Corleone espera al nuevo padrino de la Cosa Nostra
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Una procesión en Corleone transporta -el jueves- a un Cristo de madera. El pueblo (12.000
vecinos) posee 120 iglesias. Bernardo Provenzano tenía cinco biblias repletas de anotaciones.
Sangre, sangre y sangre. Provenzano ha sido un vampiro, un monstruo, un artífice brutal de la hemorragia siciliana. La Justicia le atribuye una implicación directa en los crímenes de los jueces Falcone y Borsellino, como también lo considera autor material de 50 homicidios.
Don Bernardo, erigido en el número uno de la Cosa Nostra a raíz de la captura de Totò Riina (1992), cuenta entre sus méritos el de haber parido la Cosa Nuova. Es decir, la maniobra de mimetismo con que la mafia ha gobernado estos últimos 14 años sin ruido ni notoriedad.
Provenzano era el personaje idóneo de la transición milenaria porque le beneficiaba su inexistencia. Nadie mejor que él, etéreo, fantasmagórico, ilocalizable, podría conducir los negocios de la familia una vez clausurada la época del terror y escarmentadas de sangre y epitafios las instituciones italianas. «Con Provenzano», explica el ex fiscal antimafia Bruno Siclari, «la mafia siciliana ha regresado a hacer política, a frecuentar los salones, a iniciar un período de rehabilitación, sin perder de vista los negocios».
¿Cuáles? La Cosa Nostra factura anualmente 18.224 millones de euros gracias al mercado de la droga; otros 6.438 son el resultado de la construcción y de la actividad empresarial; 3.526 provienen de la extorsión y la usura; 799 proceden del tráfico de armas, mientras que los 401 millones restantes corresponden al proxenetismo.
La prosaica dimensión patriarcal relaciona a Provenzano con la tierra y explica su influencia en la mentalidad de los corleoneses. Lo temen o lo adoran, aunque en ambos casos les cuesta trabajo pronunciar su nombre públicamente. «No estamos contentos con que se hayan llevado a Provenzano», explica con voz abaritonada un corleonés de 76 años. «Binnu nos ha dado un período de paz y de estabilidad. Ya no hay crímenes desde hace mucho tiempo. Ahora, en cambio, tenemos un problema. ¿Quién va a sustituirlo? ¿Cómo va a ocurrir? La pirámide se ha roto. Y no quiero ser un apocalíptico, pero la hipótesis de una sucesión sangrienta está ahí. Después de la paz siempre viene la guerra. No hay razón para celebrar nada.» Impresiona la aquiescencia gestual de los demás ancianos. Quizá porque han vivido las brutales guerras de mafia que se desencadenaron durante los años 50 y 80.
La prueba más pintoresca de la connivencia consiste en la red de recaderos que la mujer del capo, Benedetta Saveria Palazzolo, utilizaba para enviarle la ropa limpia. Diez personas distintas se pasaban de mano en mano el paquete hasta llevarlo a la choza donde residía el patrón.
Que se lo digan al alcalde de Corleone, Nicolò Nicolosi. El mismo había convocado el pasado miércoles un consejo municipal extraordinario para celebrar el arresto de Provenzano, aunque únicamente asistieron a la llamada 15 o 20 vecinos.
Fueron los primeros en saber que el Ayuntamiento iba a dedicar una calle al día 11 de abril -fecha de la captura de Binnu- e iba a declarar festiva la jornada. Partiendo de una declaración voluntarista: «La detención de Provenzano es el principio del fin de la mafia».
Hablamos de su mujer y también de sus hijos. Se llaman Angelo (30 años) y Francesco (26), «dos buenísimas, exquisitísimas y educadísimas personas», según la opinión del propietario del restorán donde los Provenzano vienen a comerse una pizza... gratis.
Ahora están aislados en el búnker familiar de la calle Ubertino de Corleone. No porque la prole de los mafiosos tenga que esconderse de nadie -la hija de Riina pasea como una marquesa acompañada de su novio aristócrata-, sino porque les molesta el enjambre de periodistas.
Quizá se acuerda Provenzano de la carta que un intermediario anónimo remitió al tribunal de Bari (1969) cuando los jueces iban a emitir una presunta sentencia condenatoria contra él (ausente) y Totò Riina (presente). «Queremos advertir», decía la misiva, « simplemente que si un caballero de Corleone es condenado, ustedes saltarán por el aire, serán masacrados igual que ocurrirá con vuestros familiares. Ya lo dice un proverbio: el hombre avisado está medio salvado». No, no hubo condena, pero la memoria de Falcone y Borsellino ha cambiado las reglas del juego: Provenzano está en la cárcel y la mafia existe.



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