Washington (ANSA) - La mayoría de los estadounidenses piensa que el gobierno de George W. Bush usa la tortura como un instrumento «normal» en la lucha contra el terrorismo, reveló ayer un sondeo divulgado por la cadena ABC y el diario «The Washington Post».
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La encuesta indica que 51% de los entrevistados considera que el uso de la tortura es una de las armas empleadas por Estados Unidos «contra el terrorismo». En tanto, 63% respondió que la tortura «nunca es justificable» y 35% opinó que existen situaciones donde esta práctica sí se justifica.
Mientras, otros cinco militares norteamericanos están por ser incriminados por las torturas cometidas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib, y se multiplican los reclamos de una investigación que sea realizada por expertos independientes del Pentágono.
Hasta ahora, han sido incriminados sólo siete miembros de la policía militar por los abusos y las humillaciones sufridas por los prisioneros iraquíes. Pero los investigadores militares, al examinar miles de fotografías tomadas por los propios torturadores, lograron identificar a otros cinco soldados, reveló el diario «USA Today». Se trata de miembros dea la inteligencia militar, agentes de seguridad privados y militares de las unidades de entrenamiento de perros.
Entretanto, nuevos detalles emergieron sobre la atmósferade alta indisciplina entre los militares destacados en Abu Ghraib. «The New York Times» habló ayer de soldados con los pies sobre los escritorios al paso de los generales, mujeres soldado castigadas porque dormían con sus colegas varones y respuestas arrogantes a los superiores.
Por caso, el diario relata que la soldado Lynndie England, famosa por la foto en la que aparece llevando a un prisionero con una correa al cuello, fue invitada varias veces por sus superiores a no pasar la noche en la cama de su colega Charles Graner. Multada y degradada (de especialista a soldado) por su obstinación de dormir con Graner, la joven solicitó a su novio que fuera él quien la visitara en su barraca. A los pedidos de sus superiores de que cada uno durmiera en su puesto, Graner les respondió: «Pueden besarme el trasero».
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