Corleone espera al nuevo padrino de la Cosa Nostra

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Corleone - «Dios da la vida. Yo la quito.» Semejante aforismo pertenece al repertorio criminal y místico del superboss Leoluca Bagarella, pero también define a título corporativo la mentalidad sanguinaria de los mafiosos corleoneses. Por eso a Bernardo Provenzano se lo conoce en la profunda Sicilia con el sobrenombre de «Papa», mediador del cielo y del cementerio, señor de lo visible y lo invisible, santo protector de la miseria ajena y del tesoro propio con el símbolo patriarcal del zubbu. Así se llama en dialecto local el bastón que utilizan los pastores para densar la ricota, aunque Provenzano lo había convertido en el báculo del poder y del miedo. Ahora la Policía lo conserva en una vitrina como una reliquia de guerra. Lo encontraron el pasado martes en la choza donde se refugiaba el capo, igual que la lupara (escopeta), la máquina de escribir, el rosario de madera, la Biblia, 10.000 euros escondidos en unos calzones, la imagen del Padre Pío y unos panfletos electorales de Salvatore Cuffaro, presidente berlusconiano que ahora gobierna la región de Sicilia.

¿Puede un hombre de 73 años controlar la Cosa Nostra desde un cobertizo? La versión negativa de la respuesta circula peligrosamente en ciertos ambientes políticos y mediáticos para restar importancia al papel del gran capo. Dicen que era una marioneta, un anciano achacoso, un pastor anacrónico, quizá porque la hipótesis exculpatoria juega a favor de cuanto murmuran muchos vecinos de Corleone: «¿La mafia? La mafia no existe». La Justicia y la policía, mártires de la matanza de la Cosa Nostra -mafia siciliana-, sostienen, en cambio, que Bernardo Provenzano es uno de los mayores criminales y mafiosos de la historia. Lo han condenado seis veces a cadena perpetua por sus atrocidades, le han confiscado bienes a sus 400 testaferros por valor de 6.000 millones de euros y ahora le atribuyen un patrimonio personal de 600.

Incluidas sus empresas constructoras, su monopolio de servicio de basuras (no es un chiste), sus negocios pujantes en el sector sanitario, sus implicaciones con el tráfico de drogas, su asignación mensual de 25.000 euros -regalo del clan Bagheriay la recaudación cotidiana del pizzo. O sea, el impuesto que la Cosa Nostra exige a sus vecinos para compensar las garantías de la protección y remediar los favores pasados. En Corleone lo paga todo el mundo. Como todo el mundo sabía implícitamente que Bernardo Provenzano se alojaba en los aledaños del pueblo: «La serpiente venenosa es un animal de territorio», nos dice a cambio del anonimato un vetusto párroco de la periferia corleonesa.

El escondite o los escondites del «Papa» han perdurado en la impunidad durante 43 años. Llegó a decirse que Provenzano era un fantasma, una figura espectral, un símbolo intangible o abstracto de la devoción mafiosa, un audaz invento organizado con el fin de avergonzar la competencia policial. Menos mal que el abogado de Provenzano, Salvatore Traina, intervino el 31 de marzo para asegurar que el Tractor -he aquí otro apelativo entrañable del don- sí existía o sí existió... porque había muerto desgraciadamente hace algunas semanas.

  • Confesor

    Ahora también sabemos que Bernardo Provenzano tenía entreabierto (en su escondrijo de Montaña de los Caballos) el Evangelio de San Juan, que hablaba sottovoce, que recibía la visita de un confesor, que se alimentaba frugalmente -miel, queso, achicoria- y que era rigurosamente abstemio. No importa. El Central Bar de Corleone sorprende a sus clientes con el licor El Padrino y con el limoncello Don Vito Corleone. Las paredes del local están además recubiertas con escenas de la película de Coppola, incluso el propietario tiene colgado el cartel original de Cavallería Rusticana, sobrenombre de la ópera de Mascagni que introduce la brutal eucaristía pagana en el desenlace de «El Padrino III».

    Sangre, sangre y sangre. Provenzano ha sido un vampiro, un monstruo, un artífice brutal de la hemorragia siciliana. La Justicia le atribuye una implicación directa en los crímenes de los jueces Falcone y Borsellino, como también lo considera autor material de 50 homicidios.

    Don Bernardo, erigido en el número uno de la Cosa Nostra a raíz de la captura de Totò Riina (1992), cuenta entre sus méritos el de haber parido la Cosa Nuova. Es decir, la maniobra de mimetismo con que la mafia ha gobernado estos últimos 14 años sin ruido ni notoriedad.

    Provenzano era el personaje idóneo de la transición milenaria porque le beneficiaba su inexistencia. Nadie mejor que él, etéreo, fantasmagórico, ilocalizable, podría conducir los negocios de la familia una vez clausurada la época del terror y escarmentadas de sangre y epitafios las instituciones italianas. «Con Provenzano», explica el ex fiscal antimafia Bruno Siclari, «la mafia siciliana ha regresado a hacer política, a frecuentar los salones, a iniciar un período de rehabilitación, sin perder de vista los negocios».

    ¿Cuáles? La Cosa Nostra factura anualmente 18.224 millones de euros gracias al mercado de la droga; otros 6.438 son el resultado de la construcción y de la actividad empresarial; 3.526 provienen de la extorsión y la usura; 799 proceden del tráfico de armas, mientras que los 401 millones restantes corresponden al proxenetismo.

    La prosaica dimensión patriarcal relaciona a Provenzano con la tierra y explica su influencia en la mentalidad de los corleoneses. Lo temen o lo adoran, aunque en ambos casos les cuesta trabajo pronunciar su nombre públicamente. «No estamos contentos con que se hayan llevado a Provenzano», explica con voz abaritonada un corleonés de 76 años. «Binnu nos ha dado un período de paz y de estabilidad. Ya no hay crímenes desde hace mucho tiempo. Ahora, en cambio, tenemos un problema. ¿Quién va a sustituirlo? ¿Cómo va a ocurrir? La pirámide se ha roto. Y no quiero ser un apocalíptico, pero la hipótesis de una sucesión sangrienta está ahí. Después de la paz siempre viene la guerra. No hay razón para celebrar nada.» Impresiona la aquiescencia gestual de los demás ancianos. Quizá porque han vivido las brutales guerras de mafia que se desencadenaron durante los años 50 y 80.

  • Confesor

    La prueba más pintoresca de la connivencia consiste en la red de recaderos que la mujer del capo, Benedetta Saveria Palazzolo, utilizaba para enviarle la ropa limpia. Diez personas distintas se pasaban de mano en mano el paquete hasta llevarlo a la choza donde residía el patrón.

    Que se lo digan al alcalde de Corleone, Nicolò Nicolosi. El mismo había convocado el pasado miércoles un consejo municipal extraordinario para celebrar el arresto de Provenzano, aunque únicamente asistieron a la llamada 15 o 20 vecinos.

    Fueron los primeros en saber que el Ayuntamiento iba a dedicar una calle al día 11 de abril -fecha de la captura de Binnu- e iba a declarar festiva la jornada. Partiendo de una declaración voluntarista: «La detención de Provenzano es el principio del fin de la mafia».

    Hablamos de su mujer y también de sus hijos. Se llaman Angelo (30 años) y Francesco (26), «dos buenísimas, exquisitísimas y educadísimas personas», según la opinión del propietario del restorán donde los Provenzano vienen a comerse una pizza... gratis.

    Ahora están aislados en el búnker familiar de la calle Ubertino de Corleone. No porque la prole de los mafiosos tenga que esconderse de nadie -la hija de Riina pasea como una marquesa acompañada de su novio aristócrata-, sino porque les molesta el enjambre de periodistas.

    Quizá se acuerda Provenzano de la carta que un intermediario anónimo remitió al tribunal de Bari (1969) cuando los jueces iban a emitir una presunta sentencia condenatoria contra él (ausente) y Totò Riina (presente). «Queremos advertir», decía la misiva, « simplemente que si un caballero de Corleone es condenado, ustedes saltarán por el aire, serán masacrados igual que ocurrirá con vuestros familiares. Ya lo dice un proverbio: el hombre avisado está medio salvado». No, no hubo condena, pero la memoria de Falcone y Borsellino ha cambiado las reglas del juego: Provenzano está en la cárcel y la mafia existe.
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