Negros y grises para un gobierno que dramatiza

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Cuando el martes bajó de la explanada hasta la Plaza Colón, para inaugurar el Monumento a los Caídos por el bombardeo de junio del 55, estuvo como nunca al tono de la ocasión: luto total. Tapado de paño negro, con corte a la cintura y generoso cuello de zorro canadiense teñido; bufanda de cashmere, guantes, medias opacas. Es decir, negro retinto dentro de un monocromatismo sublimado. Como los ojos, que estuvieron casi exageradamente maquillados, contumacia que no abandona aunque esa brocha gorda la acerque a los simpáticos mapaches. Se advirtió un cambio, al menos, en la monotonía habitual de su calzado: dejó los obsoletos stilettos (zapatos «salón», los llaman en España) por unos altísimos tacones con gran hebilla rectangular sobre el empeine. El estilo sólo de Luis XIV o de «El Estado soy yo», tan apropiados para el ceremonial de su marido Néstor. Algún antirretencionista -con perdón de la palabra- quizás hubiera recomendado, para ser perfectamente chic, un sombrero o casquete, quizás un velo. Pero, en verdad, eso es para los funerales europeos que retrata la revista «Hola». No para un mortuorio recuerdo que no sólo debería ser privativo del peronismo. Quizás esos tocados, como a Karina de Scioli cuando asistió a las exequias de Karol Wojtylalos utilice en alguna gira trasatlántica por la muerte de algún veterano ilustre.

  • Discurso

  • Ya en el Salón Blanco -todavía faltaba pronunciar el discurso sobre las retenciones-, descubrió un sobrio tailleur de saco y falda color celeste plomo, con cuello y puños contrastados en azul noche.

    Sencillo y elegante, completado por una blusa blanca. El atuendo, repetido (en el mismo lugar, en parecida ocasión), se ha vuelto casi un uniforme, inspirado quizás, en el de sus vecinas de enfrente, las empleadas del Banco Nación. No es un demérito el buen gusto.

    Si, como nuevo, exhibió su cuello, resguardado durante 10 días por pañuelos -además de las murallas de Olivos- de cientos de ojos curiosos (alertados quizás por la última columna chismosa de esta sección). Miradas de entomólogos, con lupa para advertir algún alisado en los surcos de esa fracción del cuerpo tan sensible para la realeza, búsqueda de una cicatriz mínima a la altura de la nuez de Adán (con las excusas del caso, por haber hecho una transposición de género). Había que apelar a la magia oficial para distinguir la huella de una incisión. O no ocurrió nada o el trabajo fue perfecto. Chismes aparte, como el rumoreo sobre un lifting cervical que cualquier veterana del bisturí descartó de plano: hubiera habido signos de luz pulsada o del láser.

    Para el acto del PJ, en la Plaza de Mayo, ella innovó con un traje de blazer y pantalón. Atrás quedaron las faldas plato y los anchos cinturones retro que ha exhibido en otras ceremonias semejantes, masivos. El color elegido: en la misma gama que el día anterior, gris acerado con rayas celestes, un corte netamente Armani, con el saco entallado -como le gusta-y pantalones anchos y con bocamanga. Le sentaba el equipo, al que una blusa en satén de seda color vainilla le añadió toque femenino y cierta humildad. Quienes, a través de la semiótica buscan explicar la indumentaria habrán creído que calzarse los pantalones en esa oportunidad ofrecía un significado ante la insistencia de su esposo, la jornada anterior, al aludir a la debilidad del género. Quizás, lo más probable es que haya elegido el atuendo en atención al clima destemplado, para no pasar frío en el escenario. A ver si se engripa como en aquella jornada lluviosa el General y luego padece las consecuencias. Se afirma que la minicarpa de Verbitsky, Zannini y Kunkel le aconsejaron vestirse con algo cómodo para poder saltar en el estrado, agitar banderitas y reclamar paz y amor, ya que del Perón de esos tiempos ellos no tienen ni recuerdos (estaban, claro, fuera de la plaza).

    Esa invocación de la Presidente a las flores y los pajaritos, casi hippie, amorosa y necesaria para una sociedad en trance de calentura, tiene sin embargo observaciones críticas. A ella, a pesar de ciertas expresiones teatrales, le cuesta conectarse con su audiencia (a pesar, inclusive, de su correcta improvisación o relato de una memoria envidiable). La causa no es explicable por una inexperta cronista, mejor escuchar a los que saben. «Si seguimos uno de los discursos de la Presidente por la pantalla, y le bajamos el volumen para no enterarnos del contenido, siempre se la percibe enojada, crispada, con el ceño fruncido: eso es lo que transmite la metacomunicación de sus gestos», dice la psicóloga Estela Ferreiro, profesora de Oratoria y master trainer en Programación Neurolingüística. Por lo tanto, «por más que se ponga a hablar de las ondas de amor y paz, la Sra. de Kirchner no coincide entre lo que dice (lo conceptual) y cómo lo dice desde lo tonal, lo gestual y corporal», concluye.

  • Tonos

    Afirma que la mandataria -al margen del cuerpo y los gestos-utiliza un tono agudo y estridente cuando habla en concentraciones multitudinarias, mientras en los espacios cerrados se sirve de otro más frío, admonitorio y ondulante. La diferencia, según ella, entre el mensaje del martes y del miércoles. Otra especialista, María Inés Colle, master trainer y avanzada en el estudio subjetivo del lenguaje, la comunicación y el cambio personal, señala que «en CFK predominan lo kinestésico y lo auditivo. Recurre a estos canales y se percibe lo kinestésico sobre todo a través de su postura corporal, cuando se balanceade un pie al otro, lo que distrae y le hace perder un porcentaje importante de la atención de la audiencia». Dato a computar de quien se gana la vida como coach al respecto, quien puntualiza que las abundantes referencias al pasado esgrimidos en los mensajes de Cristina se transmiten con certezas a quienes han tenido vivencias semejantes, no tanto al resto. Le falta, cree, referencias en su discurso «a proyectos concretos de futuro con los que el individuo se pueda identificar, más bien expresa proyecciones o presuntos sueños colectivos como la Argentina del Bicentenario, que no es un concepto fácilmente imaginable para todo el mundo». No quiso opinar esta mujer sobre la versión de que la mandataria ha comenzado a entrenarse para modificar su lenguaje corporal y discursivo, ya que -se dice-ha logrado erradicar gestos como el del dedo índice apuntando, irritante expresión que en el inconsciente colectivo, según los psicólogos, en el plano más leve inducía a rememorar las represiones escolares. También, se afirma, ha logrado modificar el acto de pinzar con el índice y pulgar de cada mano -y en simultáneo-el par de micrófonos que transmiten sus discursos: redujo en forma considerable ese hábito, lo practica con menos intensidad que al principio de sus apariciones presidenciales. También, todos estos coaches sostienen que ella eliminó, en parte, esa costumbre de soplar hacia arriba para despejarse el flequillo de la frente: creen que es parte de un ejercicio adrede, organizado. Tal vez sea, como puede opinar una simple escribiente de moda, que esa costumbre se revirtió porque simplemente ya no usa flequillo.

    En el círculo de la media coaching también aseguran que como toda política peronista que llega a lo más alto en el poder, Cristina Fernández de Kirchner recibe instructivos para tratar de parecerse a Eva Duarte. Ya habría logrado incorporar, de Evita, los movimientos de brazos y postura de las manos al momento de dirigirse al público. Algo también estaría ensayando con la fraseología o «léxico evitista» aunque es un tema más complicado entre personas como Cristina, que por su larga trayectoria en oratoria parlamentaria ya tiene demasiado fijados los patrones de lenguaje.

  • Internismo

    Para la Lic. Ferreiro, la Presidente es una excelente oradora desde lo conceptual pero a diferencia de Evita, «que hacía referencia y estaba en contacto con lo externo, con lo que estaba fuera de ella», se queda en la referencia interna, se queda en su «yo». «Cristina no toma el emergente de la audiencia, no integra lo que aparece en el momento, no sabe interactuar con la energía de quienes tiene enfrente», señala.

    Basta observar en dónde va poniendo la mirada el disertante, dicen, para conocer cuál es el grado de conexión con la audiencia. Para los especialistas, la señora de Kirchner, alineada siempre consigo misma, nunca hace contacto visual con su público. Pone su mirada en el horizonte, mucho más allá de su audiencia. Otra incongruencia, finalmente, como la que existe entre lo conceptual y lo gestual de sus mensajes.
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