En la mañana de ayer las principales cadenas de TV norteamericanas suspendieron su programación para transmitir y repetir una y otra vez las imágenes de la caída de la estatua de Saddam Hussein en el centro de Bagdad.
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Desde ese momento, se comenzó a esparcir la certeza de que la guerra ingresaba en sus tramos finales. Pero en las vísperas de una victoria militar, Estados Unidos no se ha detenido a celebrar aún.
La sensación que recorre el país, más que de euforia o alegría desbordante, es de un creciente alivio. Alivio en primer lugar de los familiares, parientes y amigos de los 350 mil soldados movilizados en Irak; más de tres millones de personas que vivieron las últimas semanas pendientes de un hilo. Cuarenta o cincuenta millones de norteamericanos con vínculos más o menos directos con aquellos que están en el frente, más de 10 por ciento de la población.
• Extensión
Pero el alivio también se extiende a los que temían que una guerra prolongada se lleve a sus hijos, a los que creían que esa misma guerra se llevaría sus ahorros. Alivio de los que no soportan las muertes de inocentes. «Se puede argumentar que la guerra es necesaria, incluso inevitable, pero muy pocos en Estados Unidos están dispuestos a afirmar que es buena o deseable. Para la inmensa mayoría de la población son tiempos de angustia, incertidumbre e incluso dolor muy profundo.
Cuando la guerra llegue a su fin será un consuelo», afirma John Kelly, un destacado miembro del Partido Republicano.
La guerra en Irak no despertó pasiones vitales; dominan la ansiedad y la preocupación, amplificadas por otros males, como la recesión económica, la amenaza terrorista o el miedo al Síndrome de Insuficiencia Respiratoria (SOARS), del que nadie tenía noticias hace dos semanas y hoy todos saben cómo se esparce y cuántos muertos se cobró. Hasta las últimas horas, con los medios reportando avances cruciales en todos los frentes, no se registraron festejos ni caravanas ni bocinazos ni fuegos artificiales, excepto en Dearborne, Michigan, donde un grupo de exiliados iraquíes organizó una ruidosa marcha, también transmitida por la TV. Pero salvo esta incidencia, todo permanece en calma, ceñido a la rutina diaria. En una sociedad que hace de la organización un dogma, el espacio para expresiones espontáneas es muy limitado, aún más con el permanente temor a cualquier ataque terrorista.
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