26 de julio 2002 - 00:00
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Marta Lubos
Periodista: ¿A quién eligieron para este «Biodrama»?
Marta Lubos: A un ser anónimo, sin trascendencia más allá de su círculo. Su historia es chiquita y por eso mismo universal. Yo le sugerí a Luciano Suardi trabajar con una señora que está muy relacionada con mi vida, pero ahora no quisiera hablar mucho de ella porque prometí no revelar su identidad.
M.L.: Ella es una de los tantos inmigrantes que llegaron al país en la década del 30 escapando de la guerra civil española. Viene de una Galicia casi del medioevo en ciertos aspectos. Y en la obra aparecen sus recuerdos como un conjunto de retazos, sin mucho orden, porque la memoria es así de caprichosa. Amparo (ése es su nombre en la ficción) encarna la idea de progreso, todas las ilusiones y esfuerzos de esas personas que tomaron a la Argentina como su propio país. Acá se casó y acá tuvo a su hijo... pero la vida no es lineal, ni justa, ni da recompensas. De repente usted sufre un golpe de esos que piensa que nunca le van a tocar y entonces todo se derrumba. Eso es lo que le sucedió a Amparo.
P.: ¿Se trató de alguna pérdida?
M.L.: La pérdida de su único hijo y de toda su descendencia, a raíz de un accidente. Fue un quiebre total de esos que te llevan a decidir si se vas a seguir viviendo o no. Vivir, en este caso, implicó un verdadero acto fundacional, donde no hubo psicología, ni ningún otro tipo de solución, sino la propia sabiduría poniéndose en marcha.
P.: Y para ustedes ¿fue difícil dejar la psicología de lado?
M.L.: Al principio cuesta desprenderse de la historia real, porque al conocer directamente al ser vivo y contar con su testimonio directo no es fácil ubicarse en otro papel. Este es un trabajo muy de experimentación que justamente nos permitió olvidarnos de lo que sabíamos para lograr que la obra tuviera vida propia. Porque esta obra no es un documental, en ella aparecen hechos de ficción que no desvirtúan para nada la historia, pero además se cuentan otras historias y además el tema de la inmigración se ve actualizado en el caso de los jóvenes que hoy se van del país.
P.: Y esta señora ¿entendió de qué se trataba todo esto?
M.L.: No le dimos el libreto ni nada. Lo que ella sabe es que a partir de su historia se creó una ficción y lo primero que nos dijo fue: ¿Qué tengo yo de interesante para que hablen de mí?
P.: ¿Va ir a ver la obra?
P.: ¿Y en quién se inspiró para componer a la delirante protagonista de «Lengua materna...»?
M.L.: Me costó mucho hacer esa madre, porque es una mujer muy negadora, sin asidero. Y además no profundizamos con la directora en la historia previa del personaje, al revés de lo que sucedió acá que sobraba información y había que elegir. Tampoco me podía conectar desde muy adentro con esta madre tan loca que ha tenido que cerrar parte de su historia para poder vivir tranquila. De ahí las confusiones que tiene con una y otra hija sobre cosas muy importantes de sus vidas.
P.: ¿Qué clase de madre confunde los datos de sus hijas?
M.L.: Yo tengo dos hijos, Laura de 30 y Joaquín de 29 y a veces se me confunden los recuerdos. Ellos se enojan y protestan cuando me equivoco. Ya sé que es terrible, pero es lo que sucede y eso a mí me ayudó a apiadarme de esta mujer, porque a todo el mundo le pasan estas cosas.


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