16 de enero 2001 - 00:00

Un retratista de excepción ingresó en el Metropolitan.

Natassja Kinski y la serpiente.
"Natassja Kinski y la serpiente".
(15/01/2001) El fotógrafo Richard Avedon, el más célebre retratista contemporáneo, acaba de donar un importante retazo de su extensa y valiosa colección al Museo Metropolitan de Nueva York. Avedon inició su carrera en 1945 en «Harper's Bazaar», trabajó también en «Vogue» y «The New Yorker», y revolucionó con su audacia la estética y el concepto de la fotografía de moda.

La imagen paradigmática es «Nasstasja Kinski y la serpiente», un desnudo yacente sobre el que se desliza una anaconda cuya aguda lengua se extiende hasta alcanzar el lóbulo de la oreja de su modelo. Sin embargo, durante toda su carrera y sin que mediara más que el segundo que demora el disparador de su cámara, Avedon ha pasado con igual talento de la máxima estetización a la más cruda representación de la realidad.
En 1959 publicó
«Observaciones» con textos de Truman Capote; en los sesenta y setenta fotografió la «Factory» de Andy Warhol, los residentes de un hospital de enfermos mentales y las víctimas y victimarios de las bombas de Vietnam.

«Siento que ese trabajo ya no me pertenece, que ha adquirido vida propia» -observa Avedon en un reportaje previo a su donación. Es probable que con esa inspiración, el fotógrafo neoyorquino, que acaba de cumplir 77 años, decidiera donar 150 de sus cotizados retratos, colección que se hizo célebre en 1975 cuando la expuso en la Marlborough Gallery.

La serie arranca con el retrato del arquitecto Frank Lloyd Wright de 1949, incluye imágenes de famosos como los Duques de Windsor, Marilyn Monroe, el físico Robert Oppenheimer, el compositor Igor Stravinsky, los artistas Marcel Duchamp y Willem de Kooning, los escritores Jean Genet, Edward Albee, Truman Capote, y culmina con el retrato del literato William Burroughs de 1975.

No son fotografías complacientes las de Avedon, ni mucho menos tienden a idealizar a los retratados. En el catálogo, Maria Morris Hambourg, curadora del Departamento de Fotografía del Metropolitan, dice al respecto: «Estas son fotos de gente famosa que no hablan para nada de su condición de tales. En su intercambio con Avedon cada retratado demuestra aspectos de su personalidad interior, trazos normalmente escondidos, pero esenciales. ¿Cómo hace el fotógrafo para hacer visibles estas condiciones fundamentales? Ese es el misterio de su genio».

Pero los retratos de Avedon no se limitan al círculo de las figuras notables. En una serie muy discutida sobre el Oeste america-no contemporáneo, el artista retrata personajes de la clase trabajadora en la más emblemática de las regiones de su país. Son trabajos de inusitada intensidad, donde las fisonomías suelen rozar el grotesco.

Uno de los retratados, un hombre encargado del cuidado de dinamita y otros explosivos en los trenes que cruzan las infinitas praderas del lejano Oeste, comentó varios años después de haberse visto en un enorme mural que integraba la presentación de la serie: «No hay espejo que reproduzca lo que vi en esa foto». Como consecuencia de este encuentro con él mismo, decidió cambiar de trabajo y el rumbo de su vida. De hecho, muy pocos artistas pueden ufanarse de que alguna de sus obras haya tenido un efecto concreto de tal magnitud.

Los trabajos de
Avedon se inscriben en la más valiosa tradición que destaca desde tiempos inmemoriales a algunos pocos entre el enjambre de artesanos retratistas. Como Goya, como Nadar, como Kokoschka, Avedon penetra en lo más íntimo de sus retratados, los deja expuestos, despojados de la «imagen» que trabajosamente han elaborado ellos mismos y sus asesores, sin las máscaras que los protegen. El retrato es, en este sentido, el arte del desenmascaramiento y la búsqueda de una verdad que está más allá o más aden-tro de las apariencias.

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