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18 de mayo 2026 - 08:16

Figuritas del Mundial 2026: el ritual social que une plazas, kioscos, reventas e historias insólitas alrededor del álbum

Parques y calles se llenan de gente buscando figuritas e intercambiando. El fenómeno, incluso, dejó sin stock a varias zonas del país.

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El álbum del Mundial 2026 ya se comercializa en Argentina.

Panini

El álbum de figuritas del Mundial 2026 volvió a activar una escena conocida, pero siempre distinta: chicos con listas de faltantes, padres que hacen cuentas, kiosqueros sin stock, revendedores al acecho, plazas tomadas por coleccionistas y aplicaciones que prometen encontrar la figurita perdida como si fuera una cita perfecta.

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A poco menos de un mes del inicio de la Copa del Mundo, el fenómeno ya excede al álbum. La colección se convirtió en una trama social donde conviven la nostalgia, la economía cotidiana, el ingenio, la ansiedad, el negocio y una forma de comunidad que todavía resiste en el intercambio cara a cara.

El coleccionista Rafael Bitrán, uno de los mayores especialistas del país en la historia de las figuritas, lo definió con una idea simple: “La figurita es un elemento de sociabilidad”. En esa frase aparece la clave de un fenómeno que no se explica solo por el fútbol, sino por todo lo que ocurre alrededor.

Las plazas como mercado emocional

En Buenos Aires, los puntos clásicos volvieron a llenarse durante los fines de semana. Parque Rivadavia, Parque Centenario, Parque Chacabuco, Parque Saavedra, Plaza Lezama, Parque Avellaneda, Parque Las Heras y Plaza Canning funcionan como estaciones de una búsqueda colectiva.

Cambio de figuritas

Las plazas son un centro de intercambio.

Allí no hay moderadores ni reglas oficiales. La dinámica conserva una lógica artesanal, ya que se habla, se muestra la lista, se revisan repetidas y se negocia. A veces es una por una, a veces, varias por una difícil. A veces aparece dinero, y ahí el espíritu original del álbum empieza a tensionarse.

Aunque el lugar más icónico y especial resulta ser Parque Rivadavia, donde el fenómeno tomó volumen propio. Las mantas sobre el pasto, las pilas clasificadas, las filas improvisadas y los videos virales en TikTok convirtieron al espacio de Caballito en una especie de bolsa informal de figuritas.

Las más buscadas son, como siempre, las estrellas mundiales y los jugadores de la Selección Argentina. El valor simbólico pesa tanto como la escasez, y conseguir a Lionel Messi no es lo mismo que completar un casillero cualquiera.

El álbum más grande y el problema del stock

La edición 2026 tiene una escala inédita: 112 páginas y cerca de 980 figuritas, producto de la expansión del Mundial a 48 selecciones. El tamaño del álbum también multiplicó los cálculos domésticos.

El precio oficial de cada sobre es de $2.000, aunque en plataformas online y canales alternativos se ofreció hasta siete veces más caro. Algunas estimaciones ubicaron la inversión mínima para completar la colección cerca de $300.000, sin contar repetidas; otros cálculos elevaron el gasto posible hasta $2.000.000.

La fiebre también generó conflicto comercial. Los kioscos denunciaron faltantes, entregas parciales y distribución desigual frente a supermercados y canales alternativos.

El vicepresidente de UKRA, Ernesto Acuña, explicó: “Panini le vende a los distribuidores para que estos se la vendan a $1.500 al kiosquero, y el kiosquero la ofrece a $2.000. El distribuidor, en vez de vender todo al kiosco, destina los paquetes al consumidor final, llegando a ofrecerlos hasta $15.000 cada uno. Así, el producto no llega al kiosquero”.

album mundial

El álbum del Mundial 2026 es el más largo de la historia.

Reventa, estafas y economía del deseo

La falta de sobres y álbumes abrió otra capa del fenómeno: la reventa. En Catamarca, por ejemplo, el álbum se agotó durante el primer día y no hubo reposición regular. En paralelo, aparecieron revendedores con precios superiores al oficial.

La ansiedad por completar también fue aprovechada por estafadores. Kaspersky detectó al menos 20 dominios fraudulentos en América Latina que simularon ser tiendas oficiales. Trece de ellos apuntaron a países de habla hispana y ofrecieron paquetes, álbumes o stickers especiales a precios bajos para empujar compras rápidas.

En Sunchales, un joven denunció una estafa por cerca de $2.000.000 tras intentar comprar 25 álbumes y mil paquetes por Instagram. Luego de transferir el dinero, el supuesto vendedor lo bloqueó.

La figurita mundialista, entonces, también muestra el pulso de época: deseo masivo, plataformas digitales, pagos instantáneos y una frontera cada vez más fina entre oportunidad y engaño.

Del kiosco a las aplicaciones

La tradición no desapareció, pero empezó a convivir con nuevas herramientas. Un estudiante de 23 años, Valentín Señorans, creó StickerSwap, una aplicación descrita como el “Tinder de las figuritas”.

La propuesta permite cargar repetidas y faltantes, buscar usuarios cercanos, dar “like” y hacer “match” para coordinar intercambios.

También apareció Figuri.App, desarrollada por el rosarino Octavio Berruti, con uso de inteligencia artificial para escanear figuritas, cargar datos y conectar usuarios por cercanía. Además, incluye verificación de identidad, puntuaciones y reportes para mejorar la seguridad.

La tecnología moderniza el método, aunque no reemplaza la escena central, focalizada en que alguien tiene lo que a otro le falta. La diferencia es que ahora el encuentro puede empezar con un algoritmo y terminar en una plaza, una biblioteca o una esquina.

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El intercambio de figuritas llegó a las aplicaciones.

Clubes, bibliotecas y comunidad barrial

El intercambio también recuperó espacios barriales. En Villa del Parque, la Asociación y Biblioteca Popular Helena Larroque de Roffo organizó encuentros bajo el lema “Cambio, cambio en la biblio”, los lunes, miércoles y viernes de 17 a 18.

La propuesta no solo buscó facilitar el trueque. También convirtió a la biblioteca en un lugar de encuentro comunitario, donde el fútbol dialoga con la lectura, la familia y la vida barrial.

En Rosario, el Cultural Roberto Fontanarrosa sumó un espacio gratuito de intercambio todos los sábados de 15 a 19, con punto de venta oficial. En Mar del Plata, Bendu se transformó en centro oficial de canje y regaló paquetes a los primeros 200 chicos que participaron.

Las figuritas, así, reactivaron una red de lugares donde la gente vuelve a encontrarse sin demasiada planificación. El álbum funciona como excusa, pero la escena real es el vínculo.

Insólitas historias por la fiebre colectiva del Mundial

La colección produce pequeñas épicas. En Pilar, Nicolás y Federico completaron el álbum en 38 horas. Compraron cerca de 200 paquetes cada uno, recorrieron puntos de venta de la zona norte y, cuando les faltaban unas 50 figuritas, fueron a Parque Rivadavia para cerrar la hazaña.

“No pensábamos que iba a ser tan rápido”, reconoció Nicolás, que mejoró su propia marca de Qatar 2022, cuando tardó cuatro días.

También hubo tragedias domésticas en clave viral. Un joven llamado Maxi grabó a su mamá abriendo un paquete y bromeó: “Mbappe, Dembele, Cristiano, Messi me muero…”. La mujer abrió mal el sobre, rompió las figuritas por la mitad y apareció Messi, partido en dos. El video superó las tres millones de vistas.

En otro registro, Esteban, taxista porteño y padre de familia, empezó a vender sobres a pasajeros para compensar la caída de ingresos y ayudar a completar el álbum de sus hijos. “No es una locura, pero se vende. Qué sé yo, treinta, cuarenta sobres por día se vende”, contó.

La historia de las figuritas

Para Bitrán, la fascinación no empezó con los mundiales modernos. Las primeras figuritas circularon como accesorios de cigarrillos, chocolates, caramelos y otros productos. A partir de los años 40 se consolidaron como objeto independiente, y después la televisión amplió el universo con colecciones de series, personajes y deportes.

Su propia historia nació en 1992, cuando abrió la librería El Debate y encontró figuritas antiguas de Boca Juniors. “De chico era fanático, pero después no le di pelota”, recordó. El reencuentro lo llevó a buscar colecciones argentinas desde 1900 hasta 1985.

Para él, el atractivo no está solo en tener, sino en buscar. “Es un desafío arqueológico: vos agarrás un montón de hobbies y vas a cualquier negocio y lo conseguís. Acá no es cuestión de guita, sino de dónde está. El desafío de la búsqueda es apasionante”, explicó.

Esa búsqueda tiene adrenalina y también riesgo. “Cuando encontras la que estás buscando tenés que accionar de inmediato, ya que no sabés si vuelve a aparecer otra vez en la vida”, describió.

La figurita como aprendizaje social

Detrás del juego aparece una habilidad silenciosa. Coleccionar figuritas obliga a planificar, negociar, leer al otro, esperar, frustrarse y volver a intentar. En un mundo de recompensas instantáneas, esa práctica conserva algo de paciencia analógica.

Cada intercambio enseña valor, escasez y conveniencia. Los chicos aprenden cuándo insistir, cuándo retirarse y cuándo aceptar que una figurita difícil requiere más que una repetida común.

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Las figuritas de la Selección Argentina son de las más solicitadas.

Bitrán lo explicó desde la experiencia: “Cuando coleccionás, estás obligado a interactuar con otros coleccionistas para llenar el álbum. Cambiás figuritas, las usás para jugar a la tapadita, al espejito, al chupi...”.

Por eso, aunque existan aplicaciones, mercados digitales y reventas, el corazón del fenómeno sigue en la conversación. La colección no se completa solo con plata: se completa con otros.

Entre la nostalgia y el consumo

El álbum mundialista también expresa una tensión actual. Por un lado, convoca a generaciones distintas bajo una misma práctica. Por otro, se inserta en una sociedad cada vez más consumista, donde el fútbol vende incluso a quienes no lo siguen durante el resto del año.

“Sí, hay algo de eso, sin duda. Pero tiene que ver con una sociedad cada vez más consumista que encuentra distintos nichos para el consumo”, analizó Bitrán al pensar la dimensión identitaria del fenómeno.

El coleccionista también marcó una diferencia con otros tiempos: “El coleccionismo actual es más rápido, se deja a medias. Hoy el 99% no completa los álbumes. Como dice Bauman, es parte de la sociedad líquida. También se ve en las figuritas”.

La figurita del Mundial no resuelve problemas de fondo, pero abre un paréntesis. En un contexto de inflación, caída de ingresos, reventa y ansiedad, permite una forma breve de entusiasmo compartido.

Bitrán lo sintetizó con una frase que ordena el fenómeno: “El fútbol es una de las cosas más importantes dentro de las menos importantes”. Y agregó que la figurita ocupa un lugar parecido: distrae, divierte, permite alienarse un poco, pero no debería devorarlo todo.

Esa parece ser la clave del Mundial 2026 antes de que ruede la pelota, las figuritas no son solo papeles pegados en un álbum. Son excusas para hablar con desconocidos, salir a la plaza, hacer cuentas, recordar la infancia, inventar estrategias, caer en trampas, encontrar comunidad y volver a creer, aunque sea por un rato, que todavía falta una para completar la página.

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