El milagro de un político cuestionado por su pasado

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Lima - Sólo dos factores pueden explicar la sorprendente vigencia política de Alan García Pérez: la tradición y el fuerte arraigo de su partido, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), y su arrollador carisma.

De otro modo, no se comprende cómo los peruanos han olvidado el dramático legado de su gobierno (1985-1990), que se hundió en la corrupción, la hiperinflación, la cesación de pagos y el paroxismo de la violencia terrorista.

«Fue una época con un contexto internacional muy difícil», suele defenderse segmento que para el APRA era inalcanzable.

Humala pasó al frente, y en las últimas semanas se escuchó al García que hablaba de previsibilidad, reglas de juego democráticas, y «el momento peligroso que vive Perú».

Apuesta ahora a que la clase media que no le perdona su pasado lo apoye espantada como mal menor.

Temerario y ciclotímico son dos palabras muy asociadas a este abogado de 56 años, que en su momento de esplendor solía abrirse la camisa en las tribunas políticas para mostrar que no llevaba chaleco antibalas y desafiar al terrorismo.

«Ay, Patria mía, dame un presidente como Alan García», cantaba la izquierda argentina en las calles cuando «Caballo Loco» decidió limitar unilateralmente el pago de los intereses de la deuda externa, convirtiéndose, a los ojos de ésta, en un verdadero héroe.

Cuando Alan nació, su padre estaba preso debido a su militancia en el APRA, y recién pudo conocerlo cuando cumplió cinco años. A los 12, el niño ya estaba afiliado al partido y a los 13 dio su primer discurso. No hay nada que hacerle: las grandes habilidades deben cultivarse desde pequeño.

Estudió Derecho en la Universidad Católica y en la Universidad de San Marcos y, en el exterior, en la Sorbona y la Complutense de Madrid, donde -ironías del destino-el conservador gallego Manuel Fraga Iribarne dirigió su tesis doctoral sobre Derecho Constitucional Comparado latinoamericano. Tiene cinco hijos, cuatro de ellos de su segundo matrimonio con la argentina Pilar Nores.

Fue adoptado como un verdadero hijo político por Víctor Raúl Haya de la Torre, el fundador del APRA, el partido nacido de la crisis del 30 con un diagnóstico herético pero preciso: la izquierda marxista estaba condenada al fracaso en Perú porque el país no tenía ni una industria ni una clase trabajadora fuerte, por lo que, hasta que las hubiere, la defensa de los intereses populares debía realizarse a través de una alianza social que incluyera a obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales.

La precocidad acompañó siempre a García, quien a los 36 años se convirtió en presidente del Perú, el primero del APRA, con una popularidad inicial de 90%. Pero la luna de miel duraría poco.

Toda la región seguía sintiendo los efectos de la crisis de la deuda de 1982, y él, sobrevalorando su influencia, anunció el recorte del pago de los intereses de la deuda a 10% de los ingresos por exportaciones. Ningún otro gobierno latinoamericano lo siguió en su intento de crear un «club de deudores».

El desplante a la comunidad financiera internacional estuvo acompañado por un plan de estímuloal consumo y masivos subsidios a la producción, puro voluntarismo que terminó en una explosión de las cuentas públicas, en una arrasadora fuga de divisas y en la evaporación de las reservas del país.

Lanzado ya a una carrera frenética contra la realidad, en 1987 ordenó la nacionalización de la banca, finalmente frenada por el Senado y por un fallo judicial. Nada podía detener la hiperinflación, que en su último año de mandato superó 7.650%.

  • Represión

    Semejante descontrol agravó el fenómeno terrorista. Así, el maoísta Sendero Luminoso dejó de ser un grupo restringido a las sierras, en el Perú profundo, e hizo pie en la propia Lima, con sangrientos atentados, levantamientos carcelarios y paros armados. La represión enlodó al propio García, quien fue acusado de haber dado vía libre a los militares. La Comisión por la Verdad esclareceríados décadas después la página más negra de su gobierno.

    En ese sentido, aún se recuerda un amotinamiento simultáneo de senderistas en tres cárceles de la capital en 1986, que derivó en una represión brutal que dejó más de 280 muertos.

    En 1990 llegó el tiempo de Alberto Fujimori y la hora de García de enfrentar en la Justicia serias acusaciones de corrupción. La Corte Suprema lo benefició con la falta de mérito un año después pero, tras el «fujimorazo» de 1992, cuando se cerró el Congreso, «el Chino» ordenó su captura. «Estuve varias horas escondido en un hueco y pude escapar de los militares armados en el baúl del auto de unos vecinos», contaría luego. Debió exiliarse en Colombia y, luego, en París.

    La Justicia, siempre sensible en nuestros países a los tiempos políticos, reabrió sus causas y, cuando el viento cambió otra vez, las declaró prescriptas.

    En 2000, cuando Fujimori ya era mala palabra, García intentó lo imposible: reflotar su partido, que en la elección anterior había sacado sólo 3% de los votos, y regresar al poder. Nadie lo creía posible pero, igual que esta vez, postergó a Lourdes Flores en una arremetida final, salió segundo y forzó un ballottage con Alejandro Toledo. Sólo 4 puntos de diferencia frustraron su retorno. Hoy asegura que aprendió de sus errores y, mucho más moderado, apenas habla de hacerle «algunos retoques» al modelo económico vigente. Modestas armas con las que vuelve a intentar el milagro de la resurrección.
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