9 de diciembre 2005 - 00:00
Es el último día que circulan por Londres autobuses rojos de dos pisos
El resto de los autobuses, hasta un total de 350 han sido vendidos ya a particulares y, debidamente acondicionados, se utilizarán para los fines más diversos: desde bares hasta cobijos para los sin techo.
Cerca de cuarenta de esos vehículos, convenientemente restaurados por una empresa del condado de Essex, la Ensign Bus Company, pueden adquirirse todavía por precios que oscilan entre 17.500 y 51.000 euros.
Parece ser que la gente se rifa los vehículos ya jubilados: hay quien los quiere utilizar para festivales de música u otro tipo de reuniones mientras que otros sueñan con hacer un largo viaje en ellos por el continente.
Hay, sin embargo, un problema, según advierte el propietario de la citada empresa, y es que los autobuses tienen una altura de 4,3 metros y los países continentales tienen limitaciones de altura en carretera de 4 metros.
Los Routemasters no son, pese a todo, los pioneros entre los autobuses de la capital, sino que ha habido distintos modelos desde que George Schillibeer introdujo en 1829 el primer servicio regular de omnibuses, tirado cada uno por tres caballos.
El inmediato antecesor de los Routemasters es el muy similar RT, que estuvo en servicio desde 1939 hasta finales de los setenta con una flota de cerca de 7.000 unidades.
Muchos van a echar de menos en cualquier caso esos vehículos, comenzando por conductores y cobradores, algunos de los cuales perderán su trabajo ya que los vehículos de dos puertas que los sustituyen sólo llevan al conductor.
Buena parte de esos empleados son inmigrantes, y tendrán que buscarse otros empleos.
Así, uno de ellos, músico en sus ratos libres, dijo a EFE que se volverá a su país para tentar su suerte con la guitarra.
El príncipe de Gales, inclinado a la nostalgia como muchos británicos, se ha quejado en más de una ocasión de la desaparición de esos autobuses no sólo por la destrucción de empleo que supone sino porque los nuevos paralizan muchas veces el tráfico, dado que el conductor tiene que hacer con frecuencia las veces de cobrador y se demora más en las paradas.
Pero lo que sobre todo echarán en falta muchos es la libertad asociada a esos vehículos, que permitían subir y bajar al viajero en cualquier momento del recorrido sin que tuviese que esperar, como en los nuevos, a que el conductor le abriera la puerta.




Dejá tu comentario