21 de febrero 2002 - 00:00

Un testigo en peligro a veces puede equivocarse

Russell Crowe como John Nash
Russell Crowe como John Nash
(21/02/2002) «Una mente brillante» («A Beautiful Mind», EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: Ron Howard. Int,: R. Crowe, J. Connelly, E. Harris, C. Plummer, P. Bettany y otros.

"Una mente brillante" demuestra que, en Hollywood, las paranoias de los años 70 no son las mismas que las del siglo XXI. El nuevo film de Ron Howard empieza en los años de la Guerra Fría, cuando la CIA contrata los servicios de uno de los más brillantes matemáticos surgidos de la Universidad de Princeton. El agente que tiene a su cargo la misión se llama Parcher, bromea con el nombre de «Big Brother», y le encomienda al científico descifrar los códigos que los rusos filtran en publicaciones masivas norteamericanas. La vida del matemático, un hombre retraído y con problemas de conducta, empieza a transformarse en un infierno. Su vida familiar se ve perturbada, su carrera docente peligra, y los mensajes amenazadores ocupan el lugar de la pacífica investigación: ahora, ve códigos cifrados en todas partes.
 
El momento más crítico compromete su propia seguridad física cuando, una noche, queda atrapado en medio de un tiroteo entre espías. Es allí cuando entra en escena el doctor Rosen, quien decide internarlo. El diagnóstico es esquizofrenia paranoide, y el tratamiento son violentos shocks de insulina. «Nada de eso existe», le dice a la angustiada esposa del científico. «Ni el agente de la CIA, ni los códigos ocultos ni nada». Tampoco otros personajes que él siempre aseguró conocer.

En el cine de hace treinta años, el espectador no dudaría un instante en creerle al matemático y odiar al médico, a quien seguramente consideraría otro enviado de la CIA para neutralizar a alguien que fue útil pero que se les ha vuelto riesgoso (además, el médico tiene el siempre desconfiable rostro de Christopher Plummer).

Sin embargo «Una mente brillante», como se sabe desde antes de entrar al cine, va en una dirección totalmente opuesta. Esa dirección le permite a Hollywood, en este caso, no sólo cumplir su objetivo principal (rendir un emocionado homenaje al protagonista real de esta película, víctima de una enfermedad no menos real), sino también, por la forma genéricamente mixta como está narrada esa vida, echar una mirada revisionista a los films de complot y personaje acorralado. Al fin y al cabo, se nos tranquiliza, las alucinaciones a veces pueden ser tales, lo que hasta permitiría empezar a redimir a la enfermera de «Atrapado sin salida», quien podía no ser una persona tan mala.

Biografía

Durante su primera mitad, el film de Ron Howard está contado como la típica película de testigo riesgoso en peligro, pero tiene detrás una dolorosa historia de vida que la contradice, la del Premio Nobel de Economía John Forbes Nash Jr., el sobresaliente matemático que poco después de sorprender a la ciencia con sus hallazgos sucumbió a un cuadro psicopatológico gravísimo que lo apartó de la sociedad por más de dos décadas. Los descubrimientos de Nash en el campo de las matemáticas a mediados de los 50 tendrían una influencia decisiva en distintas áreas de la ciencia, especialmente en la economía.

Nash perfeccionó la «Teoría del Juego» de Von Neumann y Morgenstern, estableciendo las posibilidades de que en un choque de opuestos ambas partes puedan ganar. Se doctoró a los 22 años y resolvió problemas lógicos planteados históricamente como insolubles, como las paradojas de Riemann del siglo XIX.

La esquizofrenia paranoide, que se le diagnosticó tardíamente, representó el fin de su matrimonio poco después de nacer su hijo, además de su ruina profesional. Dejó de publicar, su nombre empezó a susurrarse avergonzadamente en la comunidad científica, y
Nash terminó exiliándose en distintas ciudades europeas casi sin rumbo.

Su retorno a la sociedad, e inclusive a su hogar, fue muy tardío. Lo ayudaron algunos de sus ex colegas y su propia esposa. La enfermedad estaba remitiendo. Hacia 1985, la Academia sueca empezó a considerar su candidatura para el premio Nobel, que tardaría nueve años más en concretarse tras diplomáticos tanteos sobre su equilibrio mental y su capacidad para dar el discurso de aceptación ante el Rey de Suecia sin hacer papelones. El film de
Howard tiene una interpretación excepcional de Russell Crowe, que va evolucionando con Nash a lo largo de más de cuarenta años, con minucioso cuidado de los detalles de la enfermedad. No menos elogiables son las actuaciones de Ed Harris (el inexistente agente Parcher), Jenniffer Connelly (Alicia, la esposa) y Paul Bettany, el compañero fantasma.

Howard
es un cineasta con un amplio sentido del espectáculo, y su versión de la vasta biografía de Sylvia Nazar traduce plausiblemente al lenguaje hollywoodense lo esencial de esta biografía torturada, aun considerando las inevitables simplificaciones y omisiones del guión (se le criticó por ejemplo la falta de referencias a la presunta homosexualidad latente de Nash), y el habitual mecanicismo pragmático americano cuando el tema son las «enfermedades del alma». Si bien elige una coartada para hacer partícipe al espectador, en la primera parte, de la «locura» de Nash (y, como se dijo antes, trampear algunas convenciones del género), la extensa parte final respeta el típico tono del film de vida, donde son muy eficaces las escenas que buscan la emoción del espectador (y de la Academia de Hollywood), como la de las lapiceras sobre la mesa.

Conducta

La conducta de Nash a lo largo del film acusa momentos muy realistas y otros que sólo parecen responder a las convenciones dramáticas. Su forma de comunicación erótica, por ejemplo («no sé seducirte, sólo quiero intercambiar fluidos contigo pero soy incapaz de dar los pasos para llegar a eso», le dice a una mujer) refleja exactamente lo que la clínica denomina, para su mal, la comunicación no intermediada. Otro momento muy interesante es su compleja reacción cuando pierde en el juego del Go.

Sin embargo, sus declaraciones de autosuperación, o el brillante chiste que hace cuando menciona a Harvey (el famoso conejo imaginario del film con
James Stewart) parecen intervenciones, como se diría en la jerga freudiana, demasiado neuróticas por tratarse de un esquizo-paranoide agudo.

Desde luego, son reparos menores para un film que justifica plenamente su visión, y que además estimulará en muchos espectadores un deseo adicional de informarse más sobre la vida y las características de la enfermedad de esta personalidad única en la ciencia del siglo
XX.

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