31 de enero 2008 - 00:00

Dos caminos distintos; un mismo fracaso

Washington - Sin John Edwards y Rudy Giuliani, la carrera por la Presidencia de Estados Unidos se queda de un golpe sin dos de sus más serios competidores. Los votantes en las primarias los forzaron a irse, pero entre ambos existe un abismo en la manera de marcharse del campo de batalla: son dos maneras opuestas de fracasar.

Edwards se va con la cabeza alta, después de haber peleado cara a cara con Hillary Clinton y Barack Obama entre los demócratas pese a contar con muchos menos medios. El ex alcalde de Nueva York, por el contrario, se marcha por la puerta de atrás, habiendo dilapidado un enorme crédito político en una campaña entre los republicanos que será recordada por lo que no se debe hacer.

«Quizá vivió en una ilusión», afirmó ayer «The New York Times». «The Washington Post» lo calificó de «irrelevante» y habló de una « mareante caída libre, tan precipitada como impresionante».

Durante todo 2007 y hasta hace poco más de tres meses Giuliani era el gran favorito en las encuestas, con ventajas que en algún momento llegaron hasta los 20 puntos. Era más que nunca «el alcalde de América», el hombre al pie del cañón el 11 de setiembre de 2001, cuando hasta el presidente George W. Bush estuvo desaparecido.

El dinero también fluía. Al 30 de setiembre, Giuliani era el candidato que más dólares había recaudado con la excepción de Mitt Romney, que contaba con inyecciones extra de su multimillonaria fortuna personal. Sus rivales pasaban además por problemas: Romney era un desconocido en casi todo el país, y John McCain tuvo que despedir a medio equipo de campaña por falta de dinero.

Desde ese momento, sin embargo, todo fueron malas noticias y errores. Primero saltó el escándalo de un antiguo colaborador suyo procesado por fraude. Después los rumores de que utilizó fondos públicos para proteger a su novia, ahora su tercera esposa, cuando era alcalde. A ninguna de ambas acusaciones Giuliani respondió con firmeza, permitiendo que la neblina se posara sobre su ética.

Después renunció a hacer campaña en Iowa por la oposición de los más radicales evangelistas, que no perdonaban su apoyo al aborto legal y los derechos de los homosexuales. A continuación renunció a New Hampshire ante el poco éxito de sus aun más escasas apariciones, y anunció con bombos y platillos que su campaña nacería con fuerza en Florida. La estrategia era increíblemente arriesgada: nadie ganó jamás una nominación sin haberse impuesto en alguna de las seis primarias iniciales.

A finales de diciembre su liderazgo en las encuestas se desvaneció. La guerra de Irak y seguridad nacional, sus puntos fuertes, dejaron paso en las preocupaciones públicas a la economía.

En enero, mientras sus rivales se repartían golpes y triunfos en Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur, Giuliani trabajaba los votos en Florida. Pero sus esfuerzos resultaron en vano.

Los medios no le dedicaban atención, y él tampoco hacía nada por atraerlos. Dos agresivos anuncios con ataques a McCain y Romney se quedaron sin ver la luz por decisión personal del candidato.
Por último, incluso el dinero empezó a faltar, y algunos de los máximos dirigentes de la campaña tuvieron que renunciar en pleno enero a parte de sus sueldos. El declive era ya imparable, e incluso el propio Giuliani lo sentía, pero no parecía hacer nada por ello. «Cada día era una constante batalla para animarlo», citó ayer «The Washington Post» a uno de sus asesores de campaña.

El resultado fue un fracaso innegable. En ninguna cita alcanzó 10% ni superó el cuarto lugar. Llegó Florida el martes, y sólo pudo ser tercero, muy lejos de McCain y Romney. Rudy entendió el mensaje y en uno de sus más inspirados discursos en meses habló de su campaña en pasado e hizo un balance en el que sólo le faltó despedirse y apoyar a su amigo McCain.

Edwards también cometió errores y tuvo que enfrentarse a incómodas acusaciones, como su corte de pelo de 400 dólares, pero por el contrario, hizo también numerosas cosas políticamente adecuadas.

Encontró su nicho de votantes entre las clases media y baja, conformó un discurso claro y conciso que lo situó claramente en el espectro político, criticando a las grandes corporaciones y defendiendo los derechos de los trabajadores. Y en el medio tuvo que afrontar la noticia de que el cáncer había vuelto al cuerpo de su esposa, Elizabeth, esta vez de manera incurable.

Su problema no sólo fue que ese nicho de votantes no era lo suficientemente grande, sino sobre todo que enfrente se encontró a dos colosos, Hillary Clinton y Barack Obama, que polarizaron toda la atención e, inevitablemente, los votos.

Edwards, el modesto hijo de un molinero de Carolina del Sur, vio un rayo de esperanza cuando quedó segundo en los «caucus» de Iowa, relegando por unos pocos votos al tercer lugar a Clinton. Pero fue sólo un espejismo, porque en todas las demás citas quedó tercero y cada vez a mayor distancia de sus rivales. El candidato aseguraba que llegaría hasta la convención y, quizá secretamente, albergaba la esperanza de convertirse en la llave que deshiciese el empate entre Clinton y Obama.

Pero las matemáticas no salían, y ayer tomó la decisión que más tarde haría pública en Nueva Orleans, el mismo lugar en que hace un año anunció su candidatura.

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