Arde Brasil: 19 años de cárcel a empresario
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Se entiende la alarma y el impacto que se perciben en Brasilia. Odebrecht no es una empresa más. Se trata de una de las mayores multinacionales de América Latina, tiene presencia en 23 países, es el mayor empleador de Brasil y antes de que su nombre quedara enlodado en el "Petrolao", facturaba unos 40.000 millones de dólares por año.
Marcelo Odebrecht tiene 47 años y pasó los últimos nueve meses en prisión. El juez Moro finalmente lo condenó, pero fue muy criticado en ese tiempo por haberlo mantenido, para muchos extorsivamente, en prisión preventiva tratando de quebrarlo y de convertirlo en un delator de la Justicia. La negativa del entonces sospechoso a colaborar le valió ayer una pena impactante.
Siempre se dijo aquí que si Odebrecht habla, no sólo puede caer el actual Gobierno, sino que será necesario revisar toda la historia política brasileña desde el retorno de la democracia en 1985. No por nada los fiscales de la operación "Lava Jato" ("lavado a chorro") tratan de convencerlo de que cuente lo que sabe de los supuestos pagos ilegales a cambio de concesiones con los que se atormenta a Lula da Silva, sospechado de haber sido antes de dejar el poder y después, un "lobbista" de la compañía. La prensa local dijo que la entrega de documentos podría revelar secretos de la era de Fernando Henrique Cardoso, de la de Fernando Collor de Mello y hasta de la de José Sarney.
¿Y si Marcelo Odebrecht finalmente habla? Una fuente de la compañía se negó en diálogo con Ámbito Financiero a desmentir la versión en ese sentido que circula ampliamente en los medios de este país. Se entiende: el empresario pudo resistirse mientras la condena era una hipótesis, pero ahora que su futuro es verdaderamente sombrío, lo único que podría aliviarlo es la provisión de pruebas contra otros "peces gordos".
El propio juez Moro dejó abierta ayer esa posibilidad. "A pesar de los recientes rumores sobre la posible negociación de un acuerdo de colaboración con los ejecutivos de Odebrecht, el hecho no impide el dictado de la sentencia ni tampoco un eventual beneficio posterior", dijo enigmático.
Según reportaron ayer los medios brasileños mejor informados, Marcelo Odebrecht y Léo Pinheiro, este último titular de otra gran constructora y contratista del Estado, OAS, negocian entre sí y con los fiscales del caso el modo de convertirse en delatores a cambio de una reducción en sus condenas.
Los dos son conscientes de que las revelaciones pueden terminar por hundir a sus compañías, aunque salvarlas de ese modo puede terminar de dar por tierra con la clase política que ha gobernado en los últimos años. ¿Sólo la del Partido de los Trabajadores? No. Las dos empresas mencionadas se cuentan entre las principales aportantes a las campañas políticas de todos los sectores. "No puede decirse que el dinero que Odebrecht, por ejemplo, le dio al PT es sucio y que el que le dio al PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña, principal impulsor del juicio político contra Dilma) es limpio. Lo que sí puede suponerse es una diferencia de magnitudes", le dijo a Ámbito Financiero el analista político Thiago de Aragao.
Algo más: en caso de confesar, ¿cómo evitaría Marcelo Odebrecht implicar gravemente a su padre, Emilio Alves Odebrecht, presidente del Consejo de Administración de la Organización? Ese sería, junto a lo políticamente explosivos que podrían resultar sus dichos, el motivo por el cual el hombre se ha mantenido incólume hasta ahora, afirman quienes siguen de cerca el caso.
El "Petrolao" derivó también en el arresto de los titulares de otras grandes empresas contratistas, como Andrade Gutierrez y Camargo Correa. Asimismo, a poderosos políticos del PT, como el exjefe de gabinete de Lula, José Dirceu, el extesorero Joao Vaccari y, más recientemente, al gurú de las campañas electorales del partido, Joao Santana.
¿Mucho? Acaso esta historia no haya hecho más que comenzar.



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