22 de julio 2004 - 00:00

Libro interesante sobre la psicología y la política

Jerrold M. Post, «The Psychological Assessment of Political Leaders.» With profiles of Bill Clinton and Saddam Hussein. Ann Arbor: Michigan University Press, 2003; 488 p.

El año pasado, la editorial de la Universidad de Michigan publicó un libro de gran interés desde varios puntos de vista. Se trata de «The Psychological Assessment of Political Leaders». A lo largo de sus casi 500 páginas, se estudian las múltiples y pocas veces exploradas vinculaciones que existen entre la psicología y la política.

El editor de esta compilación de artículos y autor de algunos de ellos llama la atención tanto como el libro. Es el psiquiatra Jerrold Post, en cuya tarjeta de presentación figura hoy el sobrio título de director del Programa de Psicología Política de la George Washington University. Sin embargo, Post tiene antecedentes más sugestivos: fue durante 21 años el titular del Centro para el Análisis de la Personalidad y de la Conducta Política de la CIA, que él mismo fundó.

El trabajo de Post y sus colaboradores está pensado para distintos públicos. Su primera sección interesará más a los expertos en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Allí se exponen, con ayuda de Stephen Walker y David Winker, las principales cuestiones, discusiones metodológicas, hitos bibliográficos, límites y alcances del campo de saber en el que este ex analista de inteligencia se ha destacado: el de las relaciones entre la psicología y la política. Dos capítulos organizan este apartado inicial: la historia de la investigación académica sobre el análisis psicológico del liderazgo político y un informe sobre los servicios que esa disciplina puede prestar a la tarea de gobierno.

Tal vez el apartado más curioso para el público no especializado sea el tercero y último. Allí varios autores (Mark Shafer, Stanley Renshon, David Winter, Walter Weintraub, Margaret Hermann, Philip Tetlock, Peter Suedfeld y Michael Young), bajo la batuta de Post, realizan dos «aplicaciones» del conocimiento que antes sistematizaron. La primera es una radiografía de la personalidad de William Jefferson Clinton en relación con sus decisiones, motivaciones y discurso. El segundo «caso» sobre el que posan su lupa estos psiquiatras y cientistas políticos para desentrañar los mismos interrogantes es nada menos que Saddam Hussein.

La segunda sección del libro intermedia entre las otras dos. Tal vez no tenga para el psicólogo o el analista político el interés profesional de la primera. Y acaso carezca del encanto que tiene para los legos la inmersión en el laberinto de personalidades muy atractivas y complejas, como las de Clinton y Saddam. Ese apartado, sin embargo, posee otro interés, seguramente más instrumental: ofrece una tipología con la cual clasificar a grandes rasgos los distintos tipos de personalidad en relación con el ejercicio del poder y la conducción del entorno.

Como toda tipología, la de Post simplifica, borra peculiaridades y, por lo tanto, ofrece una visión sinóptica de las figuras políticas. Pero esas limitaciones son las que, precisamente, le permiten al autor capturar algunos rasgos o tendencias que suelen presentarse reiteradamente ante quienes observan el comportamiento de los políticos.

Este académico y experto de la CIA cubre de acotaciones y advertencias el camino que lleva hacia su caracterización psicológica de los liderazgos. Primero, aclara que el modo en que influye en el proceso político una determinada estructura de personalidad depende sobre todo del sistema que le sirve de contexto: «Hay una profunda diferencia sobre cuánto la personalidad afectará la conducta política entre un líder funcionando en un sistema de liderazgo colectivo y un dictador funcionando en un sistema cerrado», advierte Post, por ejemplo. Hay otros factores que obligan a ajustar la clasificación: van desde el nivel de inteligencia hasta la cantidad de horas de trabajo, el consumo de alcohol o drogas, o la misma edad, que va caricaturizando a los personajes a medida que pasa el tiempo (pp. 78 y 79). También aclara Post que los grandes desórdenes de personalidad, como las personalidades evasivas, dependientes o esquizoides, no son consistentes con el mantenimiento del liderazgo político. Finalmente, se cuida de indicar que ningún hombre político cumple con sólo uno de los identikit que él construye en su libro pero que siempre existe uno que es preponderante.

Una vez salvadas estas peculiaridades, Post abre el abanico de su clasificación, en el que expone los tres grandes tipos en que suelen distribuirse los líderes políticos: los narcisistas, los obsesivo-compulsivos y los paranoicos. El autor relaciona estas tres personalidades con las creencias cognitivas, el estilo para procesar información, las propensiones de organización y las preferencias políticas de los líderes.

EL NARCISISTA EN EL PODER (P. 84)

• Las características principales del narcisista son un grandioso sentido de la propia importancia y excepcionalidad; ocupación en fantasías de éxito ilimitado; necesidad exhibicionista de una permanente atención y admiración; perturbaciones en las relaciones interpersonales, como falta de empatía y relaciones que vacilan entre los extremos de hipervalorización y devaluación (p. 83).

Los narcisistas son egocéntricos, absorbentes, sobreestiman sus habilidades y logros, y suelen envolverse en fantasías con objetivos irreales, como la obtención de poder, belleza o fama ilimitados. Se entusiasman más con las apariencias que con la sustancia (pp. 84-85).

• La mejor forma de captar la atención de un narcisista es hablándole de lo bien que se cree que está actuando y lo bien que se piensa de él (p. 84).

El narcisista suele rodearse de admiradores y requiere de ellos una constante corriente de adulación. Al mismo tiempo, difícilmente un narcisista puede percibir las necesidades de los demás (p. 85).

• La caída en desgracia de esos miembros del entorno suele ser tristísima, ya que habitualmente ellos creyeron ser muy valorados por «su héroe». En rigor, su provisión de adulación fue valorada pero no como el producto de un individuo separado sino como una extensión misma del propio narcisista. El encanto que suelen tener los narcisistas suele contribuir a ese malentendido en la valoración de sus íntimos (p. 86).

Los narcisistas sienten que ellos viven en una burbuja de cristal, viven para sí mismos en un espléndido aislamiento, una gloriosa pero solitaria existencia, encerrada en una impenetrable pero transparente protección (p. 86).

• En los narcisistas está habitualmente bloqueada la capacidad de aprendizaje, ya que supone asumir una deficiencia, lo que a la vez implica aceptar un criticismo constructivo. Por eso son frecuentemente dogmáticos y rígidos (p. 86).

Es habitual que de al lado de los narcisistas desaparezcan abruptamente los que se animaron a una crítica o a acercar una mala noticia. La mejor forma de asesorar a un narcisista es partir de la base de que la idea que uno le acerca ya es de él. Por ejemplo, «Yo coincido con su sugerencia de...» (p. 86).

• El predominio del propio interés hace que el narcisista cambie de posturas no bien cambian las circunstancias. En esta capacidad de adaptación están totalmente persuadidos de su sinceridad (p. 86).

La única y central creencia del narcisista es la centralidad de su propio yo. Lo que es bueno para él es bueno para su país (p. 87).

• El narcisista no tiene capacidad de entender distintos puntos de vista, intereses o perspectivas. En cambio tiende a exagerar su influencia en la política de otras naciones (p. 87).

Así como el paranoico ve problemas donde no los hay y el obsesivo compulsivo responde a un problema de una manera fútil, contraproducente, el narcisista responde de manera absolutamente distinta: para él lo importante no es detectar o superar una amenaza sino conseguir que esa situación pueda darle más reputación (p. 87).

LOS OBSESIVOS COMPULSIVOS (P. 88)

• Los obsesivo-compulsivos tienen una tendencia al orden, a la atención de los detalles y a enfatizar los procesos racionales, que suele ser favorable al éxito profesional, salvo cuando se vuelve exagerada (p. 88).

Tienen una gran capacidad para la organización, la eficiencia, los detalles, que la pierden a la hora de ver el cuadro grande (p. 88).

GOBERNANTES INDECISOS (P. 88)

• Tienen una excesiva tendencia a trabajar con exclusión del placer. En el trato con los demás son muy serios y formales, y tienen una enorme incapacidad para expresar calidez o emociones (p. 88).

La toma de decisiones es habitualmente evitada o pospuesta por estas personalidades. Tienen un gran temor a cometer errores. Su objetivo es la perfección (p. 89).

• Frecuentemente son excesivamente concienzudos, moralistas, escrupulosos. Su ubicación en el orden jerárquico suele ser de fundamental importancia para estos individuos. Conciben el mundo en sus relaciones de dominación-sumisión. Suelen ser vistos como incapaces de ser influidos por otros (p. 89).

Su personalidad está dominada por obligaciones y deberes. Pocas veces saben lo que desean (p. 89).

• Son pésimos para la toma de decisiones por su pánico hacia el error, que los lleva a buscar evidencias adicionales todo el tiempo. Viven en un mundo de ambivalencia, «por un lado, por otro lado» y cuando llegan aparentemente a una decisión pueden volver a iniciar todo un camino lleno de dudas (p. 90).

Si carecen de una fórmula, se sienten especialmente amenazados y se vuelven ansiosos. No ven el mundo como un contraste de blancos y negros, sino como una gama de grises. Para ellos los conflictos son producto de la falta de orden, sobre todo a nivel internacional (p. 91).

• Un imperativo de los obsesivo-compulsivos es mantener abiertas las opciones la mayor cantidad de tiempo posible. Prefieren actuar tarde antes que temprano, por miedo a decisiones apresuradas. Tienden a decidir por default y, si fuera posible, a preservar el statu quo (p. 92).

En las crisis, prefieren esperar antes que intervenir con acciones dramáticas. Sienten que optar por una alternativa es producir algo así como una mutilación que los angustia (p. 93).

• También por esto les resulta imposible delegar, por miedo a que el error lo cometa otro (p. 93).

EL PARANOICO EN EL PODER (PAG. 94)

La característica principal del paranoico es un estado de sospecha y falta de confianza permanente en la gente en general. Los paranoicos viven explorando el ambiente buscando pistas que confirmen sus prejuicios originales (pp. 93-94).

• Una característica principal de paranoico es su rigidez: tienen algo en mente y viven buscando de manera reiterativa aquellos datos que lo confirmen. No ignoran nuevos datos, pero los examinan cuidadosamente. Su objetivo es corroborar lo que ya creen. Habitualmente desprecian lo que refuta sus ideas originarias (p. 94).

Los paranoicos están siempre vigilantes, alertas a un ambiente interpersonal hostil, a la expectativa de complots y delaciones. Suelen verse a ellos mismos solos, rodeados de enemigos (p. 95).

• En un contexto cambiante, sólo pueden ver lo que creían de antemano. Suelen vivir en un mundo de motivaciones escondidas, pendientes de pequeñas cosas, haciendo montañas con granos de arena (p. 95).

Hiperracionales, se sienten incómodos con la expresión de afectos o sentimientos (p. 95).

• Evitan la intimidad salvo con aquellos en quienes confían plenamente, una población diminuta. Tienen una profunda necesidad de bastarse por sí mismos (p. 95).

Temen participar de grupos en los que no ostentan una posición dominante (p. 95).

• Su hipervigilante y permanente necesidad de revancha produce temor en los demás. Alrededor de un paranoico todos «caminan sobre cáscaras de huevo» (p. 95).

La principal característica del paranoico es la búsqueda rígida e intencional del peligro externo. Ante ese peligro están siempre alertas y sensibilizados (p. 95).

• La única defensa que encuentran en ese mundo amenazante es la propia autonomía, una búsqueda exagerada de independencia. Temen perder el control de sus sentimientos, especialmente de calidez o ternura, que los muestra dependientes de otro (p. 96).

El mundo político del paranoico se construye alrededor de la figura central del enemigo. Por definición, la personalidad del paranoico ve enemigos por todos lados. Si existe una duda sobre una conducta conciliadora de ese adversario, es porque está tratando de sacar ventaja (p. 97).

• Estos individuos ven el mundo de manera polarizada, dividido en dos campos: aliados y adversarios. Es imposible que alguien sea neutral en esa organización. «Si usted no está conmigo, es porque está en contra de mí»: ésa es la ley del paranoico (p. 97).

El paranoico tiende a ver al adversario como altamente racional, altamente unificado, en total control de todas sus acciones (p. 98).

• Las personas del propio país que no comparten la visión del paranoico son vistas habitualmente como quintacolumnas, infiltrados del «enemigo externo».

Los paranoicos suelen carecer de estrategias de largo plazo porque creen saber lo que les está preparado para el largo plazo. Actúan a menudo de manera drástica, prematuramente (pp. 98-99).

• Los paranoicos no suelen confiar en la información que les proveen quienes trabajan para ellos. Los subordinados manipuladores suelen sacar grandes ventajas implantándole nuevas sospechas (p. 99).

En las crisis, el paranoico se comporta siempre con ataques preventivos, suponiendo que hay un adversario que está por actuar y, por lo tanto, corresponde sorprenderlo (p. 100).

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