A las ocho de la noche, a las ocho en punto de la noche, los jueves, la muerte de Federico García Lorca es derrotada: en el transcurso de esa ceremonia, por poco más de una hora, su voz, su cuerpo y su ángel reviven en Paulo Brunetti, a quien, con su palabra y su planta, no le hacen falta ni forzar un falso acento andaluz ni cambiar de género gramatical en la enunciación del verso, según sea el personaje que lo diga, para que el poeta cobre vida en toda su dimensión. Cuando ingresa en el escenario, Brunetti ya es Lorca y, al mismo tiempo, todos sus personajes; difícilmente haya espectador que no lo sienta de esa forma.
“Muchacho de luna”: Lorca revive en la magistral labor de Brunetti
La obra, con dirección y selección de textos a cargo de Oscar Barney Finn, volvió en cuarta temporada a la sala del British Art Centre los jueves a las 20.
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Paulo Brunetti. “Con un cuchillito que apenas cabe en la mano”.
Porque ni la lengua ni el cuerpo del poeta estuvieron sujetos a condicionamientos exteriores: la suya fue la lengua de Granada que se desterró y espejó hasta en Nueva York (y, lo que es peor, que estuvo exiliada en su propia tierra), y que a fuerza de esas lejanías se hizo universal; es también el espíritu gitano redivivo en formas ajenas, el moreno de verde luna y estampa viril en la piel de la Madre de “Bodas de sangre”, o en el grito primal de “Yerma”, o en la inexpugnable fortaleza de “La casa de Bernarda Alba” o, sobre todo, en la más trágica de las criaturas nacidas de su genio y desdicha, “Doña Rosita la soltera”, la que se iba a dormir “con el más terrible de los sentimientos, que es el sentimiento de tener la esperanza muerta”.
“Muchacho de luna”, el espectáculo creado y dirigido con excelencia por Oscar Barney Finn sobre textos de Lorca, inició una cuarta temporada en Buenos Aires (son seis funciones, hasta el 13 de julio en el BAC, British Art Centre). Un espléndido unipersonal de Paulo Brunetti con la participación de la actriz Ligüen Pires, quien corporiza en algunas instancias lo que el verso convoca —el espejo, el contrincante, el gozo o el terror—; en su transcurso, la poesía lorquiana se entrecruza en un único decir: es un vibrante continuo, sin cronología ni sujeción a dramas individuales o líneas de poemas: por ejemplo, la famosa “Voces de muerte sonaron/cerca del Guadalquivir” de Antonio Torres Heredia, que prefigura la muerte del propio poeta, “Ay, Federico García/llama a la Guardia Civil”, se combina con otras líneas, y luego otras más, con el fin de que en ese fluir el foco sea el hombre mismo y su pasión, y no el orden académico de una letra.
El espectáculo también incorpora algunos pasajes de aquellos poemas del “amor oscuro”, censurados hasta no hace tanto tiempo y que, junto a sus simpatías por la República y su odio al fascismo, le valieron la temprana muerte a Lorca, y algunas líneas de sus cartas: por ellas, entre otros detalles, se conoce la dura opinión de Lorca sobre sus amigos cercanos Luis Buñuel y Salvador Dalí (con imágenes de los rostros de ambos proyectados sobre una pantalla que, al igual que otros paisajes de su alma, se reflejan como en eco gracias al diseño de puesta).
Entregado al camino al que invita “Muchacho de luna”, el espectador, ya sea versado en Lorca o no, lo recorrerá con idéntico placer. El primero, sin embargo, descubrirá no sólo cuánto pueden mutar de sentido algunos versos tan conocidos, pero descontextualizados del argumento de una pieza (como el famoso monólogo de la Madre de “Bodas”, “Con un cuchillo, con un cuchillito que apenas cabe en la mano, pero que penetra fino por las carnes asombradas y que se para en el sitio donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito”), sino también que esa resignificación amplía el horizonte de aquel sentido circunstancial, acotado a una escena, y lo eleva, lo transforma en parte del todo de una obra indivisible. Es una posibilidad que muy pocos dramaturgos ofrecen, y en la que “Muchacho de luna” bucea, y un rasgo más del genio lorquiano.
Interpretación y puesta, ya se dijo antes, conforman una armonía similar, que desemboca en esa descarga de fusiles tantas veces imaginada con dolor por los lectores de Lorca, y que durante décadas, desde la España falangista, se quiso tapar, sin lograr más que darle mayor estruendo. Es ese cuerpo ensangrentado que reposa sobre la tierra, cubierto por una frazada, y al que se recuerda siempre. A él y a su destino.
“Muchacho de luna”, Dir.: O. Barney Finn, sobre textos de F. García Lorca. Int.: P. Brunetti. Colab.: L. Pires. Prod.: S. Vannelli y T. Heck. (BAC, Suipacha 1333. Jueves a las 20).




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