21 de febrero 2002 - 00:00
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Russell Crowe como John Nash
El momento más crítico compromete su propia seguridad física cuando, una noche, queda atrapado en medio de un tiroteo entre espías. Es allí cuando entra en escena el doctor Rosen, quien decide internarlo. El diagnóstico es esquizofrenia paranoide, y el tratamiento son violentos shocks de insulina. «Nada de eso existe», le dice a la angustiada esposa del científico. «Ni el agente de la CIA, ni los códigos ocultos ni nada». Tampoco otros personajes que él siempre aseguró conocer.
Nash perfeccionó la «Teoría del Juego» de Von Neumann y Morgenstern, estableciendo las posibilidades de que en un choque de opuestos ambas partes puedan ganar. Se doctoró a los 22 años y resolvió problemas lógicos planteados históricamente como insolubles, como las paradojas de Riemann del siglo XIX.
La esquizofrenia paranoide, que se le diagnosticó tardíamente, representó el fin de su matrimonio poco después de nacer su hijo, además de su ruina profesional. Dejó de publicar, su nombre empezó a susurrarse avergonzadamente en la comunidad científica, y Nash terminó exiliándose en distintas ciudades europeas casi sin rumbo.
Su retorno a la sociedad, e inclusive a su hogar, fue muy tardío. Lo ayudaron algunos de sus ex colegas y su propia esposa. La enfermedad estaba remitiendo. Hacia 1985, la Academia sueca empezó a considerar su candidatura para el premio Nobel, que tardaría nueve años más en concretarse tras diplomáticos tanteos sobre su equilibrio mental y su capacidad para dar el discurso de aceptación ante el Rey de Suecia sin hacer papelones. El film de Howard tiene una interpretación excepcional de Russell Crowe, que va evolucionando con Nash a lo largo de más de cuarenta años, con minucioso cuidado de los detalles de la enfermedad. No menos elogiables son las actuaciones de Ed Harris (el inexistente agente Parcher), Jenniffer Connelly (Alicia, la esposa) y Paul Bettany, el compañero fantasma.
Howard es un cineasta con un amplio sentido del espectáculo, y su versión de la vasta biografía de Sylvia Nazar traduce plausiblemente al lenguaje hollywoodense lo esencial de esta biografía torturada, aun considerando las inevitables simplificaciones y omisiones del guión (se le criticó por ejemplo la falta de referencias a la presunta homosexualidad latente de Nash), y el habitual mecanicismo pragmático americano cuando el tema son las «enfermedades del alma». Si bien elige una coartada para hacer partícipe al espectador, en la primera parte, de la «locura» de Nash (y, como se dijo antes, trampear algunas convenciones del género), la extensa parte final respeta el típico tono del film de vida, donde son muy eficaces las escenas que buscan la emoción del espectador (y de la Academia de Hollywood), como la de las lapiceras sobre la mesa.
Conducta
La conducta de Nash a lo largo del film acusa momentos muy realistas y otros que sólo parecen responder a las convenciones dramáticas. Su forma de comunicación erótica, por ejemplo («no sé seducirte, sólo quiero intercambiar fluidos contigo pero soy incapaz de dar los pasos para llegar a eso», le dice a una mujer) refleja exactamente lo que la clínica denomina, para su mal, la comunicación no intermediada. Otro momento muy interesante es su compleja reacción cuando pierde en el juego del Go.
Sin embargo, sus declaraciones de autosuperación, o el brillante chiste que hace cuando menciona a Harvey (el famoso conejo imaginario del film con James Stewart) parecen intervenciones, como se diría en la jerga freudiana, demasiado neuróticas por tratarse de un esquizo-paranoide agudo.
Desde luego, son reparos menores para un film que justifica plenamente su visión, y que además estimulará en muchos espectadores un deseo adicional de informarse más sobre la vida y las características de la enfermedad de esta personalidad única en la ciencia del siglo
XX.




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