20 de julio 2007 - 00:00
Rosario despidió a Roberto Fontanarrosa
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El cortejo en las calles de Rosario (arr). Los "canallas" y vecinos despiden al humorista (centro). Su hijo Franco y amigos cargan los restos del creador de Inodoro Pereyra (abajo).
La figura de Fontanarrosa creció y se instaló gracias a su calidad como dibujante, a lo que luego agregó su literatura.
De ser en principio "consumido" por los lectores futboleros, su obra fue creciendo y depurándose su estilo de cuentista hasta que logró un gran reconocimiento.
Memorable fue el discurso que cerró el Congreso de la Lengua Española, hace tres años, cuando pidió -ante la mirada entre atónita y divertida de los académicos- una amnistía para las malas palabras porque "no es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza, que decir que es un pelotudo".
Su muerte causó un gran impacto en Rosario y no hubo otro tema de conversación en la calle, los bares y los medios de comunicación.
Decenas de miles de rosarinos lo saludaron en la marcha del cortejo, que tuvo un paso obligado por el estadio de Central, y se observaron escenas altamente emotivas, como el aplauso sostenido y reiterado, el canto futbolero y las lágrimas de hombres y mujeres.
El cuerpo de Fontanarrosa fue enterrado ayer al mediodía en el cementerio Parque de la Eternidad, de Granadero Baigorria.
Ahondar en su obra sería iniciar un interminable recorrido por personajes y textos, entre los que destacan Inodoro Pereyra, el renegau, su perro Mendieta; Boggie, el aceitoso, y cuentos inolvidables como Los trenes matan a los autos, 19 de diciembre de 1971 y El mundo ha vivido equivocado.
Ayer concurrieron al velatorio y participaron del cortejo el intendente Miguel Lisfchitz y el arzobispo José Luis Mollaghan, entre miles de personas que se acercaron a confortar a Gabriela, la compañera del Negro, su hijo Franco y su mamá Rosita.




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