Un paisaje
acostumbrado
en la Panamericana.
Al
congestionamiento
diario
en el tránsito
se suman
cada vez más
frecuentemente
los imponderables,
entre ellos los
cortes de ruta.
«Puedo perder todo, menos tiempo», es una frase que se atribuye a Napoleón Bonaparte. «Life is short» suelen decir los norteamericanos. El tiempo, su mal uso o su pérdida, es una preocupación común a todo humano, exacerbada en la modernidad. ¿Cómo compatibilizar el tiempo de trabajo, con el tiempo del ocio, con el tiempo del descanso, con el tiempo para la familia, con el tiempo para la reflexión, con el tiempo para la salud, con el tiempo para el esparcimiento... cómo hacer para tener tiempo de tener tiempo? Esta obsesión, ¿les será también común a aquellos miles de individuos que destinan 31 días completos de su vida por año a viajar en horario pico de Pilar -lugar que eligieron para vivir- a su trabajo en la Ciudad?
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¿Podrá compensar el espacio verde propio y una relativa tranquilidad disfrutable sólo los dos días de fin de semana el sacrificio de aquel jefe de familia que de lunes a viernes gasta 15 minutos promedio de su tiempo desde que sale de su casa en el country y se sube a la autopista y que, una vez en ella, se garantiza no menos de una hora y media para llegar a su trabajo? Esto, de ida. Y esto de vuelta. El hombre y su auto se suman a los más de 12 millones de vehículos que recorren ese camino por mes, como publicara este diario en una primera nota en su edición del 2 de mayo.
Hay que tener en cuenta que el de los 31 días de su vida que el hombre del relato pasaría en su autovivienda es un cálculo «razonable», que surge de los 180 minutos que cinco veces por semana le insumen el viaje de ida y el de vuelta de la casa al trabajo y del trabajo a su casa. En dinero, este tiempo sólo por el uso de nafta, peaje y estacionamiento, le significará $ 8.600.
Como para no desesperar, se detallan a continuación algunos ejemplos de otra manera de invertir ese tiempo y ese dinero (obviamente, mudanza de por medio). Veamos.
Una película en el cine dura de promedio 100 minutos. En el año se insumen en los viajes de referencia 44.640 minutos, esto es el tiempo para ver 446 films. Si cada entrada al cine cuesta $ 15, en un año se gastarían $ 6.690. Alcanza para pagarlos con los $ 8.600 que se ahorrarían en nafta, peaje y estacionamiento. Y sobran aún $ 1.910 para los cafés previos o poscine.
En la misma línea de esparcimiento o de cultivar el espíritu -depende a qué cine uno sea adepto-, si el hombre en cuestión prefiriera pasar en su hogar los 31 días al año que ganaría sin viajar, podría alquilar 446 películas de las favoritas -esto es, las más nuevas y las más caras- y pagar $ 3.568. Le sobrarían en este caso por el ahorro de usar el auto $ 5.000, con lo que se podría comprar un plasma de 42 pulgadas. Agrega algún extra para el DVD y se arma su propio home theather.
Si la persona en cuestión es soltera, dispondría de 744 horas (31 días) en el año para, por ejemplo, poder descansar mejor. Como en el año son 248 los días destinados al trabajo, se podrían incorporar al sueño tres horas cada día. Por el contrario, si el individuo es casado y tiene hijos, tendría tres horas más por día para dedicárselos.
El anhelo de disponer de más tiempo puede tener que ver también con la posibilidad de practicar algún deporte. Golf, por caso, que reúne varias cualidades necesarias para un humano sobreexigido laboralmente: de paso que hace ejercicio goza del verde y descontractura cuerpo y mente. Con tres horas por día algo se puede hacer. Y con el ahorro en dinero también: vía Internet se puede adquirir un full set de 12 palos Adams Golf Senior A2 OS por u$s 800. Y un par de zapatos adecuados por $ 150. Alcanza para pagar la cuota de un buen club o pagar los $ 50 promedioque se cobran por partido. El tenis es seguramente otro de los deportes del gusto del hombre del relato, aunque seguramente tenga poco tiempo para practicarlo. Si dejara de pasar tres horas por día en el auto, quizá dos veces por semana se podría dedicar a la actividad y con lo que se ahorraría se podría hacer socio de un club de primer nivel pagando $ 3.000, una cuota mensual de $ 320, una buena raqueta $ 400, pagar $ 300 por la zapatillas adecuadas, o alquilar una cancha a $ 40 la hora.
Las 3 horas por día que se ganarían si no fuera necesario pasarlas en el coche manejando podrían también, por ejemplo, invertirse en la desestresante tarea de arreglar el jardín o, aunque más no sea, plantas y macetas. O pasear, simplemente utilizar los kilómetros que se ahorrarían en el recorrido de otros caminos. O salir a caminar con el perro. O ir a exposiciones de arte. O visitar museos. O ir al gimnasio. O ir con más frecuencia a tomar un café. O mirar vidrieras. O leer. O no hacer nada...
¿Y estudiar? Seguramente. ¡Con tres horas disponibles por día! Desde cursos de especialización hasta el aprendizaje de alguna actividad nueva, aunque sea a modo de hobby. Carpintería, por ejemplo: una actividad recreativa en la que hay que estar atento para no incurrir en la rutina con el uso de las máquinas. Con la automatización pueden ocurrir los accidentes. Lo mismo que cuando se maneja. La rutina puede hacer que el hombre en cuestión hastiado de transitar días tras día por el mismo paisaje termine manejando como un autómata. La desconcentración puede traer problemas y, también, accidentes.
En definitiva, el viejo dilema planteado por Shakespeare del «ser o no ser», podría replantearse en «tener o no tener más tiempo». ¿Para qué? ¿Para darle un uso hedonista o un uso productivo? ¿Habrá pensado esto durante uno de sus viajes el hombre del relato? Esta semana seguro tuvo tiempo, porque el miércoles, por ejemplo, por una protesta gremial se cortó la Panamericana a la altura de Pacheco en plena hora pico, y se formaron colas de autos de más de 8 kilómetros de extensión. Ah!, no se trató de un episodio aislado.
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