Un manifestante contra la guerra en Irak es detenido por la policía frente a la residencia del secretario norteamericano de Defensa, Donald Rumsfeld, en Washington. El temor a un Atentado terrorista ha hecho incrementar notablemente la seguridad en la capital de EE.UU.
Washington - Despreocupados ante la posibilidad de un atentado terrorista y dispuestos a no alterar sus rutinas cotidianas, los norteamericanos pasaron ayer el primer día de guerra abierta pendientes de la radio y la televisión, a la espera de noticias más o menos claras sobre la situación en Irak. Sin embargo, el incremento del nivel de alerta impuesto por las autoridades se hizo evidente en el paisaje de Washington, con una presencia ostensiblemente mayor de fuerzas de seguridad y con el cierre de calles al tránsito.
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En los bares, los comercios, las fábricas, la gente estuvo pendiente de los combates que se sucedieron desde las primeras horas del día. Pero no en todos lados los acontecimientos se siguen con la misma atención. En la capital del país los tambores de la guerra suenan más fuerte que en el resto de los Estados Unidos: Washington es uno de los blancos más expuestos a un ataque terrorista.
Sin embargo, nadie aquí parece pensar seriamente en que la guerra o sus consecuencias puedan alterar su vida cotidiana. Eventos deportivos, escuelas, oficinas públicas y shopping prácticamente no han modificado sus rutinas tras el inicio de las hostilidades y el alza del alerta antiterrorista. «No se puede vivir pensando en un atentado. Uno también puede morir de un infarto o en un accidente en la autopista. Son riesgos que existen pero no vale la pena amargarse por ello», asegura Sandy, conductora de un colectivo escolar. La afirmación podría ser rubricada por casi cualquier habitante de esta parte del país.
«Nos preocupa la economía y lo que pueda pasar con las víctimas inocentes», agrega Víctor, un inmigrante peruano que tampoco dice tener miedo a un posible ataque de Al-Qaeda o de simpatizantes de Saddam Hussein.
De todas formas, el gobierno federal y algunos gobiernos locales han decidido extremar las medidas de seguridad en prevención de posibles atentados. La mayor parte de los edificios públicos permanece bajo la vigilancia de cientos de cámaras de circuito cerrado. Además, efectivos de seguridad con armas largas vigilan puntos estratégicos de la ciudad, donde el tránsito está restringido. En tanto, las escuelas de varios condados del área que circunda a Washington han cancelado las habituales excursiones a museos o edificios públicos de la capital del país. La Casa Blanca, por su parte, ha suspendido por tiempo indeterminado la visita de turistas.
Pero el mayor cambio no se ve en las calles sino en las pantallas de televisión. Los principales medios de comunicación dejaron ayer de transmitir sus programas regulares para pasar a realizar coberturas permanentes, en vivo, de los acontecimientos en el Golfo Pérsico. Unos tras otros se suceden los reportes, las mesas de análisis, las encuestas y los pronósticos. Mientras, los oyentes se hacen oír en los programas de radio, en un casi unánime apoyo al presidente George W. Bush.
Pero si los norteamericanos no piensan en cambiar sus hábitos diarios, al menos tendrán que modificar su vida nocturna: muchos piensan en pasar buena parte de la noche siguiendo la cobertura de las principales cadenas de televisión.
Mientras en Bagdad comenzaban a llover misiles, en Washington una intensa lluvia -absolutamente más inofensiva- complicó en parte las protestas programadas por los grupos pacifistas. El distrito capitalino se transformó ayer en uno de los epicentros de la resistencia antibélica, que tuvo su expresión más ruidosa bien temprano. En las primeras horas de la mañana un grupo de ciclistas interrumpió el tránsito de un puente en señal de repudio a la política del gobierno norteamericano, una forma de expresar el descontento totalmente inusual en este país. Sin embargo, los manifestantes fueron rápidamente desalojados. Otras 500 protestas estaban programadas en distintos lugares del país. Como contrapartida, en algunos estados, como Minnesota, se organizaban manifestaciones de apoyo al gobierno, con desfiles y bandas de música incluida.
Quizás la más violenta reacción antipacifista surgió en Houston, Texas, donde fueron arrojados a la basura cientos de CD de una cantante de música country que se manifestó avergonzada de ser conciudadana del presidente Bush.
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