La discusión sobre el uso de pantallas y redes sociales suele centrarse en adolescentes y jóvenes, pero para el psiquiatra y psicoterapeuta Lucas Raspall el punto de partida incluye también a los adultos.
Pantallas, vínculos y crianza: el impacto de la hiperconectividad
El psiquiatra Lucas Raspall advierte sobre el uso excesivo de pantallas: el modelo digital de los adultos moldea los vínculos familiares, impacta en la salud mental de los jóvenes y adolescentes, y plantea un nuevo desafío educativo en los hogares.
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Los niños argentinos acceden al primer celular antes de los 10 años y el 80% usa redes sociales todos los días
En una conversación reciente con el influencer Cristian Vanadía en el podcast Modo Beta, impulsado por la compañía de cobertura médica Avalian, el especialista recalcó que “el uso excesivo de redes sociales y plataformas está generando un daño muy grande al autoestima y al autoconcepto”, y subrayó que ese impacto comienza a gestarse, muchas veces, dentro del hogar.
La herencia familiar
Raspall describió un escenario que se repite: familias atravesadas por la hiperconectividad, con adultos permanentemente disponibles para el teléfono y chicos que aprenden ese modo de estar en el mundo. “El consumo de dispositivos de los hijos adolescentes es directamente proporcional a cómo lo usan los padres”, afirmó.
Evidentemente hay modelos de vínculo con la tecnología que se replican. Datos de Unicef acompañan esta preocupación: los niños argentinos acceden al primer celular antes de los 10 años y el 80% usa redes sociales todos los días. Raspall aseguró que el tiempo promedio de uso de pantallas en Argentina es de entre 7 y 8 horas diarias y, según Electronic Hub, esta cifra deposita al país en el top 5 mundial de uso de celulares, solo por detrás de Sudáfrica, Brasil, Filipinas y Colombia.
Ante este panorama hay una conclusión concreta: la omnipresencia de dispositivos en la vida cotidiana familiar —en la mesa, en el auto, antes de dormir— va configurando hábitos que luego son difíciles de desarmar.
Los vínculos en la era de la hiperconectivad
Raspall señaló una de las tensiones más visibles en los vínculos: “Estamos tan hiperconectados como desconectados, no hay forma de estar en dos lugares al mismo tiempo”. La frase apunta a escenas cotidianas: personas que responden mensajes mientras hablan con otras y conversaciones fragmentadas por la urgencia digital. Según el especialista, esta dinámica erosiona lentamente los vínculos: “No se puede vivir con esa prisa. Lo que se está empezando a dañar son los vínculos”.
Uno de los efectos más frecuentes de este clima es la ansiedad. Raspall describió un combo que se repite cada vez más temprano: “Alto consumo en tiempo, exceso de estímulos, exceso de ansiedad, mal descanso, aislamiento del entorno”. Estudios recientes de la Organización Mundial de la Salud muestran que el uso intensivo de redes sociales está asociado a mayores niveles de ansiedad y síntomas depresivos, especialmente en adolescentes, y a trastornos del sueño que impactan directamente en el rendimiento escolar y en la regulación emocional.
El psiquiatra también alertó sobre una presión que atraviesa generaciones, pero que se vive con especial intensidad en los más jóvenes: la obligación de estar siempre disponibles. Ese mandato alimenta el llamado FOMO —miedo a perderse algo—, que se cuela incluso en situaciones de riesgo. “Cuando manejamos, contestamos los mensajes. Si dejamos el teléfono en el baúl empezamos a preguntarnos qué estará pasando”, explicó.
Esa tensión constante entre presencia y conexión no pasa desapercibida para los propios usuarios. Un relevamiento de Avalian realizado sobre más de 2.500 personas en todo el país muestra que el 54% de los argentinos considera que el consumo excesivo de redes sociales es un hábito negativo que incorporó. Es decir, hay conciencia pero no acciones concretas para aminorar la hiperconectividad.
Raspall, que además es profesor universitario y conferencista internacional, describió un nuevo concepto: la extimidad, que implica mostrar excesivamente la privacidad en la pantalla Bajo esta lógica todo lo que las personas hacen está en las plataformas digitales, siempre y cuando remita a momentos felices, sean reales o no. Es un círculo vicioso que, bajo la necesidad de los likes, genera ansiedad. “El vínculo entre el uso excesivo del teléfono y los padecimientos de salud mental es muy estrecho: malestar, fenómenos ansiosos y depresivos y, al final, la soledad. Ese clima alimenta comparaciones constantes y una sensación persistente de que los otros siempre están mejor, un factor que impacta de lleno en la autoestima”, aseguró.
Además concluyó en que es probable que los jóvenes prefieran los vínculos digitales por sobre los cara-cara porque requieren de menos exigencia. Destacó, también, que la presencia real tiene otra riqueza, por lo cual cree que es importante recuperar espacios de tiempo compartido sin ser interrumpidos por la pantalla.
Un concepto vital: la educación digital
Para Raspall, el desafío no es prohibir el uso de celulares sin más, sino reformular las prácticas cotidianas. “La educación digital es un concepto importante”, sostuvo, y aclaró que educar implica acompañar, poner límites y, sobre todo, dar el ejemplo.
El especialista propuso pensar el acceso a la tecnología como un proceso gradual. “La edad ideal para tener el primer teléfono sería el séptimo año del colegio, siempre con controles parentales hasta los 13 años”, señaló, y remarcó que cuando los chicos ganan autonomía, el eje debe pasar del control a la formación: “Para que crezcan con un uso responsable y crítico de los teléfonos y plataformas”.
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