"Son tiempos de comunicación lastimada. Nadie quiere leer ni escribir demasiado, no hay contemplación porque no hay paciencia ni tiempo”, dice Mariela Asensio, autora y directora de “No me llames”, que propone un viaje por diferentes historias en las que la virtualidad es protagonista, y expone con humor y crudeza lo que sucede con las relaciones. Se estrena el 14 de abril en el Teatro del Pueblo con actuaciones de Vanesa Butera, María Figueras, Paola Luttini y Pablo Toporosi. Dialogamos con Asensio y Figueras.
Las formas de comunicaciónde hoy, en el centro de una obra
“No me llames”, de Mariela Asensio, también directora. Dialogamos con ella y la actriz María Figueras.
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Periodista: ¿Qué pueden reflexionar los nuevos modos de contacto?
Mariela Asensio: Estamos en un momento de cambio enorme en términos de comunicación y que es necesario problematizar algunos aspectos. Nos hemos sobreadaptado y naturalizado a un esquema en el que la ansiedad protagoniza y la otredad queda arrasada. Se sobrepiensa, se sobreentiende, se malinterpreta y se completa lo que queda vacío. La comunicación está simplificada, todo se traduce a lo inmediato como valor agregado y esto lesiona los vínculos y su modo de interactuar. Los audios de WhatsApp, que se pueden adelantar en dos ritmos diferentes, pasando por encima la intención y la impronta que tiene todo discurso, no deja respiración, ni pausas, ni emoción. Quien emite ahora suena igual a todos. La aplicación unifica y estandariza los contenidos.
María Figueras: Esa contradicción de lo mecánico de los vínculos y verlos sufriendo genera algo muy reconocible. Es ver todo lo que nos pasa del teléfono para adentro de nuestro cuerpo, nuestras manos, lo que nos pasa cuando enviamos un audio solos o en grupo pero el otro no lo ve. Ya hay gran contradicción y misterio entre lo que uno dice y el otro escucha, más aparece en la era de la hiperconectividad y precarización laboral en la que hay que tener muchos trabajos y sin tiempo para charlar con alguien, que ya sentimos que nos invaden.
P.: ¿Cómo afecta la nueva comunicación a la generación de cuarenta o cincuenta a diferencia de los jóvenes?
M.A.: Yo veo a mi hijo de 13 años atravesar con más naturalidad la forma actual de comunicarnos. Creo que a mi generación la aliena bastante, y es lógico. Nací en una casa sin teléfono de línea. Iba a una panadería del barrio a usar un teléfono público. Escribí mis primeras obras de teatro a mano porque ni máquina de escribir tenía. Es demasiado el cambio, me resulta hasta lógico que nos genere un estrés aún en la sobre adaptación en la que vivimos. No quiero demonizar la comunicación actual, pero sí problematizar el uso que le damos. Creo que hay poca dimensión crítica del tema, como si no estuviésemos viendo algo.
M.F.: Nuestra generación es como extranjera, no nacimos con esto y sabemos lo que era lo otro, tenemos nostalgia. Los jóvenes se pueden encontrar más, no los veo tan esclavos como a nosotros. Además la obra habla de la necesidad de encontrarnos, de la imposibilidad de hacerlo. De la soledad enorme que producen la redes aunque estemos hiperconectados.
P.: Hace 20 años, en comunicación todo era el efecto de los medios masivos, nadie imaginaba las redes en la vida cotidana.
M.A.: Mi primer contacto con las redes fue a través de Facebook. Siempre llegué medio tarde a las cosas en este sentido. Tardé en usar correo electrónico, en tener un smartphone y en abrirme una red social. Van impregnándose en la sociedad. Hay personas que construyeron toda su estructura laboral a través de una red social. Pasa con quienes emprenden. A mí eso me alarma. Básicamente porque no deja de ser un privado, que un día cierra y te deja sin nada.
M.F.: Mucha gente elige sus redes para evitar quedar editados e ir en contra de los medios hegemónicos , que están puestos en duda. Eligen sus palabras cómo quieren y cuándo quieren, eso da libertad. También es un arma y la obra lo pone en discusión.
P.: ¿Qué temas aparecieron en la obra sin saberlo de antemano? Me refiero a la obra como superadora de todo lo que imaginamos como autores o directores.
M.A.: Sin dudas el tema de la muerte. El otro día en un ensayo me di cuenta de que la obra habla de la vida y de la muerte. Muchas veces me pregunto si la razón por la que no dejamos de postear no es que necesitamos la confirmación constante de que existimos. Creo que el trasfondo de todo siempre es existencial. Estamos aterrados porque no entendemos la vida y mucho menos la muerte.
P.: ¿Cómo apareció esta temática de la virtualidad, pandemia mediante?
M.A.: Hace tiempo que este tema me ocupa la mente. Yo escribo desde el dolor, la preocupación, la incertidumbre. Jamás desde la superación.
P.: La decisión de no tener escenografía y que sea pura virtualidad se corresponde con el planteo general de la obra o fue para seguir explorando lo interdisciplinario?
M.A.: Ambas. Me parecía que todo molestaba. Que lo material y concreto distraía. La obra pedía síntesis y cuando intenté hacer un cambio de vestuario, la propia poética del material expulsaba la idea. Simplemente escuché lo que la escena estaba pidiendo, que era algo así como la nada misma.
P.: ¿Cómo ve los tres circuitos teatrales?
M.A.: Soy muy optimista en términos artísticos, porque veo mucha creatividad pero en términos de gestión y economía está complicado. Hay un corrimiento del estado evidente. Lo digo como gestora de un teatro (soy parte de SOMI, que dirige el Teatro del Pueblo) y a los teatros nos cuesta mucho sostenernos. Las cooperativas ponen plata para llevar adelante sus proyectos, los subsidios llegan tarde o no llegan. Quisiera que el teatro oficial programara de manera diversa y abierta a convocatoria, como hizo el Cervantes.




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