Martirologio capitalino

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Más de dos gotas, desaprensión municipal, y caos en el tráfico (no sólo por la movilización de los taxistas). En la tarde de ayer, ir y volver a la Capital desde la zona norte resultó un suplicio. Extenuantes horas de espera, sin orden ni explicación. Inclusive, con el lago de Palermo cerrado por todas partes como si hubiera ocurrido un crimen. No hay agentes que desvíen la circulación para aliviar nudos (por ejemplo, en la recova frente al Hyatt), idea desconocida para el gobierno. La inexperiencia se cubre saliendo a observar las calles, para que no ocurra lo de Jean Jaures y Rivadavia, donde se construyó un carril alternativo -obra de ingenieros y arquitectos sesudos- y, luego, se descubrió que no podían doblar los ómnibus. Maravilloso.

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