En las playas de la Costa Atlántica hay postales que se repiten cada verano. Sombrillas alineadas, conservadoras, radios portátiles y, casi sin falta, un grupo de personas lanzando discos metálicos sobre la arena. El tejo playero forma parte de ese paisaje tanto como el mar o el viento.
El tejo playero: el clásico del verano que nació en Mar de Ajó
Entre arena, mates y competencia amistosa, este juego popular se consolidó como ritual veraniego en las playas argentinas.
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El deporte que se vive en las playas de Argentina.
Aunque muchos lo asocian con reuniones improvisadas y reglas flexibles, el juego tiene una historia concreta y un punto de partida claro. No surgió de la nada ni fue una simple copia, sino que se adaptó, cambió de forma y encontró su propio lugar dentro de la cultura balnearia argentina.
Su práctica se transmite de generación en generación, sin manuales oficiales ni federaciones de peso. Se aprende mirando y jugando, con indicaciones rápidas y alguna discusión menor que se resuelve en el momento. Ese espíritu también explica su permanencia.
El tejo tradicional, el deporte histórico colombiano en el que se inspiró
El origen remoto del tejo está en Colombia, donde es considerado deporte nacional. Allí, el juego se practica desde épocas precolombinas y mantiene una estructura mucho más formal. Se lanza un disco metálico pesado hacia un tablero de arcilla con pequeños sobres de pólvora que explotan al ser impactados.
En ese formato, el objetivo combina puntería, fuerza y estrategia. Hay puntuaciones oficiales, distancias establecidas y competencias organizadas. El sonido de la explosión es parte central del juego, algo que le da identidad propia.
La versión argentina no replica esos elementos de riesgo ni su estructura competitiva. Toma la idea básica del lanzamiento y la adapta a un entorno distinto, más relajado y seguro, pensado para espacios abiertos y públicos.
El origen del tejo playero en Mar de Ajó
El tejo playero nació en Mar de Ajó a mediados del siglo XX, cuando veraneantes y residentes comenzaron a improvisar un juego similar usando discos de hierro o bronce y un hoyo cavado en la arena. La propuesta prendió rápido.
La elección del lugar no fue casual. Playas amplias, arena compacta y un turismo familiar crearon el contexto ideal. El juego no requería infraestructura compleja ni preparación previa. Con dos discos y un círculo marcado ya alcanzaba.
Desde allí se expandió a otros puntos de la Costa Atlántica y luego al resto del país. Hoy se juega en parques, patios y plazas, aunque la playa sigue siendo su escenario natural. El paso del tiempo consolidó reglas informales que varían según la zona o el grupo.
Las reglas del tejo playero
El fin último es simple: lanzar el tejo lo más cerca posible de un objetivo, que suele ser un círculo, una línea o un pequeño hoyo. Se juega de manera individual o en parejas, con turnos alternados.
La distancia entre los lanzadores puede variar, aunque suele rondar los 8 a 10 metros. Cada jugador dispone de uno o dos discos, según el acuerdo previo. No hay una única forma válida de puntuar, y ahí aparece una de las claves del juego. En algunos grupos, gana quien queda más cerca; en otros, se suman puntos por rondas. Si el tejo entra en el hoyo, suele haber festejo automático y punto directo. Las discusiones por mediciones milimétricas son parte del folclore.
Esa falta de reglamento cerrado genera debates, pero también mantiene vivo al juego. No todos coinciden en cómo se debe jugar, y eso no es necesariamente un problema. El tejo playero convive con esa ambigüedad y la incorpora a su identidad. Entre competencia suave y excusa para reunirse, el tejo sigue vigente. No promete gloria deportiva, pero sí algo más sencillo: tiempo compartido, risas y una tradición que se renueva cada verano.
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