22 de diciembre 2022 - 00:01

Luis Machín: regreso a un éxito, ahora como Freud

Tras una década, volverá a la obra que hizo con Jorge Suárez, pero en el papel del médico vienés (Lewis será Javier Lorenzo).

Luis Machín. Ahora será Freud, y Javier Lorenzo su contraparte, Lewis.

Luis Machín. Ahora será Freud, y Javier Lorenzo su contraparte, Lewis.

Hace diez años, Jorge Suárez y Luis Machín protagonizaron “La última sesión de Freud”, de Mark St. Germain, que planteaba un encuentro entre Sigmund Freud y C.S. Lewis. La obra volverá con Machín en el papel del padre del psicoanálisis, que había hecho Suárez, y Javier Lorenzo como el autor de “Las crónicas de Narnia”. Debutan el 5 enero en el teatro Picadero con el mismo equipo de hace una década: Daniel Veronese en la adaptación y dirección, escenografía de Diego Siliano y vestuario de Laura Singh. Dialogamos con Machín.

Periodista: ¿Cómo es volver a hacer la obra pero desde el otro punto de vista?

Luis Machín: Es distinto porque ahora no soy Lewis sino Freud y si bien es la misma adaptación, al cambiar el personaje cambia todo. Pasó una década y todavía me acuerdo de los textos de Lewis pero ahora los escucho y antes los decía, eso ha cambiado el punto de vista de lo interpretativo. Si bien es la misma versión, cambiamos algunas pocas cosas y mantuvimos el mismo equipo de trabajo excepto por Jorge Suárez que está en “Laponia”. Él es un amigo que me alentó en mi decisión de hacer la obra.

P.: ¿Cuál es el principal atractivo de ver a Freud en escena?

L.M.: En primer lugar lo es para todos aquellos a los que el psicoanálisis nos ha hecho bien, hace tres años no me psicoanalizo pero lo hice durante 20 años y estoy pensando en volver. Freud era una persona que no se callaba nada ni ante sus más acérrimos enemigos, todo su pensamiento y estudios siguen estando presentes. Cuando hicimos la obra iba gente muy dispar, no sólo aquella muy vinculada al psicoanálisis sino también gente religiosa. Tuvimos cinco sacerdotes en la primera fila, María Kodama, personalidades de las letras, y eso era permanente porque la obra plantea una discusión profunda entre dos puntos de vista que, sin embargo, logran acordar en algunos aspectos aún no convencidos con lo que el otro piensa.

P.: ¿Cómo ejerce contrapeso el personaje de Lewis?

L.M.: Tuvo una actividad muy prolífica en literatura aunque se lo conozca en especial por las “Crónicas de Narnia”. Fue profesor en Oxford y si bien este encuentro no se puede documentar, se sabe que Freud fue a Londres escapando del nazismo y se reunía con gente que pensaba muy distinto de él. Se enfrentaba al pensamiento religioso desde su lugar cientificista y ese abismo que lo separaba de la fe no le impedía tener curiosidad por escuchar esas otras voces.

P.: ¿Cómo se dota de teatralidad a una obra que es un duelo dialogado?

L.M.: Es un duelo de diálogo pero también de composición y de lenguaje teatral. Mi forma de ver la actuación es con cuerpo por delante, el cuerpo del actor llevando adelante el texto con la complejidad que tiene. En este caso es un Freud en sus últimos días, que no sé si muchos saben que decidió su suicidio junto con su médico, cuando todavía no se hablaba de eutanasia. Lo resolvió luego de más de treinta operaciones hasta que advirtió que el cáncer lo vencía. Freud era un hombre que no tomaba más que aspirina porque no quería dejar de estar lúcido hasta el final, y así fue. El cáncer de laringe está presente y atraviesa toda la obra mientras discute en los finales de su vida; la enfermedad no lo anula en su pensamiento y postura pero sí en la manera de hablar, y eso lo tuve muy presente para la composición.

P.: ¿Cuánto hay del contexto de la Segunda Guerra Mundial y el advenimiento del nazismo?

L.M.: El encuentro entre Freud y Lewis se da cuando Alemania invade Polonia, un momento de guerra tan fuerte que involucra a todo el mundo. Allí vemos el pensamiento de este hombre que habla de la guerra que acabará con todas las guerras, lo que parece ser algo inherente a la humanidad, guerrear e imponerse sobre otros. En ese sentido tiene una actualidad imponente, además de exponer dos posiciones de pensamiento antagónicas.

P.: ¿Cómo ve la escena teatral y sus tres circuitos?

L.M.: Aunque la pandemia no parece haber terminado del todo, luego de la etapa de aislamiento el teatro recobró su brío y se potenció. Hay datos del mundo que indican que el público acudió más al teatro que al cine y eso habla de que la gente se cansó de mirar la virtualidad en pantallas desde su encierro. El contacto con el otro es una necesidad y eso es muy gráfico en el teatro. La Argentina sigue manteniendo una cultura teatral importante que no se agota en los circuitos. Si bien se impuso la idea de que el espectador quiere distraerse con comedias pasatistas ante tanta incertidumbre, también gusta de ver obras donde la capacidad de reflexión sea más profunda que el simple cuento cómico, y ahí estamos nosotros. Nuestra obra tiene además momentos de estallido vinculados a la risa, producto de la tensión que se fuga por esos lugares.

P.: ¿Hay público para hacer redituable la oferta teatral?

L.M.: Confío en que la gente a veces elige los circuitos, otras se siente seducida por las obras, otras por los actores y actrices que ven en TV y quieren acercarse para ver qué hacen en teatro. Cuando elijo una obra espero no defraudar esa elección del público que me viene a ver. Admito que en el primero que pienso es en mí para inclinarme por una obra, no hago una encuesta a ver qué quiere ver la gente. Tal vez podría inclinarme por algo que tenga más resonancia mediática pero eso nunca me determinó a la hora de elegir. Entonces me vuelco por un texto complejo como este y no me amilana el porcentaje de público.

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