Una lástima: no se trató de una sorpresiva prueba piloto del postergado tren bala kirchnerista (y mucho menos, a lo largo de dos provincias anti-K como Mendoza y San Luis), sino una auténtica locomotora desbocada, como hasta ahora sólo el cine había imaginado. Habría que remontarse, aunque con lejanas similitudes, a «El maquinista de La General», sólo que allí Buster Keaton debía recuperar desesperadamente su locomotora cuando se la llevaban a máxima velocidad, los combatientes de la Unión.
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Los trenes en marcha, sin conductor ni frenos, tienen al menos dos experiencias paradigmáticas: «El expreso de Chicago» («Silver Streak», 1976) de Arthur Hiller, con Gene Wilder y Richard Pryor, que concluye con la espectacular embestida del ferrocarril fuera de control contra la sólida arquitectura de la estación terminal de Chicago, y «Escape en tren» («Runaway Train», 1985), de Andrei
M. Konchalovsky, en la que los convictos Jon Voight y Eric Roberts escapan de una prisión en Alaska a bordo de un tren lanzado como un bólido y sin posibilidad de detención. Más modestamente, la reciente «El expreso polar», inocente film navideño, mostraba también el desbordado patinaje de un ferrocarril imaginario sobre los hielos del Polo Norte.
La máquina de ayer, tal vez no por azar, eligió a San Luis para detenerse, tierra cinematográfica «par excellence» en el interior, y que acaba de celebrar un festejado festival de cine.
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