Viaje a Madina, en la frontera con Guinea: Messi, Ibrahim y la felicidad

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Para llegar a Madina desde Kambia, bien al norte de Sierra Leona, hay que atravesar una ruta desierta y sinuosa, salpicada por la selva que hace un tiempo fue y hoy no es tanto.

¿Qué tan probable es que nos crucemos con algún león o elefante? Pregunto exponiendo mi vicio sudaca, de concebir a cualquier país africano como un circuito safari. Es poco probable, entre la guerra y los cazadores, los animales fueron desapareciendo.

No es el chofer quien esboza la respuesta, sino un tripulante desde el techo del taxi.

Sí, en Sierra Leona los taxis no son exclusivos, se comparten como casi todo, y si una persona con tal de subirse quiere tomar el riesgo de sentarse en el techo, nadie se escandaliza.

Luego de 7 horas de viaje arribamos a Madina en el distrito de Tonko Limba, pueblo cercano a la frontera con Guinea.

Pudieron ser más o menos, dependiendo de la cantidad de percances que sufriera el automóvil o de la cantidad de veces que el chofer y los tripulantes decidieran bajar para charlar y disfrutar del sol.

Lo cierto es que el Google Map me indicaba tan solo 2 horas de viaje.

Entre 1991 y el 2002 Sierra Leona sufrió una de las guerras civiles más violentas de la historia, con la particularidad de que se esclavizaron a niñas y niños que fueron utilizados como soldados.

Los bandos enfrentados fueron el gobierno de turno contra el RUF (Frente Revolucionario Unido). El gobierno era presidido por Joseph Saidu Momoh y contaba con cierto apoyo de Inglaterra. El grupo rebelde, por su parte, estaba compuesto por guerrilleros sierra leoneses liderados por Foday Sankoh y soldados liberianos al mando del dictador Charles Taylor, que fueron entrenados por la Libia de Kadafi y financiados por Francia y Estados Unidos.

El pretexto era la igualdad y el fortalecimiento de la democracia, la realidad indica que el objetivo solapado (o no tanto) era la extracción de materia prima, fundamentalmente diamantes, por parte del gobierno local, Liberia, Europa y Estados Unidos.

Según la estadística, la guerra causó 700.000 muertes, más de 10.000 niñas y niños fueron esclavizados por ambos bandos, de los cuales más del 50% eran menores de 15 y el 28% menores de 12. Luego de más de 10 años de acciones bélicas la ONU y Gran Bretaña decidieron poner fin al conflicto.

Que Madina haya sido uno de los epicentros, tal vez explique su radiografía: estructuras rotas, como espejismos de bonanzas pasadas, montones de escuelas que intentan resurgir sin docentes autorizados, una salita médica deteriorada y un pueblo (casi un país en realidad) sin luz eléctrica.

Lo que no se explica, al menos desde los términos en los que nos han impuesto la información de los distintos países africanos, es lo que sucede todos los días en el centro de la aldea.

Allí una interminable calle de tierra conecta todo con todo y recibe al pueblo entero que se da cita para pasar tiempo en comunidad: se come del mismo plato, se convidan cervezas Star (marca local muy recomendable), ríen, bailan, gritan y también callan, dejándole espacio al viento para que hable.

El mismo pueblo que hace menos de 20 años era obligado a matarse mutuamente hoy convive en paz.

Sostienen que fueron largos procesos de rehabilitación e, introspección mediante, llegaron a la conclusión de que la guerra no fue responsabilidad de ningún sierraleonés o liberiano, sino que la habían traído desde las Europas y Norteamérica con el afán de extraer lo ajeno.

Aseguran, también, que una de las piezas claves de la estabilidad social fue el fútbol.

La teoría no parece descabellada si tengo en cuenta que – sin exagerar – uno de cada dos sierraleoneses usa remera de fútbol que, si no son de la Premier League de Inglaterra, son de Messi, tanto del Barcelona como de la Selección Argentina.

“¡Messi, Maradona, Riquelme, Batigol!”, me grita el gentío luego de enterarse de mi país de origen. Entre ellos está Fabián – un flaco desgarbado – que me cuenta que luego de la Guerra Civil muchas ONGs y organismos internacionales desarrollaron una gran cantidad de torneos regionales, donde compartían equipo ex niños soldados, ex rebeldes, ex soldados del gobierno y que eso resultó en una camaradería que hoy se ve reflejado en el ambiente pacífico y desarmado que abarca a Madina y a toda Sierra Leona.

Los campeonatos crecieron de tal manera que incluso Iker Casillas, que visitó Madina por una semana, se dispuso a atajar en algunos partidos.

“Yo le hice un gol”, se jacta con orgullo Fabián.

Luego escuché a tantos repetir la misma faena que comencé a sospechar que el arquero español no atajó con las ganas con las que lo hacía con el Real Madrid, el Porto o la Selección.

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“¡Messi, Maradona, Riquelme, Batigol!”, me grita el gentío luego de enterarse de mi país de origen. Entre ellos está Fabián – un flaco desgarbado –  que me cuenta que luego de la Guerra Civil muchas ONGs y organismos internacionales desarrollaron una gran cantidad de torneos regionales.

“¡Messi, Maradona, Riquelme, Batigol!”, me grita el gentío luego de enterarse de mi país de origen. Entre ellos está Fabián – un flaco desgarbado – que me cuenta que luego de la Guerra Civil muchas ONGs y organismos internacionales desarrollaron una gran cantidad de torneos regionales.

Cuando se hace de noche en Madina todo queda en penumbras, salvo la luna y las estrellas que se ven más fofas y cándidas desde el noroeste de África. Y salvo, también, que haya un partido de Messi.

Si Messi juega, entre todas y todos, reúnen monedas, compran nafta y prenden un generador que le da vida a los cines que se componen por una televisión de 21 pulgadas y una serie de banquetas que sirven como butacas para alrededor de 80 personas.

“Hoy juega el Barcelona contra el Leganés. Hoy juega Messi”, dicen en Madina.

El cine está abarrotado, pero encuentro un pequeñísimo hueco al extremo del último banco. Justo al lado de Ibrahim, un niño que no tiene más de 8.

Valverde decide darle descanso a Messi y lo ubica en el banco de suplentes. No sé cuántas veces Messi habrá ido al banco de suplentes, calculo muy pocas. Me decepciono, no por mí, sino por toda la gente que había aportado sus Leones (moneda local) para la causa. Plata que cuesta mucho y dura poco.

“Estoy seguro que va a entrar y nos va a salvar”, me dice Ibrahim mientras sonríe, acercándome su mano y abriéndola. Tiene 6 maníes y me ofrece la mitad.

Me rehúso incómodo. Lo obligo a comerlos, pero se niega. Le pregunto, en una faceta paternal que nunca me calzó, si había comido durante el día. Me responde que no, que esta es su comida pero que él no sabía ingerir sin previamente intentar compartir.

“¿En tu país no pasa lo mismo?”, pregunta el niño.

Me quedo sin palabras. Tal vez sea la indigestión de tanta gula atragantada.

De pronto unos gritos efusivos me hacen voltear hacia la televisión. Pienso que el Barcelona hace gol. Nada eso, estaban enfocándolo a Messi sentadito en un banco de suplentes del Camp Nou, a un mar y 5580 kilómetros de distancia.

Pocos minutos después comienza a precalentar y se desata un jolgorio aún mayor. A los 65 ’ Valverde, que seguramente no imagina la ansiedad que hay en un cine diminuto de la pequeña aldea de Madina, se decide a mandarlo a la cancha.

“Ahora sí, nos va a salvar”, se regocija Ibrahim y yo no puedo evitar pensar que un niño que come una vez al día vislumbre el milagro de la salvación en Messi. Milagro efímero, pero no menos válido. Sería lindo, pienso también, que el fútbol y la vida tuviesen más que ver y tengamos siempre a mano el talento para salvar lo insalvable. Como Messi, o como Ibrahim que sonríe a pesar de todo.

A los 70 Messi asiste a Suarez. El Barcelona que venía 1-1, comienza a ganar.

“¡Falta el suyo!”, se encapricha Ibrahim. A los 90, y antes de que Madina vuelva a estar en penumbras, Messi marca. Lo grité como aquel que sigo soñando para ganar un Mundial. Lo grite más, supongo, aunque sea contra el Leganés y aunque lo haga parecer demasiado simple.

Nos abrazamos con Ibrahim y con todos, mientras comenzamos a recolectar leones para que siga habiendo luz y se desate la fiesta.

¿Messi será consciente de todo lo que genera? Me pregunto.

Y otra vez me quedo sin palabras.

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