12 de julio 2012 - 18:34
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Es uno de los barcos más ecológicos jamás construidos.
Tiene una extensión total de 58 metros -con helipuerto incluido- y 840 toneladas de peso. Pueden viajar 32 ocupantes, aunque "la tripulación estable es de 15 a 18 personas, el resto varia según las campañas", explica Pablo Bullrich, voluntario de Greenpeace y único argentino hasta el momento que se embarcó en una travesía de tres meses en la nave.
También cuenta con lanchas neumáticas que pueden estar en el agua en cuestión de minutos, incluso con olas de 3,5 metros de altura. Las naves adicionales son "híbridas", añade Bullrich, por lo que pueden realizar buena parte de sus misiones a electricidad, sin hacer uso del contaminante gasoil. Hay que entender una cosa: sobre los 58 metros de cubierta el término "combustible fósil" es una mala palabra, casi un insulto.
En el inicio del recorrido, lo que recibe al visitante es una sala de conferencias que consta de un amplio recinto con largos bancos, proyector y pantalla desplegable, que es tanto sede de conferencias como centro de recreación, donde los tripulantes se reúnen a ver una película después de las jornadas de trabajo.
A pocos metros de allí, guitarras, calcomanías, inscripciones, y recuerdos de distintos países dejan en claro el arribo al lugar de fiesta de la nave: el comedor, con living incluido, es escenario de los momentos de mayor distracción. Hay conexión satelital de banda ancha y red wifi a bordo y una ley de altamar inflexible: sólo se permite beber a cada tripulante dos latas pequeñas de cerveza por día. Luego de cada comida una "basuróloga", como la define Bullrich, se ocupa de separa los residuos orgánicos de los papeles y cartones para reciclar.
Pero el corazón de la nave, la cabina de mando, es la verdadera joya. Hay que olvidar los viejos recintos de las películas de corsarios, donde todo se decidía en un cuarto húmedo con un añejo timón e inestables relojes. En su lugar, la conducción del nuevo Rainbow se define desde un tablero equipado con mandos electrónicos, joysticks, radares digitales, compases varios, y un dispositivo con luces verdes y rojas que alerta si alguna de las numerosas puertas ha quedado abierta antes de zarpar.
En este momento del paseo por las entrañas del buque, cabía preguntarse por el costo de semejante emprendimiento. Demandó 22 millones (unos $ 125 millones) y fue financiado totalmente por donaciones individuales.
Para visitarlo, estará abierto al público este fin de semana y el próximo (viernes, sábado y domingo de 10 a 18) en la Dársena Norte 6 de Puerto Madero (cruzando el puente, al lado de Buquebús, altura Av. Córdoba). Una oportunidad de adentrarse en el universo de la lucha ecologista que se presume única; tras esta breve visita, el 22 de julio la nave retornará al mar para cerrar filas, una vez más, junto a la raza de los "guerreros del arco iris".





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