Atentado suicida dejó 11 muertos
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La escena del atentado kamikaze perpetrado ayer en Jerusalén era desoladora. Un policía Palestino perteneciente a un grupo que responde a Yasser Arafat se inmoló dentro de un autobús.
El kamikaze subió a un autobús de la línea 19 que iba por las calles de Gaza y poco después hizo detonar un explosivo que llevaba adherido a su cuerpo.
En el ataque murieron varios empleados del Hospital Hadassah que regresaban a sus casas al término de una noche de guardia, y un periodista canadiense de 41 años, padre de siete hijos.
La explosión causó heridas a unas 50 personas, muchas de las cuales fueron trasladadas de urgencia al hospital Hadassah de Jerusalén para ser operadas.
La explosión fue «violentísima», dijo Levy, al tiempo que informó que algunos cuerpos quedaron encajados debajo del esqueleto del vehículo, por lo que fue necesario cortar chapas para recuperarlos. «Encontramos restos humanos a decenas de metros de distancia», confirmó Dror Shuster, uno de los primeros socorristas que llegó al lugar.
Cuando ocurrió la explosión, el premier Sharon -que anoche llamó de urgencia a su gabinete de seguridad para evaluar una represalia-se encontraba en su residencia del desierto de Neguev, desde donde seguía el desarrollo del intercambio de prisioneros entre Israel y Hizbollah.
La comunidad internacional reaccionó con indignación ante el ataque. El presidente estadounidense, George W. Bush, y el secretario de Estado, Colin Powell, condenaron el atentado y lanzaron un nuevo llamado a la conducción palestina «para poner fin al terrorismo». El secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, aseguró por su parte que el proceso de paz en Medio Oriente «no está muerto» y formuló un nuevo llamado a los dirigentes de la región para retomar el camino del diálogo.




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