3 de enero 2005 - 00:00
Desesperados, se golpeaban contra el piso la cabeza
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«¿Quién más para reconocer?», preguntaban a gritos los médicos y psicólogos. Pero pocos se animaban inmediatamente.
Luego lo hacían los que perdían toda esperanza de encontrar en nosocomios cercanos -como los hospitales Ramos Mejía o el Pennaa sus familiares.
A las 4, los muertos llegaron a 175 y los heridos a más de 700.
Se comparó con el atentado a la AMIA, con el accidente de LAPA, con el horror de Río Turbio. Pero se trató de otro, igual de duro, desastre. El incendio desprendió un aroma extraño que invadió seis manzanas alrededor de República Cromagnon.
Quizá por la cantidad de niños muertos, de adolescentes de hasta 20 años tirados en el piso, pisoteados, asfixiados. Todo se tiñó de un clima de extrañeza que no dejó de hacerse notar el 31 a la noche, con el país de luto, y muy poco festejo.
Ayer, a tres días del menos deseado fin de año que haya vivido el país, todavía se tenía la sensación de una pesadilla inexplicable, de un error en el tiempo, de un mal sueño que nunca pasó, que nunca debió haber pasado.
El reloj marcaba las 23 del que todavía era jueves 30. La noticia había llegado a la televisión. Pero el que en pocas horas más iba a ser el más trágico incendio en la historia del país, no podía aún dimensionarse por varias inexactitudes.
Alguien dijo que una catástrofe es una sumatoria de varias negligencias, errores quizás hasta pequeños, pero graves, que se combinan determinado día en un lugar del mundo.
Ese lugar fue, en vísperas del año que comenzó, República de Cromagnon, un boliche del barrio porteño de Once, propiedad de, entre otros, Omar Chabán, creador también del clásico podio rockero Cemento, donde tocan y se lanzan las bandas underground de todo el país.
Ese día, el grupo Callejeros despedía el año con el último de un total de tres shows ante más de 3 mil personas. Ya habían tocado martes y miércoles y planificaban una gira por la costa.
Banda compatible al estilo-«stone», que creció fuerte en los últimos dos años, convocó ese jueves a más público todavía porque para la fecha habían terminado en los colegios y facultades los exámenes de diciembre y al otro día era feriado.
El target: una amplia franja de fans, de 15 a 25 años principalmente, simpatizantes también de La Renga o La Veinticinco. O, por lo menos, así lo certificaron sus remeras.
Como en otros recitales, sin que llame la atención de otros concurrentes ni de los de seguridad del boliche, adolescentes con hijos fueron a ver el concierto. La capacidad de público fue superada con holgura, como en muchas otras oportunidades.
Había banderas de los fanáticos colgando del primer piso y una mediasombra negra, que quizás hasta pasó inadvertida cuando empezó el recital.
Había una sola puerta de emergencia, cerrada con candado para que «los pibes no se manden gratis», según circulaba boca a boca.
La pirotecnia en un show de rock no es invento de Callejeros.
Por caso, los muchos conciertos de La Renga siempre estuvieron bautizados con el riesgoso encendido de estos fuegos artificiales. Una pésima costumbre, que ningún « patovica» advierte, que ninguna persona de seguridad controla.
Inclusive el miércoles, se había tirado una cañita mientras tocaba La Veinticinco y hubo un principio de incendio que se logró combatir gracias a empleados de las «barras» (donde se expenden las bebidas alcohólicas y gaseosas) que con matafuegos permitieron esquivar lo que al otro día iba a ser inevitable.
El jueves había empezado el show con la advertencia de un empleado del local de no arrojar pirotecnia para no repetir una masacre como la del shopping de Paraguay.
A las 22.20 «Pato», el cantante de la banda, estaba redondeando el primero de los temas. Desde el medio del salón fue lanzado igualmente el artefacto pirotécnico asesino, que aún los peritos dudan si fue bengala, cañita voladora o uno conocido como tres tiros, que se lanza con la mano sostenida en alto.
Prendió primero la media sombra. El techo, revestido con material inflamable -tal como goma espuma, que funciona a modo de sordina y se utiliza para evitar la expansión del sonido- comenzó a desprender monóxido y una gran lengua de fuego, y el lugar se convirtió en un hongo de humo.
Llovían pequeñas gotas de plástico encendido y las mujeres comenzaron a gritar. Las madres, que habían ido con sus hijos, entraron en pánico. Algunas habían dejado -dicen los testigos- por $ 1 a sus chiquitos de 10 meses a 5 años en el baño para que no sufran los empujones de un «pogo» ( baile) descontrolado.
En la puerta, habían permitido que pasaran los menores, muchos por cierto, y los que primero -por su baja capacidad pulmonar- padecieron los efectos de la combustión generada.
Diez minutos después del letal lanzamiento de la bengala, todo fue terror y shock.
Corridas. Una puerta de emergencia trabada, una salida detrás del escenario. Gente que para respirar se encerró en los baños porque no podía salir ni moverse en el salón principal.
Quince minutos después del incendio, se vio al primer muerto en la calle. Un chico con la remera de platense, «Nico», a quien rindieron en las páginas Web del club, intenso homenaje después y reconocieron como «el mejor hincha».
Era la primera víctima fatal visible de un total -parcial hasta anoche- de 182. Yacía en la calle Bartolomé Mitre al 3100, entre Ecuador y Jean Jaurès.
Pasadas las 23 había en el lugar más de 46 ambulancias. La televisión anunciaba un incendioen El Reventón (ex nombre de República Cromagnon) y una decena de muertos en esa bailanta. Con los minutos, se precisó que se trataba de un recital de rock.
En el lugar se abrieron cuatro escenarios. La avenida Rivadavia al 3100 auspiciaba de muestra de lo que ocurría en las calles perpendiculares. Corrían al lugar padres recién enterados, curiosos, vecinos y hasta figuras del rock, como Ciro, el cantante de Attaque 77, con una bicicleta blanca.
Sobre Ecuador -cuadra lindera a plaza Miserere-, los vecinos dejaban botellones de agua y se atendían heridos. Alrededor de las 23.30 no alcanzaban las manos para sacar a los muchos heridos de gravedad y ya fallecidos.
Desde Jean Jaurès salían las ambulancias con los enfermos.
A muchos, los médicos no los alcanzaban a subir: fallecían en el tramo de la salida del boliche hasta llegar a la ambulancia.
«Los médicos subían a un chico que moría y lo tenían que bajar a los dos minutos para subir a otro que se iba a morir igual», comentó un vecino que levantó ocho cuerpos sin vida y los llevó a un galpón ubicado entre Jean Jaurès y Anchorena, donde estaba el último y más trágico de los escenarios: una morgue improvisada que llegó a juntar decenas de fallecidos, la mayoría asfixiados para que los padres que llegaban hagan el desalmado reconocimiento. Uno al lado del otro yacían los cuerpos en ese galpón. Se escuchaban gritos y llantos desesperados.
Muchos padres se desmayaban al reconocer a sus hijos, familiares o amigos de sus hijos. Varias madres con hijos de 5 años o menos, muertos, en estado intensísimo de perturbación deambularon sin rumbo, perdidas, en esas pocas cuadras.




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