Así era el crucero por dentro
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El Costa Concordia, con 114.500 toneladas, superaba netamente en capacidad, y en dimensiones, al famoso e infortunado Titanic, engullido por las aguas del Océano Atlántico en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912, naufragio que también fue llevado con gran éxito a la gran pantalla.
Mientras el legendario barco, que fue el medio de transporte más colosal de su época con más de 40.00 toneladas, podía transportar a 3.587 personas a bordo, entre pasajeros y tripulación (que no llegaba a los 900 miembros), el buque de la compañía Costa Crociere tenía capacidad de albergar a unos 3.780 pasajeros y 1.100 miembros de la tripulación.
El Titanic sí era un verdadero barco de lujo. Un billete en primera clase superaba largamente los 4.000 euros actuales, tres veces más que un pasaje en una zona idéntica en cualquiera de los grandes barcos que operan hoy en día.
La particularidad principal y vigente de los grandes viajes en barco en la actualidad es que se planifican en agencias de viajes desde las que se plantean ofertas como descuentos o servicios extra que homogeinizan y hacen más asequibles el acto de viajar en estos colosos marinos.
Colosos de hasta 294 metros de eslora que pueden llegar a mantenerse en el mar durante 11 días, haciendo escala en diversos puertos. Y es en esas ciudades en las que el barco echa el ancla donde empieza otro negocio paralelo, el del comercio y el consumo.
Una práctica la del comercio, esta sí, tan antigua y necesaria que ha hermanado a la humanidad a la largo de generaciones de marineros y ha creado una civilización brotada de los litorales del mismo mar, el Mediterráneo, donde el Costa Concordia, botado en 2006, ha encontrado su final.
El coloso moderno presenta una inclinación de ochenta grados y está encallado en un banco de arena de 30 metros de profundidad, frente a la isla Giglio, de apenas 1.500 habitantes, que alquilan sus casas en verano para los turistas y que en esta ocasión las han abierto para los náufragos modernos.




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