Por razones de diversa naturaleza e importancia, la Argentina está involucrada en la escena de los funerales de Juan Pablo II. Dos de ellas: el prelado que dio la noticia de la muerte del Papa al mundo fue un argentino, el arzobispo Leonardo Sandri, secretario sustituto de la Santa Sede, es decir, segundo de la Secretaría de Estado que condujo hasta el viernes Angelo Sodano. Del mismo modo que, tal como se comentaba ayer en la Sala Clementina donde se velaban en privado los restos del Pontífice antes de exponerlos en San Pedro, el argentino Jorge Bergoglio podría ser su sucesor. Esta especulación resulta molesta para el cardenal arzobispo de Buenos Aires. Y fue motivo de especulaciones entre quienes lo conocen, en Roma: «Es difícil que un jesuita sea Papa», dijo un experto, quien recordó que jamás en la historia de la Iglesia se le dio a la Compañía esa posibilidad, aunque sí la de ejercer una enorme influencia tras bambalinas. «Justamente por haber perdido esa influencia, tal vez tengamos por primera vez a un pontífice hijo de San Ignacio», objetó el mismo prelado. Bergoglio llegará a Roma mañana: partirá hoy después de celebrar una misa en la Catedral Metropolitana, a las 18.
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Las versiones y comentarios fueron y vinieron ayer, en el preludio de las grandes ceremonias previstas para hoy en la basílica del Vaticano. El primer tramo de la liturgia fue una misa celebrada por Angelo Sodano, hasta el sábado secretario de Estado de la Iglesia. Ciento treinta mil personas que colmaron la plaza San Pedro y la Via de la Consolazione asistieron a ese oficio. Sandri, su segundo, leyó allí el texto que había preparado el fallecido Wojtyla para la oración del Angelus de ayer. Durante su homilía, Sodano calificó por primera vez a Juan Pablo II como «Magno» («el Grande»). Es un calificativo que llevaron otros papas, como Gregorio I (590-604), León I (440-461) y Nicolás I (858-867), lo que destaca su dimensión histórica y la casi segura canonización.
Finalizada esa misa, se realizó el primer velatorio del Papa en la Sala Clementina. Se trata del inmenso recinto, revestido con distintos mármoles y situado en el tercer piso del Palacio Apostólico, vecino a las oficinas del Pontífice y sus colaboradores. Esa sala es la que habitualmente se utiliza para grandes audiencias «privadas», con más de 100 visitantes.
Allí se instaló la capilla ardiente con el cuerpo del Papa recostado sobre un catafalco oblicuo. Juan Pablo II estaba revestido con alba blanca, casulla colorada, palio con cruces bordadas, mitra blanca, acompañado del báculo de siempre y calzado con un par de zapatos nuevos, guinda, su color preferido. El encargado de rezar el responso fue el cardenal Camarlengo, el español Eduardo Martínez Somalo.
• Comunicación
Mientras se desarrollaba el ritual en esa sala vecina al despacho papal, cuatro argentinos acompañaban los movimientos de Somalo, ubicados en distintos sitios según el ceremonial. El ya citado Sandri, quien horas antes de anunciar la muerte del Papa fue el encargado de comunicar al embajador Carlos Custer la carta que la Santa Sede, dirigió al gobierno argentino por el caso Baseotto.
Antecesor de Custer en la embajada, también tuvo acceso a esa ceremonia privada el ex secretario de Culto Esteban Caselli: figura entre la decena de «gentiluomini» del Vaticano, es decir, laicos consagrados por el Papa al ceremonial de San Pedro. El otro compatriota que siguió ese ritual fue el propio Custer, ya que, además de los cardenales y del personal directivo del Vaticano, también los diplomáticos acreditados ante el Pontífice tienen ingreso a la Sala Clementina. Aunque en la ceremonia de ayer hubo otra novedad: también Carlo Azeglio Ciampi y Silvio Berlusconi, presidente y primer ministro de Italia, respectivamente, participaron de esta parte del funeral. El cuarto argentino que participó de ese velatorio restringido fue monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, presidente de la Academia Pontificia de las Ciencias.
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