Dos caminos distintos; un mismo fracaso
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Después renunció a hacer campaña en Iowa por la oposición de los más radicales evangelistas, que no perdonaban su apoyo al aborto legal y los derechos de los homosexuales. A continuación renunció a New Hampshire ante el poco éxito de sus aun más escasas apariciones, y anunció con bombos y platillos que su campaña nacería con fuerza en Florida. La estrategia era increíblemente arriesgada: nadie ganó jamás una nominación sin haberse impuesto en alguna de las seis primarias iniciales.
A finales de diciembre su liderazgo en las encuestas se desvaneció. La guerra de Irak y seguridad nacional, sus puntos fuertes, dejaron paso en las preocupaciones públicas a la economía.
En enero, mientras sus rivales se repartían golpes y triunfos en Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur, Giuliani trabajaba los votos en Florida. Pero sus esfuerzos resultaron en vano.
Los medios no le dedicaban atención, y él tampoco hacía nada por atraerlos. Dos agresivos anuncios con ataques a McCain y Romney se quedaron sin ver la luz por decisión personal del candidato.
Por último, incluso el dinero empezó a faltar, y algunos de los máximos dirigentes de la campaña tuvieron que renunciar en pleno enero a parte de sus sueldos. El declive era ya imparable, e incluso el propio Giuliani lo sentía, pero no parecía hacer nada por ello. «Cada día era una constante batalla para animarlo», citó ayer «The Washington Post» a uno de sus asesores de campaña.
El resultado fue un fracaso innegable. En ninguna cita alcanzó 10% ni superó el cuarto lugar. Llegó Florida el martes, y sólo pudo ser tercero, muy lejos de McCain y Romney. Rudy entendió el mensaje y en uno de sus más inspirados discursos en meses habló de su campaña en pasado e hizo un balance en el que sólo le faltó despedirse y apoyar a su amigo McCain.
Edwards también cometió errores y tuvo que enfrentarse a incómodas acusaciones, como su corte de pelo de 400 dólares, pero por el contrario, hizo también numerosas cosas políticamente adecuadas.
Encontró su nicho de votantes entre las clases media y baja, conformó un discurso claro y conciso que lo situó claramente en el espectro político, criticando a las grandes corporaciones y defendiendo los derechos de los trabajadores. Y en el medio tuvo que afrontar la noticia de que el cáncer había vuelto al cuerpo de su esposa, Elizabeth, esta vez de manera incurable.
Su problema no sólo fue que ese nicho de votantes no era lo suficientemente grande, sino sobre todo que enfrente se encontró a dos colosos, Hillary Clinton y Barack Obama, que polarizaron toda la atención e, inevitablemente, los votos.
Edwards, el modesto hijo de un molinero de Carolina del Sur, vio un rayo de esperanza cuando quedó segundo en los «caucus» de Iowa, relegando por unos pocos votos al tercer lugar a Clinton. Pero fue sólo un espejismo, porque en todas las demás citas quedó tercero y cada vez a mayor distancia de sus rivales. El candidato aseguraba que llegaría hasta la convención y, quizá secretamente, albergaba la esperanza de convertirse en la llave que deshiciese el empate entre Clinton y Obama.
Pero las matemáticas no salían, y ayer tomó la decisión que más tarde haría pública en Nueva Orleans, el mismo lugar en que hace un año anunció su candidatura.




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