mejor lucir temible que impotente»- luego puede mostrar mayor misericordia que el mismo líder de la democracia.
Y mostrando sus buenas intenciones por no cargar los ánimos, los productores decidieron alejar toda sospecha de cualquier grupo musulmán fundamentalista: los terroristas que ponen la bomba son unos nazis de alto vuelo convencidos de que «Hitler no estaba loco, solo cometió la estupidez de luchar con Rusia y América al mismo tiempo, cuando debería haber hecho que ambas naciones se enfrenten entre sí». Estos villanos son tan esquemáticos que hasta terminan sus meetings igual que en «Goldfinger», liquidando in situ a cualquier cómplice dubitativo.
El forzado final a todo pacifismo no ayuda a limpiar el mal gusto que puede tomar un divertimento desarmado cuando el tema es la guerra terminal.
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