«El zoo de cristal» de T. Williams. Dramaturgia: M. Kartun. Dir.: A. Zanca. Int.: C. Lapacó, L. Novoa, C. Quinteros y F. Ramírez. Músico en escena: E. Jodos. Esc. y vest.: J. Ferrari. Ilum.: G. Córdova. (Teatro «Regio».)
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C onsiderada una de las piezas más autobiográficas de Tennessee Williams, «El zoo de cristal» (1945) presenta hoy serias dificultades de puesta que ponen en peligro su vigencia y eficacia. En primer lugar se trata de un texto dramático donde los demonios interiores de este gran dramaturgo salen a la superficie con brutal sinceridad.
Pese al melancólico lirismo que la envuelve, la pieza desnuda -cual reality show-las complicadas relaciones familiares de su autor (Williams mantuvo a lo largo de su vida un creciente nivel de exposición, incluso en relación a su homosexualidad) además de introducir referencias muy puntuales a la sociedad norteamericana de preguerra. Argumento
El protagonista de este «memory play» -tal como lo definió su autor- es un joven empleado de zapatería que escribe a escondidas y pasa la noche fuera de su casa, borracho y en actividades nunca bien esclarecidas. A la vez, este indisimulado alter ego será el encargado de narrar (en monólogos a público) los agobiantes años de convivencia junto a su madre y a su hermana Rose, una joven hipersensible y emocionalmente perturbada que en 1943 terminó siendo víctima de una lobotomía frontal que la dejó incapacitada de por vida. Sólo que en la obra, Rose aparece transmutada en Laura, la frágil y angelical muchachita que se aisla del mundo con sus pequeñas piezas de cristal. La obra oscila entre la cruda realidad y la mentira poética y plantea un fuerte conflicto entre las ambiciones artísticas y las obligaciones familiares.
En su debut como directora, la actriz Alicia Zanca abordó este rico y complejo material desde una lectura más bien tímida e ingenua, o quizás, excesivamente respetuosa. Se ocupó de describir minuciosamente el abigarrado anecdotario de la obra y de rodearlo de imágenes poéticas, pero sin animarse a rescatar los puntos oscuros de sus personajes ni sus dobleces. Al fin y al cabo se trata de una obra donde la sexualidad y las fuerzas creativas pujan contra la fuerza represora de los tabúes y mandatos sociales.
Lamentablemente, la detallada ambientación de época, el ritmo ralentado y extremadamente convencional con que se plantean las acciones y el caótico manejo del espacio que impuso Zanca (ya de por sí recargado con una multitud de muebles), impide que la pieza alcance un verdadero crescendo dramático. Claudia Lapacó logra muy buenos momentos con su vigorosa interpretación de Amanda Wingfield, la madre sensual, posesiva y tragicómica. El resto de los personajes pierden definición a su lado, como si la directora hubiera obviado sus contrastes o pretendiera dar una imagen más amable de todos ellos. «El zoo de cristal» es una pieza que habilita múltiples lecturas e invita a ser trasgredida. De no ser así seguirá siendo exhibida como una joya del pasado.
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