El gobierno procura que el público recuerde que existe. Lo logra por medios oblicuos, como la galleta de tránsito que promueve todos los días en torno a la Casa Rosada. Las obras de nuevo cerco sobre la fachada oriental de la sede del gobierno, que incluirían nuevos accesos y hasta un helipuerto que les facilite a los Kirchner el tránsito diario hacia Olivos, las pensaron seguramente para ganar votos. Las anunciaron con estridencia el año pasado como fruto de la confluencia política de Néstor Kirchner y Jorge Telerman, que se quebró por el calor de la campaña.
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Esas obras parecen hoy paralizadas y han convertido el tránsito en torno a la Plaza de Mayo y la Plaza Colón en un infierno para los miles de automovilistas, camioneros y colectiveros que deben cruzar la ciudad. A paso de hombre hierven las conciencias, que van recordando los nombres de quienes gobiernan y sus familias. El espectáculo lo agrava la ausencia total de policías o guardias urbanos que podrían organizar el embotellamiento y aliviar la carga del tránsito donde se mezclan camiones cargados de contenedores que van y vienen del puerto, centenares de micros de larga y corta distancia que intentan entrar o salir de la Capital y miles de autos que intentan llegar a destino. Lo logran a paso de hombre, furiosos por permanecer hasta una hora detenidos sin que nadie intente organizar ese ir y venir en el centro mismo de la Capital.
Buenos Aires avanza con este espectáculo a convertirse en otra de las ciudades de América latina con un downtown degradado, rodeado de edificios intrusados (San Telmo, Montserrat), con calles intransitables por el smog pero también por la delincuencia de los «motochorros» y la insolencia de los motoqueros que vuelven más peligroso el tránsito. Y encima, los mosquitos y la lluvia.
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